TENDENCIAS MUNDIALES DEL EMPLEO
Para muchos, el trabajo es un simple insumo de la producción al servicio de las empresas, y cuyos costos hay que reducir a todo trance por razones de competitividad. No suele vérsele como lo que realmente es: generador de ingreso de las familias, derecho humano fundamental, medio de realización de toda persona y fuente creadora del hombre mismo. Pues bien, en relación con esto, el Banco Mundial publicó hace poco su “Informe sobre el desarrollo mundial 2013, Empleo”, que motiva a la reflexión. Aunque con el peculiar enfoque del Banco, el estudio pone de relieve las tendencias mundiales en el empleo, y algunas de sus manifestaciones locales. A nivel global hay más de 3000 millones de trabajadores, fuente de toda riqueza, pero que sigue desperdiciándose al condenar a muchos al paro forzoso: en el mundo, 621 millones de jóvenes no trabajan ni estudian. Además, las crisis económicas generan, una y otra vez, más desempleados: la de 2008 produjo 22 millones en tan sólo un año. En los próximos 15 años habrá que crear 600 millones de plazas en el mundo para absorber a la nueva fuerza laboral incorporada, algo poco probable en medio de la crisis. En los países “en desarrollo” campean el subempleo y el empleo informal, cuya productividad es muy baja, pues quienes ahí trabajan casi no generan riqueza, así laboren jornadas extenuantes.
El informe muestra asimismo una tendencia mundial hacia el empleo temporal, es decir, ocupar a los trabajadores sólo durante el tiempo, breve o prolongado, que la empresa estrictamente los requiera, sin importar las necesidades y la subsistencia misma del trabajador y su familia. Dice al respecto el Banco: “El empleo asalariado temporal y a tiempo parcial es ya una característica importante de los países industrializados y en desarrollo”. En la India, por ejemplo, los empleados temporales aumentaron en 10 por ciento en 2009, y en 18 por ciento en 2010. México no escapa a esta tendencia, institucionalizada ahora en la reforma laboral. Crecen, pues, el subempleo y el desempleo abierto en adultos, mas esta tendencia se correlaciona con el extendido trabajo de niños, muchos de ellos aún muy pequeños; y no se crea que sólo en economías atrasadas: son empleados por conocidas y prestigiosas empresas transnacionales, obviamente no mencionadas en el informe. No se abunda al respecto, pero sí se dice que en 2008 había 115 millones de pequeños laborando en condiciones peligrosas.
El derroche de fuerza de trabajo en cualquiera de sus manifestaciones expresa contradicciones inherentes al modelo predominante, que privilegia la ganancia como imperativo económico, pues a la gran empresa conviene el empleo de máquinas y equipo sofisticado y la automatización de procesos, para economizar fuerza de trabajo. Asimismo, una cierta cantidad de desempleados sirve para incrementar utilidades, pues aumenta la competencia entre los trabajadores, obligándoles a aceptar menores salarios y precarización del empleo. En fin, hay tantas personas desempleadas o subempleadas porque “sobran”, de acuerdo con las necesidades del capital; es decir, en caso de empleárseles, o bien no aportan, o de plano afectan la obtención de ganancia.
Pero así como tantos se ven forzados a la inactividad, muchos otros son forzados a trabajar, y en condiciones infrahumanas. Según el estudio: “Se estima que hoy en día hay en todo el mundo 21 millones de personas que son víctimas del trabajo en condiciones de servidumbre, la esclavitud, la prostitución forzada y otras formas de trabajo involuntario” (pp.14-15). Podría pasar esto como una fría estadística, si no fuera una tragedia. Hablar de esclavismo en nuestros días es una denuncia contra el modelo económico predominante, que so capa de “civilizado” y “amigable”, recurre a esos métodos para aumentar las utilidades. A todo esto se agrega que, debido al dispar desarrollo de las economías, muchos trabajadores no encuentran empleo en sus países, y han de emigrar: a inicios de este siglo había más de 200 millones de migrantes en el mundo; el informe no lo especifica, pero muchos de ellos, sin derecho alguno por ser indocumentados, son víctimas indefensas de abusos mil, y gracias a ello rinden cuantiosas ganancias a sus empleadores.
Mas el estudio sí aborda la relación entre empleo y pobreza, y admite que el primero es factor clave del desarrollo; confirmando así la tesis de que no puede abatirse la pobreza sin generar empleos bien remunerados para todos. Señala a la letra el documento: “El análisis cuantitativo confirma que los cambios en los ingresos laborales son el principal factor que contribuye a la reducción de la pobreza” (p. 9); o sea, no basta con que haya empleos; es fundamental que su retribución sea decorosa. Esto confirma también que no es con limosna, pública o privada, que se terminará de raíz la pobreza, sino elevando el ingreso laboral, a lo cual, precisamente, se niegan los patronos.
Pone también de relieve la estrecha relación que hay entre el nivel de ingresos y el de participación social. En otras palabras: la pobreza no deja tiempo ni permite condiciones para la actividad política y social; excluye a quienes la padecen y vacía de contenido a la democracia, al dejar la toma de decisiones en manos de quienes tienen recursos. La democracia, pues, es también cosa de dinero, no sólo de derechos escritos. Y en México la situación es realmente patética: de acuerdo con el reporte, 38.7 del ingreso total es retenido por el 10 por ciento de la población más rica, y 53 por ciento del ingreso es captado para el 20 por ciento de los más acomodados; en el otro extremo, el 20 por ciento de la población más pobre percibe sólo el 4.7 por ciento del ingreso total.
Por último, nos recuerda que el empleo y el nivel de ingresos son fundamentales para la autoestima de las personas. Quienes tienen un trabajo permanente, digno y bien remunerado muestran una actitud más positiva y tolerante; por el contrario, quienes carecen de esas condiciones y viven privados de todo son más proclives a padecimientos mentales y actitudes antisociales. Y es el caso que ante la violencia desatada en México, nuestro gobierno ha reaccionado con más violencia, en lugar de atacar sus raíces económicas, como queda sugerido por el propio Banco Mundial.