Recuerdos prospectivos
(En homenaje a Alberto Pérez Mendoza)
Por Uriel Tufiño @UTufigno
Cuando se busca la eficacia en el trabajo en equipo deben conjuntarse al menos dos tipos de habilidades: la de quien sea el artífice de las ideas y la de quienes las instrumenten. Sin embargo, lo que parece una fórmula muy simple no es algo que se nos dé a los mexicanos. Por ejemplo, en materia deportiva los éxitos en lo individual son superiores a los éxitos colectivos. ¿Cuál es la razón? ¿La falta de un liderazgo, las rivalidades personales o -simplemente- que no sabemos trabajar en equipo? Conocí y colaboré con Don Alberto bajo la anterior premisa, en la que el trabajo grupal era parte de una acción mayor. El éxito se basaba, sobre todo, en la debida coordinación entre los miembros del equipo.
Él lo sabía hacer y sabía transmitir la congruencia de las ideas con la solidez de los planteamientos. Y cuando la situación lo ameritaba, tenía la sensibilidad suficiente para limar las diferencias que eventualmente pudieran surgir entre sus coordinados. Muy pronto supe que un gesto suyo era suficiente para saber qué debíamos hacer. Hombre de trato amable, era un tabasqueño a quien pocas veces le escuché decir alguna palabra de esas que irritan a los oídos castos; tampoco recuerdo que levantara la voz. Su autoridad se basaba en las razones y no en la imposición, aunque no faltaban quienes no lo entendían, no por desconocimiento del idioma, sino porque sencillamente carecían de visión prospectiva.
Es cierto, en ocasiones también era críptico, pero si uno estaba convencido del proyecto mayor en el que estábamos inmersos, ¿por qué debíamos hacer preguntas más allá de nuestro propio encargo? Hiperactivo, despierto desde muy temprano y hasta ya entrada la madrugada, sin importar si era sábado, domingo o día festivo, Don Alberto era un eficaz operador de las decisiones que recaían en la esfera de sus responsabilidades. Y si bien mi primer acercamiento con él fue en el trabajo jurídico- político, la mayor proximidad la gocé cuando tuve la fortuna de ser invitado a formar parte de su equipo en el Gobierno del Distrito Federal, en donde ocupó distintos cargos. Pero seré sincero: cuando supe que me invitaba, el escepticismo me habló al oído pues también colaboré en el primer año del primer gobierno democrático de la Ciudad de México y francamente me decepcionó. Pero en esta ocasión el proyecto y los actores del proyecto eran diferentes; eran como yo imaginaba que debían ser. Y así, con el rápido convencimiento de que estaba en el lugar correcto, comencé a tener una participación más activa en algunos de los múltiples problemas que se iban presentando alrededor del único proyecto alternativo a los gobiernos neoliberales, siempre bajo la guía de Don Alberto, cuya intuición era equiparable a la de un Gran Maestro de ajedrez. Sabía o adivinaba lo que iba a ocurrir con tan sólo un breve análisis.
No era profuso en sus argumentos pero su contundencia era concreta e irrebatible. Hacia mediados del año 2002 asumió la titularidad de la Dirección General de Patrimonio Inmobiliario del Distrito Federal. E l nombre del área a su cargo no reflejaba su valía, pero Don Alberto supo convertir a dicha Dirección en un importante eje operativo para el Gobierno de la Ciudad. Comenzó a rescatar inmuebles y espacios públicos que ilegal o indebidamente se encontraban en posesión de particulares. Incluso, en unas de las primeras acciones, le fue devuelto al Bosque de Chapultepec un área verde ocupada por Los Pinos. E l trabajo que realizaba Don Alberto era un reflejo de su persona: tan hábil como discreto. Nunca atrajo los reflectores y eso le daba un gran margen de maniobra, a tal grado que –sin imaginárselo- fue un eslabón definitivo para que el entonces Jefe de Gobierno se vinculara con quien hoy ocupa el mismo cargo. Aunque, como ocurre frecuentemente, quienes escalan montañas suelen padecer de la memoria por la falta de oxigenación. A lberto sabía del valor de la amistad y era debidamente correspondido. Octavio lo acompañó durante sus horas finales y a Andrés le mostró su lealtad hasta el último momento, tanto que sólo esperó a que éste llegara para despedirse. Una despedida sentida