La renuncia de Peña
@UTufigno
Sentado, frente a su escritorio, Enrique Peña deja caer su fina pluma –regalo de alguno de sus incondicionales- sobre unas hojas blancas al lado de las cuales se encuentra una Constitución edición 2014. No sabe cómo iniciar la redacción del que considera el documento más importante que haya hecho desde que un ayudante le hizo la tesis para obtener el grado de licenciatura en una universidad privada de la Ciudad de México. Si bien su grado le valió obtener el título y la cédula profesional número 1629426 que lo acredita como Licenciado en Derecho, no tiene idea de si lo que debe redactar es una “solicitud de licencia al cargo de Presidente” o si debe “renunciar a la presidencia”. Y tampoco quiere preguntarle a sus cercanos –ni al Consejero Jurídico- porque, la verdad, ya les perdió la confianza. –Tal vez a Mancera, pensó Peña.
Sabe que la situación de crisis que ha vivido México durante 2014 es, con toda seguridad, la más grave de los gobiernos emanados de su partido en los últimos 50 años. También sabe que lo que él considera los “éxitos de su gobierno” no son suficientes para detener los cuestionamientos de la comunidad internacional que le reclama, por sobre todas la cosas, la desaparición de los jóvenes normalistas de Ayotzinapa. Y respecto de las críticas internas, que aunque le preocupan un poco, no deja de pensar que son originadas por quienes se han empeñado, desde siempre, en que su gobierno se derrumbe; son los desestabilizadores, como él los llamó en alguna intervención pública.
Uno de sus asistentes entra a su privado y él, con tono de enfado le reprocha: -les pedí que no me interrumpieran. –Disculpe, señor presidente, pero su esposa está al teléfono. Con la mano, Peña Nieto le hace un gesto a su asistente para darle a entender que no tomará la llamada de su esposa, de Angélica Rivera, la actriz que brincó de los reflectores de las telenovelas a las marquesinas de la política nacional luego del escándalo de la llamada “Casa Blanca”, hecho que lo puso contra las cuerdas pues carecía de argumentos para contestar los severos cuestionamientos de la opinión pública, tanto que prefirió que fuera su esposa la que diera la cara por ambos. Ese escándalo sí que le dolió, pero no porque se dudara de su honestidad, sino porque pensaba que él y su familia tenían el derecho de tener la casa que les viniera en gana; si Angela Merkel -la canciller alemana- vive en un departamento en el centro de Berlín, es su problema.
Con movimientos lentos se incorporó de su sillón, tomó una réplica de la banda presidencial que guardaba en uno de los cajones de su escritorio y se dirigió al espejo que lo acompaña desde sus épocas como gobernador del estado de México. Se colocó la banda en el pecho y se observó: miró su cabello que, sin gel, se notaba más encanecido; vio las arrugas que se arremolinaban en torno a sus ojos, pero sobre todo se asombró de descubrir que su cara se demacraba a pasos agigantados. Sabía que la operación a que había sido sometido hacía varios meses no le garantizaba la salud eterna, pero no pensó que los estragos de la misma se notaran tan rápido. Se quitó la banda presidencial sin darse cuenta que, por un engaño del espejo, se la había colocado al revés.
Estuvo a punto de tomar el teléfono para llamarle al Secretario de Gobernación, pero desistió al recordar su protagonismo cuando inició el conflicto en el Instituto Politécnico. Y Luis Videgaray tampoco ya era una opción para consultar una decisión pues una y otra vez había fallado en sus pronósticos económicos. ¿Tenía sentido comunicarle a alguien una determinación tan personal? Porque ni siquiera se sentía comprometido en anticiparle al presidente norteamericano –como dicta la tradición- una decisión soberana del Estado mexicano; y es que se sentía lastimado porque los gobiernos de Cuba y Estados Unidos no lo habían tomado en cuenta en sus negociaciones secretas. Fijó sus ojos en el vacío, respiró profundamente y se sentó ante su escritorio para redactar su renuncia. Miró el calendario y lo comprendió todo: 28 de diciembre.