Ser-dos sordos
@UTufigno
Si para quienes llevaron las estadísticas del Mundial de Fútbol la terminación de ésta justa también significó la finalización de su trabajo, deberían voltear los ojos al Senado (¿vale la pena escribirlo con mayúscula?) y buscar empleo ahí para llevar los números de todo cuando ocurre en estos días en que se discuten las leyes secundarias en materia energética.
Supongo que, el igual que en la mayoría de los deportes, la estadística no aportaría nada útil para el desarrollo nacional pero podríamos saber, por ejemplo, cuántos litros de café se han consumido, quién es el senador que más veces acude a los sanitarios, cuál es la senadora que más llamadas contesta, cuántos kilómetros recorren los asistentes en una sesión y a qué velocidad, etc. Cuestiones de trascendencia, pues, porque lo relativo a la riqueza nacional y al cuidado del medio ambiente no importa.
Previsores como son, los comprometidos senadores desde hace varios días adquirieron víveres, pantuflas, “sleeping bags” y una dotación de películas para hacer más llevaderas las maratónicas sesiones del fin de semana en las que se ha tenido que agotar el inútil formalismo de fingir que se oye a un puñado de legisladores que se oponen a las leyes secundarias de la reforma energética.
Porque cuando concluyan las intervenciones, a una sola voz y a una sola mano, las mayorías parlamentarias -que no representan a las mayorías- aprobarán la entrega de la industria del gas y del petróleo; pero no terminará todo ahí pues también habrán permitido que las empresas beneficiarias se apoderen de tierras fértiles que son inútiles ante los ojos de quienes vienen a explotar el subsuelo mediante la peligrosa técnica del “fracking”.
Nuestros ingeniosos legisladores, más diestros en el uso del lenguaje que un miembro de la Real Academia, sustituyeron en la iniciativa la palabra “expropiación” por “ocupación temporal” y “servidumbre”, vocablos que son tan ingenuos como mentirosos pues los terrenos cuya ocupación se destine de manera forzada a la explotación de hidrocarburos no sólo verán disminuido su valor sino que quedarán con daños incuantificables. ¿Quién puede creer que las voraces compañías explotadoras del subsuelo se preocuparán por no afectar los mantos acuíferos, los arroyos o la calidad de las tierras? Y aunque existiera una genuina preocupación, lo cierto es que la extracción de los hidrocarburos no convencionales se hace mediante una técnica que consiste en fracturar el subsuelo utilizando enormes cantidades de agua mezclada con decenas de sustancias, muchas de ellas catalogadas como cancerígenas.
Lo absurdo del neoliberalismo se hace presente en las leyes secundarias cuando el agua -necesaria para la vida- se va a emplear para darle de beber a la sedienta industria transnacional de los hidrocarburos, como si las especies vivas en el planeta pudiéramos ingerir el petróleo para subsistir; y es tan absurdo el sistema y tantos los intereses económicos, que la cúpula del partido político que dice preocuparse por “lo verde” apoyó sin recato la iniciativa que entrega el entorno ambiental a cambio de preservar sus privilegios. Quizá piensan que el gobernador de Chiapas, emblema de la alianza con el viejo partido, tiene alguna oportunidad real de llegar a Los Pinos de la mano de los inversionistas extranjeros que ven en Chiapas el último reducto de riqueza natural en nuestro país. Por eso hay que mostrar sumisión ante ellos. Por eso hay que mostrar que el medio ambiente no importa si se trata del gran capital.
Nada de lo que ocurre en las votaciones en el Senado puede asombrarnos: ni el más de un millar de reservas desechadas por la aplastante mayoría del PRI, el PAN y sus rémoras; ni la falta de debate de fondo en las propuestas; o la descarada maniobra de las dos alas del águila americana para aprobar en bloque las reservas formuladas por el PAN.
Todo esto lo sabíamos, y lo sabíamos desde que se firmó el mentado Pacto por México –PRD incluido- y se confirmó con la aprobación de la reforma constitucional en materia energética. Contrariamente a lo que afirma un popular dicho político, aquí no hay sorpresas ni sorprendidos. Lo que sí hay son traiciones, desmemoria, falta de amor a lo propio y, sobre todo, entrega a los intereses del extranjero.