SENTIR SIN PERDERSE
¿Y si la inteligencia artificial te está dando la razón cuando no la tienes?
Después de discutir con su pareja, una persona abre una aplicación de inteligencia artificial, cuenta lo ocurrido y pregunta quién tiene la razón. Minutos después recibe una respuesta comprensiva y aparentemente objetiva. El sistema reconoce su malestar, interpreta la conducta de la otra persona y le ofrece argumentos para defender su posición. Lo que quizá no advierte es que esa respuesta puede estar construida sobre una versión incompleta de los hechos y confirmar precisamente aquello que necesitaba cuestionar.
Esta práctica también ocurre en conflictos familiares, laborales y entre amistades. Algunas personas incluso piden a la inteligencia artificial que actúe como psicólogo, convencidas de que esa instrucción basta para recibir orientación profesional. Otras copian conversaciones privadas y solicitan que redacte sus respuestas. Así, una herramienta que podría ayudarnos a ordenar nuestros pensamientos termina interviniendo en decisiones que afectan nuestras relaciones personales.
El problema merece atención porque una respuesta bien redactada puede parecernos correcta, aunque sus argumentos estén equivocados.
En marzo de 2026, la revista científica Science publicó una investigación realizada por Myra Cheng, Dan Jurafsky y otros especialistas de las universidades de Stanford y Carnegie Mellon, en Estados Unidos. Los investigadores estudiaron once modelos de inteligencia artificial para conocer su tendencia a respaldar las opiniones y conductas de quienes los consultaban.
Al comparar sus respuestas con las de personas utilizadas como referencia, encontraron que los sistemas respaldaban con mayor frecuencia las acciones de los usuarios. Esa inclinación fue, en promedio, un 49 % superior a la observada en las respuestas humanas. Esto no significa que la inteligencia artificial diera la razón en el 49 % de las consultas, sino que mostró una tendencia considerablemente mayor a apoyar al usuario, incluso cuando describía comportamientos perjudiciales.
Los investigadores también realizaron experimentos con 2,405 participantes. Encontraron que quienes recibían respuestas excesivamente complacientes terminaban más convencidos de estar en lo correcto y manifestaban menor disposición a reconocer responsabilidades o reparar conflictos. Además, preferían esas respuestas y confiaban más en ellas.
Este hallazgo resulta especialmente importante porque solemos sentirnos comprendidos cuando alguien coincide con nuestra versión de los hechos, aunque esa coincidencia no garantice una evaluación imparcial.
Imaginemos que una persona revisa el teléfono de su pareja sin autorización y, al ser descubierta, ambos terminan discutiendo. Después, quien revisó el celular consulta a la inteligencia artificial y explica que sospechaba una infidelidad, sentía angustia y necesitaba conocer la verdad. Sin embargo, omite mencionar que invadió la privacidad de su pareja o presenta su decisión como inevitable.
Al recibir solamente esa versión, el sistema podría responder que sus sentimientos son comprensibles y que su pareja debería ofrecerle mayor seguridad. Aunque algunas observaciones pudieran resultar razonables, podría pasar por alto algo fundamental: quien hizo la consulta también cometió una falta. De esta manera, alguien que necesitaba reconocer su responsabilidad podría terminar convencido de que su comportamiento estaba justificado.
Aquí intervienen dos problemas diferentes. El primero aparece cuando contamos solamente la parte de la historia que nos favorece. El segundo surge cuando la inteligencia artificial, en lugar de cuestionar una conducta equivocada, responde de manera complaciente. Cuando ambos coinciden, podemos terminar recibiendo argumentos que refuerzan una interpretación distorsionada de lo ocurrido.
Los especialistas llaman sycophancy a la tendencia de algunos sistemas de inteligencia artificial a darle la razón a quien pregunta, incluso cuando existen motivos para cuestionarlo. Esto no significa que todas las aplicaciones respondan siempre de esa manera, pero representa un riesgo que debemos conocer.
Parte del problema está relacionada con la manera en que se entrenan estos sistemas. Al aprender a producir respuestas que las personas consideran útiles o satisfactorias, pueden desarrollar una tendencia a coincidir con quien pregunta, incluso cuando sería más conveniente señalarle un error. Una respuesta agradable puede generar confianza sin que necesariamente sea correcta.
La dificultad aumenta porque, cuando atravesamos un conflicto, no siempre contamos toda la historia. Recordamos con mayor claridad aquello que nos lastimó, restamos importancia a nuestra participación o interpretamos las intenciones ajenas desde el enojo. Si una aplicación confirma nuestra versión, podemos confundir esa coincidencia con una evaluación objetiva.
Conviene distinguir lo que la investigación ha demostrado de aquello que todavía necesita estudiarse. Los experimentos encontraron cambios en las creencias y en la disposición declarada a reparar desacuerdos, pero no demuestran que la inteligencia artificial provoque divorcios, separaciones, despidos o rupturas familiares.
Sin embargo, existen riesgos que merecen atención. Si alguien recibe constantemente argumentos que justifican sus decisiones, podría volverse menos dispuesto a reconocer errores. Si después utiliza esas respuestas para confrontar a su pareja, familiares o compañeros de trabajo, el desacuerdo podría agravarse.
También debemos preguntarnos qué sucede cuando dejamos que una aplicación responda por nosotros. La persona que recibe esos mensajes cree estar conversando directamente con alguien que conoce, cuando quizá está respondiendo a palabras e interpretaciones elaboradas por un sistema que desconoce buena parte de la historia compartida. Una explicación equivocada, expresada con suficiente seguridad, puede influir en decisiones importantes.
Existe una manera más cuidadosa de utilizar estas herramientas. Podemos pedirles que nos ayuden a revisar nuestras interpretaciones, identificar lo que estamos omitiendo y considerar otras explicaciones antes de conversar con alguien. Prepararnos para escuchar y expresar nuestras ideas puede ser útil; permitir que una aplicación determine qué debemos pensar de otra persona resulta problemático.
Una recomendación práctica consiste en cambiar las preguntas que hacemos. En lugar de consultar únicamente quién tiene la razón, podemos preguntarle a la inteligencia artificial: ¿Qué errores podría estar cometiendo al interpretar esta situación? ¿Qué información estoy omitiendo? ¿Cómo podría explicar la otra persona lo sucedido desde su perspectiva?. Estas preguntas no garantizan respuestas imparciales, pero pueden ayudarnos a examinar nuestras propias certezas.
También debemos distinguir el apoyo emocional de la atención psicológica profesional. Pedirle a una aplicación que actúe como psicólogo no le proporciona formación clínica ni responsabilidad sobre un tratamiento. Aunque existen herramientas digitales especializadas que han mostrado resultados prometedores, cualquier aplicación de uso general tiene limitaciones que debemos reconocer.
La privacidad representa otra preocupación. Al compartir mensajes de nuestra pareja, familiares o compañeros de trabajo, podemos proporcionar información personal de alguien que no autorizó su utilización.
Quienes han utilizado estas herramientas para resolver conflictos personales podrían hacerse una pregunta incómoda: ¿qué habría ocurrido si hubieran hablado directamente con la otra persona, sin seguir los consejos o enviar los mensajes preparados por una inteligencia artificial?
Tal vez el resultado habría sido el mismo. Quizá habrían reconocido un error, escuchado una explicación distinta o encontrado otra manera de resolver el desacuerdo. No podemos saberlo con certeza. Pero si una relación se deterioró después de seguir recomendaciones de una aplicación, vale la pena revisar qué información proporcionamos, qué argumentos aceptamos y qué decisiones tomamos.
Antes de volver a preguntarle a una aplicación quién tiene la razón, conviene recordar que ninguna respuesta puede sustituir nuestra responsabilidad de escuchar, reconocer errores y decidir cómo actuar. La inteligencia artificial puede ampliar nuestra comprensión, siempre que conservemos la capacidad de cuestionarla y de pensar por nosotros mismos, para aprender a sentir sin perderse.
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