De la patada
En sus orígenes, más que un deporte, el fútbol era una especie de ritual que se practicaba en situaciones o épocas determinadas en las Islas Británicas hace algunos cientos de años. A veces enfrentaba a pueblos enteros durante varios días y se caracterizaba por una extrema violencia, tanto que se dice que una de las pocas normas que lo regulaba era la de “no matar intencionalmente al contrario”. Asimismo, se asegura que se llegaba a practicar con la cabeza de los rivales vencidos en combate. Y es a partir del Siglo XIX que comienza a jugarse con las reglas que actualmente conocemos.
A lo largo de la semana pasada fuimos testigos de cómo se repetían una y otra vez las imágenes en las que la “barra” del Guadalajara –“grupo de animación”, le llamaban antes- agredía a unos pocos policías, mal capacitados y con peor sentido común, que se habían acercado a los porristas que quemaban bengalas en el Estadio Jalisco. Otros policías, cercanos a los hechos, sólo miraban la golpiza pero sin atreverse a intervenir.
La actuación de los aficionados es, por supuesto, reprobable, pero habría que preguntarse: ¿qué pudo provocar tal furia por parte de los aficionados? ¿Alguna provocación previa, como se afirma, o sólo un rechazo a la autoridad que se desbordó de manera inconsciente? Como respuesta a lo sucedido en el estadio, un diputado –ex comentarista de Televisa- se apresuró a desempolvar una iniciativa de ley en la que se propone castigar con mayor severidad la violencia en los escenarios deportivos.
La lógica de los legisladores que aprobaron rápidamente la iniciativa no me sorprende: hace ya varios años que el modelo mexicano supone que el endurecimiento de las sanciones es la solución ante el incremento de los hechos criminales. Sin embargo, la realidad no muestra que la delincuencia se haya intimidado ante la mayor severidad de las penas. Si funciona o no dicha lógica para frenar la violencia en los estadios, ya lo veremos.
Durante el Mundial de Fútbol México 86, en una de las fases finales le tocó a la Selección de Argentina –a la postre, campeona del certamen- enfrentar a la de Inglaterra. Era un partido en el que iba algo más que la victoria porque ambas naciones venían de batirse en una desigual guerra por las Islas Malvinas; en cambio, el enfrentamiento deportivo lucía más parejo aunque al final fue decidido con dos genialidades de Maradona: el gol “de la mano de Dios” y un gol en que dejó tendido a medio ejército inglés en el campo de batalla. Y mientras la gente coreaba la maravilla que acababa de atestiguar en el Estadio Azteca, un grupo de “hooligans” ingleses pretendía desahogar su frustración en los pasillos del estadio, aunque se llevaron la peor parte ante la abrumadora mayoría de aficionados nacionales, por lo que optaron por correr hasta la Calzada de Tlalpan y ahí desaparecieron, en medio de la nada. Por fortuna, el incidente no tuvo mayores consecuencias e incluso casi ningún medio de comunicación tomó nota de lo sucedido. Digamos que la reacción de la afición mexicana fue proporcional al tamaño de la agresión, pero no siempre existe la misma reciprocidad entre las partes involucradas en una riña. Hace cuatro semanas, en la Ciudad de México, un grupo de residentes de la zona de Coyoacán fue agredido por un grupo de granaderos.
La razón: los vecinos se quejan de que en dicha zona histórica del país se pretenden instalar parquímetros para –según las autoridades- regular el flujo vehicular y, por lo tanto, comenzaron un movimiento de protesta en contra de la privatización de la vía pública. La respuesta de la autoridad en ese momento fue el envío de un numeroso grupo de granaderos para apoyar los trabajos de instalación de los aparatos de cobro por el estacionamiento en la vía pública. Durante más de diez días los policías resguardaron las bases en que se montarían los parquímetros, sin moverse y sin pestañear (y no estoy cierto de que tuvieran permitido respirar). La sola presencia de los granaderos era una agresión injustificada hacia los residentes y la presencia policíaca fue retirada. El uso de la fuerza por parte de la autoridad requiere no sólo legalidad, sino inteligencia.