Veinte años no es nada
por Uriel Tufiño
@UTufigno
De origen incierto, la palabra “tango” lo mismo se emplea en el lenguaje críptico de las comunicaciones radiofónicas que para designar a un género musical. Uno de los tangos más famosos es “Volver”, y de éste su verso más conocido es el que dice: “Sentir, que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra”. Como una cuestión paradójica, el terremoto de México de 1985 significó el quiebre de las estructuras del régimen político. La organización de la sociedad civil superó, por mucho, la inacción de un gobierno pusilánime. Al año siguiente, durante la inauguración del Mundial de 1986, el público castigó a Miguel de la Madrid con mentadas y una rechifla más grande que el Estadio Azteca. Vinieron las elecciones de 1988 y con ellas el pasmo del sistema electoral.
Nunca quedó claro si la versión oficial se refería a que “se cayó el sistema” (con ‘y’) o a que “se calló el sistema” (con doble ‘l’). Para efectos prácticos, nadie creyó en el resultado oficial pero aún así se impuso a Carlos Salinas en la presidencia. Ya instalado en Los Pinos, Salinas supo dividir al bloque opositor -de derecha e izquierdas- a través de “reconocer” resultados electorales favorables al panismo en gobiernos estatales. Pero también adoptó el programa de gobierno que siempre había sido el sueño imposible del PAN: privatizaciones, reforma fiscal, acercamiento con la Iglesia, apertura comercial y, una de las más graves, el entierro del artículo 27 constitucional. En 1992 se dio marcha atrás al principio histórico de separación del Estado y la Iglesia y se decretó el fin del agrarismo. No tenía sentido seguir con el reparto de la tierra horizontalmente si se podía vender verticalmente en lujosos condominios dignos de quienes merecen estar más cerca del cielo. Para cumplir con el paraíso prometido, el gobierno salinista firmó en 1993 el Tratado de Libre Comercio, con vigencia a partir del primero de enero de 1994.
Hace veinte años. Con dicho acuerdo internacional, México entraba de lleno en el camino de una modernidad que traería no sólo los productos indispensables en los hogares mexicanos, sino hasta la envoltura que garantiza el incremento de los precios. Pero ese mismo primero de enero la modernidad anunciada tropezó consigo misma. Chiapas era el centro de la noticia a nivel mundial. Un par de años antes, como consecuencia del desmoronamiento de la Unión Soviética, el politólogo norteamericano Francis Fukuyama decretó “el fin de la historia”: había terminado la lucha de ideologías y se avecinaban los tiempos del pensamiento único, liderado por los Estados Unidos. No más guerrillas y no más pobreza en las estadísticas oficiales. La riqueza se derramaría como en una torre de champaña.
El problema fue que las copas de arriba son cisternas que no dejan nada para las copas de abajo. El levantamiento armado en Chiapas ayudó a despertar conciencias pero también alentó toda clase de rumores. El hecho de que un grupo de indígenas hubiera tomado la decisión de empuñar las armas parecía imposible de no ser por la intervención de fuerzas desestabilizadoras provenientes del extranjero. Ahí sí cabía cuestionar lo que parecía ajeno a lo nacional, pero no en el sometimiento que implicaba la firma del acuerdo comercial. “La rebelión de los colgados” era sólo un cuento en la mente de Bruno Traven. Veinte años después, las condiciones de injusticia, pobreza y marginación siguen existiendo en Chiapas y en muchos lugares de nuestro país. Además de ciertos factores históricos, la clave para entender porque en México hay 53 millones de pobres reside en el hecho de que nuestro país es uno de los más desiguales del planeta y el más desigual de los que integran la OCDE. Fruto de las privatizaciones del salinismo, la fortuna de Carlos Slim se ubica entre las 3 mayores del mundo y la de Ricardo Salinas es la cuarta en México. Otros personajes que basan su fortuna en la explotación de la riqueza nacional, Alberto Bailleres y Germán Larrea, ocupan los lugares dos y tres en México. México da para esas fortunas personales y hasta para la promoción grosera de Manuel Velasco, gobernador de Chiapas. ¿Acaso estaba dormido hace 20 años?