LA TIERRA ¿ES DE QUIEN LA TRABAJA?
Si don Emiliano Zapata viviese hoy, seguramente muy poco cambiaría de aquel su manifiesto de 1914:
La actual revolución (1910) no se ha hecho para satisfacer los intereses de una personalidad, de un grupo o de un partido. La actual revolución reconoce orígenes más hondos y va en pos de finalidades más altas.
El campesino tenía hambre, padecía miseria, sufría explotación, y si se levantó en armas, fue para obtener el pan que la avidez del rico le negaba, para adueñarse de la tierra que el hacendado egoístamente guardaba para sí, para reivindicar su dignidad que el negrero atropellaba inicuamente todos los días.
Se lanzó a la revuelta, no para conquistar ilusorios derechos políticos, que no dan de comer, sino para procurarse el pedazo de tierra que ha de proporcionarle alimento y libertad, un hogar dichoso y un porvenir de independencia y de engrandecimiento.
Gobierno militar primero y parlamentario después, reformas en la administración para que quede reorganizada, pureza ideal en el manejo de los fondos públicos, responsabilidades oficiales escrupulosamente exigidas, libertad de imprenta para los que no saben escribir, libertad de votar para los que no conocen a los candidatos, correcta administración de justicia para los que jamás ocuparán un abogado; todas esas bellezas democráticas, todas esas grandes palabras conque nuestros abuelos y nuestros padres se deleitaron, han perdido hoy su mágico atractivo y su significación para el pueblo.
Este ha visto que con elecciones y sin elecciones, con sufragio efectivo y sin él, con dictadura porfirista y con democracia maderista, con presa amordazada de libertinaje de la prensa; siempre y de todos modos él sigue rumiando sus amarguras, padeciendo sus miserias, devorando sus humillaciones inacabables y por esto teme y con razón sobrada que (…) hoy vaya a ser igual que ayer (…).
Es cierto que los ilusos creen que el país va a conformarse (como no se conformó en 1910), con una pantomima electoral de la que surjan hombres en apariencia nuevos y en apariencia blancos, que vayan a ocupar las curules, los escaños de la Corte y el alto solio de la Presidencia; (…).
El país no se dará por satisfecho -podemos estar seguros- con las tímidas reformas candorosamente esbozadas por el Lic. Don Isidro Fabela, titulado Ministro de Relaciones del gobierno carrancista, que no tiene de revolucionario más que el nombre, puesto que ni comprende ni siente los ideales de la Revolución; no se conformará el país con sólo la abolición de las tiendas de raya, si la explotación y el fraude han de subsistir bajo otras formas; no se satisfará con las libertades municipales, bien problemáticas cuando falta la base de la independencia económica, y menos podrá halagarlo un mezquino programa de reformas a las leyes sobre impuestos a las tierras, cuando lo que urge es la solución radical del problema relativo al cultivo de éstas
La primera labor, la de poner al grupo reaccionario a la imposibilidad de seguir siendo un peligro, se consigue por dos medios diversos: por el castigo ejemplar de los cabecillas, de los grandes culpables, de los directores intelectuales y de los elementos activos de la facción conservadora, y por el ataque dirigido contra los recursos pecuniarios de que aquellos disponen para producir intrigas y provocar revoluciones; es decir, por la confiscación de las propiedades de aquellos hacendados y de aquellos políticos que se hayan puesto al frente de la resistencia organizada contra el movimiento popular que, iniciado en 1910, ha tenido su coronamiento en 1914, después de pasar por las horcas caudinas de Ciudad Juárez y por la crisis reaccionaria de la Ciudadela, trágicamente desenlazada por la dictadura huertista.
En apoyo de esta confiscación milita la circunstancia de que la mayor parte, por no decir la totalidad, de los predios que habría que nacionalizar, representan intereses improvisados a la sombra de la dictadura porfirista, con grave lesión de los derechos de una infinidad de indígenas, de pequeños propietarios, de víctimas de toda especie, sacrificadas brutalmente en aras de la ambición de los poderosos.
El texto de los anteriores 10 párrafos no salieron de mi tintero: son de Emiliano Zapata –las ideas- y de Otilio Montaño –la redacción-. Es parte de un Manifiesto publicado en Agoto de 1914 y se conoce como el Manifiesto de Milpa Alta. Vio la luz pública 5 meses antes de que don Venustiano Carranza emitiera su Ley Agraria.
Porque, indiscutiblemente, si menos del 1 por ciento de los habitantes del país concentraban en sus manos el dominio del 96 por ciento de las tierras y el inmenso 97 por ciento de los habitantes del país no contaban ni siquiera con un lote de 200 metros cuadrados como propiedad, no había justicia. Todo tipo de desigualdad es injusticia. Todo tipo de concentración es desigualdad.
Según el Censo de 1910, habían en el país solamente 840 hacendados; pero habían 3 millones 96 mil 827 jornaleros. De los 15 millones 160 mil 369 habitantes que éramos en 1910, 12 millones 306 mil habitantes dependían de un salario rural. La concentración de la posesión de la tierra era apabullante.
Porque, indiscutiblemente, si más del 60 por ciento de la propiedad de la tierra nacional estaba en manos de extranjeros, no había justicia. Porque, ciertamente, si la posesión de esas tierras había sido basada en despojos a comunidades, rancherías, ejidos, vía actos violentos y por la fuerza -incluso con apoyo de las “fuerzas del orden” porfirista-, no había justicia.
Porque, indudablemente, si campesinos, comuneros, ejidatarios que habían sufrido el despojo de sus tierras no tenían posibilidades de defensa legal ante ningún juez ni en contra de ninguna “compañía deslindadora”, entonces, no había justicia.
Al menos del mes de enero hemos de recordar, la fecha de mayor envergadura política: la emisión de la Ley Agraria por don Venustiano Carranza el 6 de Enero de 1915, que cumplirá cien años el martes próximo. Pese a su corto texto –consta sólo de 11 artículos y un Transitorio- dicha Ley Agraria es importante antecedente normativo para orientar el contenido del Artículo 27 Constitucional que sería aprobado en 1917 y sentó precedente de cómo el gobierno federal, cuando está bien orientado, puede hacer justicia y combatir la desigualdad.
Don Venustiano Carranza emitió su Ley Agraria que resalta, entre otros importantes y significativos puntos: las compañías deslindadoras, despojaban a los indígenas y campesinos de sus tierras con apoyo del gobierno y peinaban el territorio nacional para detectar tierras no habitadas o donde no había certeza de título de propiedad para darlas a los hacendados; la figura que usaba el latifundistas era la hacienda; los hacendados eran propietarios, además, de propiedades urbanas. Por cierto, el mencionado Isidro Fabela (Alfaro) es el forjador del Grupo político que luego será conocido como el Grupo Atlacomulco.
Con Manifiesto de Zapata o Ley Agraria de Carranza, la tierra, a 100 años de ellos, no es de quien la trabaja: la realidad nacional es que la finalidad de su posesión y propiedad no es trabajarla y producir sino especular con ella.
Ojalá hoy, después de 100 años el gobierno federal inicie la marcha hacia el campo y no sólo conmemore con un lema a usar durante todo 2015 los 100 años de la Ley Agraria. Los campesinos, ejidatarios y desposeídos del país lo merecen. Cuando menos, en memoria al grupo Carrancista al que estuvo afiliado el forjador del Grupo Atlacomulco.