UCRANIA, VENEZUELA Y EL IMPERIALISMO
Omar Carreón Abud
Tardó más en alejarse del poder el Presidente de Ucrania, Víctor Yanukóvich, que hacerse presente en Kiev el Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, con un apetitoso paquete de “ayuda” en las manos por mil fabulosos millones de dólares. “Ayuda”, en el lenguaje de los gobernantes norteamericanos, significa préstamos (y ni grandes porque Ucrania necesita 35 mil millones de dólares y mil servirán apenas para que los que ya se creen con el poder de Ucrania, se compren unos chescos). Por su parte, la Unión Europea, dijo estar dispuesta –sólo dispuesta hasta ahora- a “ayudar” a Ucrania con 15 mil millones de dólares (pago por ver). ¿Quién, pues, quería a Yanukóvich fuera del poder? ¿El pueblo explotado o los feroces agiotistas internacionales? Que vea quien tenga ojos para ver y que oiga quien tenga oídos para oír, el imperialismo ensaya en los últimos años una nueva técnica para derrocar gobiernos desafectos: Egipto, Libia, Túnez, Siria (en donde se le ahorcó la mula de seises) y, ahora, en Venezuela y en Ucrania. Inicia como una protesta popular con manifestaciones y grupos bien entrenados y pagados generan violencia y caos en esas manifestaciones buscando presos, heridos y, sobre todo, muertitos y, si la policía no responde, se vuelven más agresivos y destructores y, si no mata, matan ellos (hay pruebas de que a la Miss Venezolana la asesinaron por la espalda). Los motines en realidad no requieren de muchos participantes, con unos mil o mil quinientos, se alcanzan los objetivos para las notas de prensa, las fotografías y los videos. En efecto, complemento indispensabilísimo de los alborotos y desórdenes, es la acción de los medios de comunicación del mundo en el que las noticias difundidas y repetidas aparecen ante los ojos del público indefenso como verdades incontrovertibles.
El presidente pasa a ser un tirano, un corrupto, un ladrón, un asesino y, la revuelta “popular”, una novísima forma de revolución y un nuevo camino para alcanzar la justicia que el pueblo tiene tantos años reclamando. ¿Ya llegaron a la justicia social o a la democracia o, por lo menos, para allá van buen paso, los egipcios, los libios o los tunecinos? ¿no parece más bien que saltaron de la sartén a la lumbre? Ya no hay golpes militares, ahora hay golpes “populares” que si empiezan a fracasar –como en Libia- se transforman rápidamente en agresiones armadas con mercenarios bien pagados que nunca se sabe de donde sacan tantas armas, tanto parque y tanto dinero para enfrentar durante meses o años a un gobierno legalmente constituido; los golpes militares se volvieron odiosos, las intervenciones armadas de los marines, más todavía, ahora son “revoluciones populares” la nueva arma del imperialismo. Se trata en lo fundamental de los privilegiados de siempre, de los potentados y sus paniaguados que, o han perdido sus privilegios, o ven peligro inminente de perderlos, es la derecha, la reacción e siempre. Capriles, empresario, enemigo del cambio y del pueblo, Yúshchenko o Timoshemko, enriquecidos escandalosamente durante la época del remate de los bienes del pueblo que encabezó Boris Yeltsin. Estos privilegiados se sustentan en el poder acumulado por parte de la clase dominante durante siglos, pero no solamente en el económico, sino en el ideológico, con interminables lavados de cerebro que vuelven un enajenado al hombre más sensato, con medios de comunicación como poder absoluto, sin balance ni competencia, que les permite holgadamente mover a ciertos sectores de la masa aun contra sus propios intereses.
¿Qué pelean? La justicia social y la democracia están probadamente descartadas desde que empezaron las agresiones del imperialismo norteamericano en el mundo. Sólo, para hacernos claridad, recordemos a dónde han ido a parar las más recientes acciones a favor de la democracia y los derechos humanos por parte de los imperialistas en Irak y Afganistán ¿Después de años de una embestida feroz en la que no se han conocido todavía los muertos, heridos y huérfanos, ya entraron los pobladores de esos países a la paz, la armonía y la felicidad que dijeron sus invasores homicidas que iban a imponer muy a pesar de los supuestos sátrapas que los gobernaban? Nada, absolutamente, nada de eso. Ahora la expoliación es más despiadada.
¿Qué quieren, pues, ahora en Venezuela y en Ucrania? Petróleo y gas. Vida, oxígeno para sus fábricas y empresas dedicadas a la ganancia para unos cuantos. Ya se ha dicho que los más ricos del mundo, para esos que tienen en sus manos la misma riqueza que la mitad de los seres humanos y que caben en un autobús, apretaditos, pero caben. Esa descomunal e insultante concentración de riqueza no sacia, no ha saciado a los artistas de la ganancia, porque su ambición es ya una patología que habría que colocar entre las más graves deformaciones de la mente humana y porque los negocios en el capitalismo tienen que crecer constante e ininterrumpidamente porque de lo contrario desaparecen, esa inversión creciente y cada vez más grande, es una ley férrea. Y por eso se la tienen sentenciada a los pueblos de Ucrania y Venezuela y, con Ucrania, como objetivo final, a Rusia. Pero el hombre no necesita ya la economía de la ganancia, ahora, para no acabar con su hogar, el planeta tierra y para no desaparecer como especie, necesita sólo una producción suficiente, ordenada y limpia, que lo libere, no que lo esclavice.
Dijo Obama que Putin se hallaba en el lado equivocado de la historia; no quiero decir nada de Putin, pero de Obama aseguro que sí está en el lado equivocado de la historia, que defiende una forma injusta de producir, una forma ineficaz, una forma de tremendo desperdicio de fuerza humana de trabajo, de recursos naturales, un modo de producción que está llegando a sus últimos años. Eso lo demuestra palmariamente la urgencia de hacerse de más riquezas a costa de venezolanos, ucranianos y rusos, sólo por hablar de los más recientes.