VIVENCIAS No a la violencia contra la mujer
Estaba hoy en una reunión donde llegó una señora muy bonita con su hija, una jovencita especial, con Síndrome de Down, de repente en un momento de la actividad había que hacer una dinámica por parejas, una señora muy espontánea me dijo de inmediato: “yo contigo manita” sin poder evitar sonreír acepté encantada la invitación
En el grupo había un solo varón, un joven muy correcto, serio y respetuoso quien aún no tenía con quien trabajar, la señora que llegó con la niña especial había salido un momento del salón y cuando regresó se encontró con el movimiento, se acercó a la instructora y le dijo que no tenía pareja, la maestra le dijo que hiciera el ejercicio con el joven que tampoco tenía pareja, de inmediato su respuesta fue: ¡No! Si mi hija llega a casa y le dice a mi marido que trabajé con un hombre seguro me arrastra, ¡es capaz de descalabrarme!
Mis ojos no daban crédito al mirar el terror en esos ojos tan bonitos y el miedo reflejado en su voz, fue solo un momento, de hecho casi nadie lo notó, yo estaba muy cerca, por eso tuve acceso a toda la escena, se tomaron las medidas, se hicieron los ajustes y la reunión siguió sin más percances.
Recuerdo que cuando era muy jovencita no podía creer que tales cosas pudieran suceder, mi papá nos crio a ms hermanas y a mí con un profundo amor y respeto, nos hizo mujeres seguras independientes y pensantes, nos enseñó que teníamos derecho a decidir y respetó cada una de nuestras decisiones, desde nuestra manera de vestir, amistades, carrera, novios, maridos, trabajos, pasatiempos, aficiones, gustos, muchas veces lo vi subir las mangas de su camisa para ayudar a mamá en las labores domésticas, incluso al cocinar había platillos en los que decíamos: “mejor que lo haga papi”, y ni que decir de mi madre, quien a sus cinco hijos, tanto hombres como mujeres nos enseñó las labores de la casa con su tajante argumento: “Todos vivimos aquí y mantener en orden esta casa es responsabilidad de cada uno”. Mis hermanos y yo aún recordamos su frase célebre: “El que sabe comer puede hacer cualquier cosa”; y nadie podía refutar tales premisas, ante ella y ante Dios todos éramos iguales.
La palabra era nuestra mejor arma y los golpes (si es que así pudieran llamarse) eran reservados para los momentos de corrección y eso cuando era estrictamente necesario, acompañados de la oración, y del habitual: esto me va a doler más a mí que a ti y del respectivo abrazo al final. Nunca vimos ni vivimos violencia en ninguna de sus formas. Por tanto salir al mundo real y encontrar historias como la que hoy presencié era contradictorio, casi increíble.
Sin embargo esas historias son reales y está en todas partes aún más cerca de lo que podemos imaginar, aún dentro de las congregaciones o iglesias y no podemos permanecer impávidos ante ellas, no podremos erradicarlas todas, pero si podemos alzar la voz, informar, predicar, enseñar, no callar puede hacer la diferencia.