Ucrania, Crimea y la recomposición del mundo
Doctor en economía por el Colegio de México (COOLMEX)
con estancia en investigación en la Universidad de Princeton,
fue catedrático en el Centro de Investigación y Docencia económica
y articulista en la revista económicaTrimestre Económico.
El socialismo llamado real maduró en la historia de la humanidad en octubre de 1917 con el triunfo de la Revolución Rusa, después de que se aprovechara la coyuntura de la Primera Guerra Mundial y, sobre todo, que los revolucionarios tuvieran eco en las masas populares ante las terribles condiciones de pobreza en las que vivía el pueblo ruso bajo la égida de los zares autocráticos.
La participación de este país fue determinante durante la Segunda Guerra Mundial para que el mundo no cayera en manos del fascismo, que avanzaba, poderoso e indestructible, representado por las fuerzas militares del nazismo encabezado por Adolfo Hitler. Según algunas fuentes, fueron 26 millones de soviéticos los que murieron en la Segunda Guerra Mundial (8.8 millones eran militares y 17.2 millones, civiles), equivalentes al 37 por ciento del total de muertos en esa guerra; esta cuota de sangre no ha sido valorada lo suficiente, pues de no ser por este gran sacrificio humano y por la estrategia militar de los soviéticos, encabezados por Stalin, el mundo hoy sería distinto.
Recordemos que la toma de Berlín fue hecha por el Ejército Rojo el ejército soviético y que una vez que las fuerzas aliadas notaron el avance de los rusos en el extremo oriente, los estadounidenses lanzaron las dos bombas atómicas que devastaron Hiroshima y Nagasaki, Japón, a fin de poner alto al Ejército Rojo, amenazar a los rusos y negociar la recomposición del mundo. Después de las negociaciones y tratados conocidos: Yalta, Potsdam, etcétera, el mundo se repartió y se generó un mundo bipolar y, en cierto grado, tripartita en el que había países del primer mundo, del segundo y del tercero (México siempre ha figurado entre los países tercermundistas, aunque ahora se les llama países “en vías de desarrollo”).
Los países capitalistas se dieron a la tarea de hacer una guerra silenciosa e ideológica que destruyera al sistema socialista por dentro, basándose, en parte, en las debilidades del propio sistema y, a la vez, se dieron a la tarea de lanzar una campaña anticomunista en el interior de sus países, con el fin de que la gente fuera “vacunada” en contra de cualquier intento de promover el socialismo en los países capitalistas. En el interior de los países socialistas, asimismo, lanzaron una campaña para ganar adeptos en contra del sistema capitalista; y en los países capitalistas desataron una feroz campaña de odio y miedo en contra del socialismo, a efecto de satanizarlo con base en mentiras y exageraciones y manipular la percepción de la gente que sin conocer a ciencia cierta lo que estaba pasando en los países socialistas, los hacía enemigos suyos.
La ineficiencia económica, basada en el principio de los planes quinquenales, que eliminaron la contabilidad de costos y privilegiaron el cumplimiento del plan a cualquier precio, así como la burocratización del partido, que se confundió con el Gobierno y no supo hacer la distinción correcta de las funciones entre uno y otro, provocaron el descontento de los rusos ante la escasez de productos básicos y ante la insensibilidad de los funcionarios y los altos niveles de corrupción alcanzados. En esto se basaron sus enemigos. En el terreno económico, el sistema capitalista superó en productividad y calidad en las mercancías a la economía socialista; y en lo político, las carencias económicas se sumaron a la descomposición del partido para generar un estado de descontento que acabó por echar abajo el proyecto socialista, no porque demostraran su inviabilidad, sino por una incorrecta instrumentación del mismo.
A cambio de la economía socialista y del partido soviético, los países capitalistas y sus clases poderosas propusieron a Rusia desarrollar la economía de mercado y la democracia. Anunciaron con bombo y platillo la entrada al primer mundo y el principio de un cambio radical y trascendental “en favor de todos”, con base en la economía de mercado. En sus primeros años, el tránsito de Rusia fue errático y, hasta cierto punto, se formalizó la descomposición que finalizó entronizando a los viejos líderes socialistas de fábrica y administradores de empresas estatales en dueños o pequeñas sociedades de propietarios que se adjudicaron las empresas otrora del Estado.
Así, Rusia pasó del socialismo a la economía capitalista de mercado. Aunque los países capitalistas comandados por Estados Unidos (EE. UU.) sentían que tenían todo consigo, lo cierto es que entre los líderes que fueron escalando en el poder de la Federación Rusa había quienes en el fondo no habían abandonado los principios socialistas o simpatizaban con los revolucionarios rusos que hicieron de su país una patria distinta. Es así como en varias fotografías del actual presidente, Vladimir Putin, aparece en el fondo la fotografía de los revolucionarios que antes de la toma del poder político encabezado por Lenin en octubre de 1917 simpatizaban con los principios del marxismo.
Todo indica que la nueva lucha por el control de Crimea (cuya ubicación geográfica dio pie a la famosa guerra de Crimea suscitada entre 1853 y 1856, pues representa parte del control del Mar Negro) y la desestabilización operada en Ucrania, pero “cilindreada” desde las oficinas de países distintos a Rusia, principalmente EE. UU., tiene que ver con la intentona por lograr la desestabilización en contra de Rusia para frenar o debilitar su avance; se busca, sin duda, evitar que Rusia se convierta en la potencia que está llamada a ser y, por lo mismo, se pretende satanizarla nuevamente para que otros países no sigan su ejemplo.
Sin embargo, la alternativa que propone EE. UU. no parece ni viable ni grata para los mismos estadounidenses: el capitalismo individualista ha incrementado la cantidad de pobres, los niveles de desempleo son muy altos y han segado la certidumbre en una vida futura mejor, pues lo que les dicen que deben tener no corresponde con lo que tienen real y verdaderamente. Por ejemplo, en el capitalismo todos tienen derecho a la vivienda y, sin embargo, por morosidad (derivado del incremento de los precios en los alimentos y combustibles), la gente cayó en impago; pero al no poder pagar los créditos con los que adquirieron su casa, fueron simple y llanamente desalojados. La intentona de EE. UU. y los países aliados para desestabilizar a Rusia sólo persigue perpetuar la hegemonía mundial de EE.UU.; pero les salieron renegones; lo que sucede en Ucrania no es otra cosa sino la respuesta estadounidense ante su imposibilidad de invadir Siria, como antes lo hacía con otros países, además de los intereses económicos que se esconden detrás del avance ruso. Ante la determinación y actuación inteligente de Rusia, con Vladimir Putin a la cabeza, EE. UU. no pudo hacer lo que en otro tiempo acostumbraba: invadir militarmente; ahora tuvo que tragar sapos.
Por lo pronto, la mayoría del pueblo de Crimea aceptó integrarse a Rusia para no depender de Ucrania; ella, por su parte, depende económicamente de Rusia y tiene ya un adeudo importante de gas natural; el mundo está orientándose hacia los Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y EE. UU., como toda su fuerza imperial, se debilita gradualmente. Veremos qué pasa al final de esta historia.