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La Verdad del Sureste

Palabra de Antígona González Ruiz: abuso sexual sin coprobar


Por Sara Lovera 

 

Increíble. Hace cerca de  30 años un grupo de  mujeres nos reunimos  durante varios meses en  un espacio ofrecido por  la Alianza Francesa para  dilucidar y reflexionar el  contorno social, cultural  y jurídico de la violencia  contra las mujeres.  Invitadas por la  abogada Mireya Toto,  autora de la primera iniciativa  sobre la violencia  contra las mujeres, de esas  reuniones surgió un documento  donde el centro del  debate era cómo lograr  que los delitos de hostigamiento,  abuso y violación  sexual, considerados  ocultos, sin testigos, impunes  y despreciados en la  opinión pública pudieran  judicializarse empezando  por creer en la palabra de  la afectada y de ahí partir  a la investigación, comprobación  y conseguir justicia.  La iniciativa presentada  en el Senado con  el apoyo de diez senadoras,  allá en 1981, jamás  fue discutida y en cambio  recibió todas las burlas y  el descrédito de brillantes  hombres del poder.

 

Me  acuerdo muy bien de las  insinuaciones, las burlas y  el desprecio que trajo consigo.  Se trata de una  batalla cultural que todavía  no se zanja. Creer en  la palabra de la afectada,  de una mujer que sujeta  a una presión inaudita tenía  que declarar, presentarse,  carearse con el presunto  agresor y vivir un  tremendo proceso: sujeta  a ser juzgada en su vida  privada y amedrentada  por todo el engranaje de lo  que se llama investigación  judicial.  Increíble. Muchos  años han corrido, y las cosas  han cambiado diametralmente. 

 

Hoy contamos  con estudios, encuestas,  protocolos, modelos de  atención, perfil psicológico  del daño y muchos datos  estadísticos.  Naturalmente para  las de sin nombre ni destino,  no hay justicia. El  péndulo siempre va de un  lado a otro. Todavía hay incrédulos  y defensores de  miles de agresores. Pero  también es cierto que del  tránsito de esos casi 30  años a la fecha, profundamente  doloroso, el problema  y la preocupación han  sido colocados en una gran  franja de la población. Hoy  hablamos de los derechos  humanos de las mujeres y  hemos logrado, al menos,  cierta preocupación oficial  en todo el mundo. Es verdad  que hay evidencias de  una cultura que rechaza el  abuso sexual y la violencia  feminicida contra las mujeres.

 

Esa es la cultura que  también abre la posibilidad  de usar tan oprobiosa situación  para defenestrar a  algunos inocentes, hombres  acorralados por intereses  de los verdaderamente poderosos.  Recuerdo un pasaje  penoso de un hostigador  y prepotente en un diario  capitalino de corte izquierdoso,  que siendo del todo  responsable, con una acusación  sólida, fue perdonado  y defendido por hombres  y mujeres de aquella comunidad  que buscaba dar voz  a quienes no la tienen y  buscar justicia. El hombrecito  sigue tan campante en  el diario La Jornada.  Lo otro es el uso  de una supuesta agresión  para ganar políticamente.  Por ahí de 1981, el dirigente  obrero inobjetable, el ferrocarrilero  Demetrio Vallejo  fue envuelto en una supuesta  agresión sexual para separarlo  de sus importantes  encargos en el entonces  Partido Mexicano de los  Trabajadores (PMT). Periodísticamente  investigué el  caso. El hombre fue injustamente  acusado. No hubo  pruebas y su conducta y acción  política fue definitiva.  Sin embargo, fue echado del  PMT, viejo y enfermo.  Hoy, Enrique González  Ruiz defensor de los  presos políticos, de estudiantes  y personas perseguidas,  que ha enarbolado  los derechos humanos. Se  le considera valiente y coherente,  sencillo, incluso  poco platicador. Constructor  de la Universidad Autónoma  de la Ciudad de México  (UACM), fue acusado  de hostigamiento sexual.  Durante más de un año se  han hecho investigaciones.

 

No hay pruebas ni indicadores,  esos los que hemos  construido para determinar  a quienes son culpables.  A Enrique González  Ruiz lo he tratado en las  últimas tres décadas, es un  individuo claro y transparente,  de conducta pública  y privada irreprochable.  Esto nos lleva a una  triste y grave situación que  echa por tierra nuestra búsqueda  de justicia. Se trata  de un uso político, el de  nuestros afanes y claridades  respecto de la desgracia  humana del uso de poder  contra las mujeres. El poder  se ha enseñoreado contra  González Ruiz para evitar  que estuviera en la lista de  candidatos a la rectoría de  la conflictiva UACM, donde  se disputa el uso de su presupuesto.  A González Ruiz  se le ha puesto en la picota:  hostigamiento sexual  y hostigamiento laboral,  porque no se le puede defenestrar  ni por incapacidad  académica, ni por falta de  compromiso social, ni por  malos manejos en los puestos  desempeñados, ni por  incongruencia política. Es  claramente enemigo del poder  y el autoritarismo, que  como Demetrio Vallejo, está  lleno de simpatías y reconocimientos  a su labor en la  defensa y promoción de los  derechos humanos tan importantes  en esta etapa de  la vida.

 

Profesor querido y  respetado.  Me dirán que el feminismo,  el nuestro de los  años setenta, promovió una  incuestionable “verdad”  que rezaba: dado que los  hombres han sido construidos  para ejercer el poder,  “todos” son abusadores  en potencia. De modo que  como hemos conseguido poner  en el centro el problema,  la desgracia de la violencia  contra las mujeres y esto ya  es reconocido como parte de  la relaciones hombre/mujer,  de los gobiernos y sus instituciones,  también se puede  acusar impunemente a  quien sea de tal fechoría,  sin consecuencias a la vida  y, si además, lo quitan de en  medio a un probable candidato  ganador en un proceso  de cambio de rectoría, mucho  mejor.  El despido de Enrique  González Ruiz empieza  a ser rechazado por la comunidad,  por los abogados  decentes, por su familia,  por sus amigos y quienes  realmente lo conocen. Es un  desacierto fenomenal que  afecta a las mujeres que estamos  contra la impunidad  del 97 por ciento de los casos  denunciados.  El 30 de abril de  2014, la administración del  rector de la UACM, Enrique  Dussel, a través del abogado  general Federico Anaya  Gallardo despidió a Enrique  González Ruiz. Lo curioso  es que se trata, de un proceso  interno, fuera de los  protocolos legales. Así en  casa, donde no se ha podido  comprobar la conducta  por la que lo denunciaron  las académicas o profesoras  Clementina Correa González  y Carmen Rodríguez  Sánchez. 

 

La acusación es  considerada no como una  decisión académica sino  una que tiene vocación de  dañarlo. Una carta pública  afirma que se trata de un  desatino relacionado con  el montaje de un escenario  para que no pudiera participar  como candidato a la  rectoría.  Las palabras del  maestro Roberto Josué Bermúdez  Olivos son elocuentes.  Copio: “Querido amigo  y profesor Enrique González  Ruiz, esta noticia duele,  duele por que se busca manchar  una trayectoria digna  y valiente. Duele porque tu  probidad está comprobada  en décadas de lucha a lado  de hombres y mujeres que  han sido perseguidos injustamente.  Duele porque eres  fundador e impulsor de esta  Maestría que tantas herramientas  para combatir las  injusticias han dado, creando  un ejército de Defensores  comprometidos con las  causas justas y la justicia  social. Fuiste impulsor de  la Universidad pueblo enfrentándote  a poderosos  caciques y gente de poder  arriesgando tu vida por la  solidaridad con las causas  más justas... Has sido alguien  que ha buscado la  verdad y la justicia y hoy  te golpean con las armas de  la mentira y la injusticia lo  que me indigna y lastima.

 

 Duele porque has educado  a decenas de generaciones  de estudiantes y nunca se  puso en duda tu honra y actuar  profesional. Los que te  conocemos y te hemos visto  luchar a lado de los presos,  de los estudiantes, de los  perseguidos no creemos ni  un ápice de las mentiras  que la venganza y el rencor  envidioso gritan visceralmente…”  Para “investigar “la  denuncia, se instauró un  procedimiento interno en la  Universidad, que duró alrededor  de diez meses, tiempo  necesario para que no  pudiera registrar su candidatura  a la rectoría. Eso significó  una sanción con tres  meses de suspensión por la  Coordinadora Académica,  sin derecho de audiencia  y después se le excluyó de  las actividades relacionadas  con la reforma al Plan  de Estudios de la Carrera  de Derecho, cuya versión  actual elaboró junto con  especialistas reconocidos  y militantes del ejercicio  alternativo del Derecho. 

 

Después se instauró  un proceso laboral. Sujeto  a más de 30 pruebas,  entre ellas un dictamen  psiquiátrico para que se  determinara si tenía perfil  de un acosador sexual. Se  ofrecieron testimonios de  tres personas: Gaby González,  Carlos Fazio y Pilar  Calveiro (reconocidos por  su coherencia y posición)  y un reporte de la Dirección  de Obras acerca de  las características del establecimiento  del Postgrado  en Derechos Humanos.  Se investigó incluso el cubículo  donde las acusadoras  dicen que ocurrieron  los hechos. Con esas pruebas,  quedó demostrada la  falsedad de las imputaciones.  Y sólo como botón  de muestra, la representante  legal de Correa y  Rodríguez, sometió Carlos  Fazio a una sesión de preguntas  y repreguntas por  más de 12 horas.  En fin, esta vez  podríamos estar en presencia  de una barbaridad,  desviando la tarea fundamental  de evitar la violencia  contra las mujeres.  Un precedente contrario  a todos nuestros afanes:  terminar con la violencia  contra las mujeres. Hasta  ahora en el caso la UACM  ha destinado 23 mil pesos  en dictámenes. Se rechazó  la participación del obispo  Raúl Vera y de Ma. Consuelo  Mejía, dirigente de  la organización Católicas  por el Derecho a Decidir,  impulsora del Observatorio  del Feminicidio, o una  sea experta.  Finalmente, todo  este enredo y su proceso  desaseado pone en riego,  también, el Postgrado en  Derechos Humanos en la  UACM. La paradoja es que  no hay pruebas, todo está  fundado en la palabra de  las acusadoras. Una verdadera  maldición, para  quienes luchamos porque  la palabra de las mujeres  fuera escuchada.  saraloveralopez@gmail.  com www.almomento.  mx/   

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