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La Verdad del Sureste

Voces de una comunidad inundada Un cayuco a la deriva


Voces de una comunidad inundada Un cayuco a la deriva
El noticiero nocturno anuncia el huracán Rina, calificado de baja intensidad pero alta peligrosidad. Son los últimos días del mes de octubre y  tanto Tabasco como Quintana Roo comienzan a alertar a la población, ya que este fenómeno, en conjunto con el frente frio  numero 8, augura más que lluvias… inundación.
    I.Comenzaba noviembre y con este, las compras de pánico en algunas regiones de Quintana Roo, sin embargo, en numerosas comunidades de Tabasco, la noticia preocupaba, pero no se podían dar el lujo de hacer compras de pánico, ya que no tienen con qué. Lo único que les queda es esperar, a que no vengan las lluvias, y si vienen, que no sean demasiadas.
    Conforme avanzaban los días, las noticias dejaban ver poco a poco la realidad que muchos no auguraban pero que temían o preferían negar para conservar la calma. Así los medios de comunicación aumentaban el número de personas, comunidades, municipios y otros sectores que comenzaban a sufrir los estragos de las lluvias. Pero hasta ahí, solo eso se sabía.
    Era sorprendente imaginarse que 16 de los 17 municipios de Tabasco estaban declarados zona de desastre, lo único que se podía imaginar era agua, mucha agua. Fueron en esos días cuando Pobladores se comunicó con Juan Carlos, compañero dirigente de la comunidad, para preguntar sobre la situación de las comunidades de Monte Grande, Güiro Arrancado, Pueblo Nuevo y Venustiano Carranza, a lo cual no enteramos que “se fueron a pique”.
    En esos momentos lo primero que se vino a la mente fue la integridad de los compañeros y sus familias, e intentar darle forma a la situación de la cual desconocíamos sus dimensiones. Fue entonces que las primeras acciones tomadas por el equipo de Pobladores Tabasco comenzaron a realizar la organización para ayudar a estos compañeros, administrando recursos y al equipo para llevar una primera ayuda a estas comunidades. Sin embargo no fue hasta que llegaron las primeras imágenes de las comunidades cuando temimos aun más por los compañeros. Esas imágenes que en silencio gritaban por ayuda, ya que ante la rapiña que no se haría esperar, muchos compañeros cabezas de familia seguramente se quedarían a cuidar de sus obras en proceso, pues este era su sueño. Sin embargo, en el fondo, esperábamos estar equivocados, y que todos evacuaran las comunidades, para que las familias estuvieran juntas y seguras.
    De inmediato y gracias a la tecnología, se inicio un proceso de acopio con las diferentes organizaciones relacionadas con Pobladores, y con otras personas que a pesar de no pertenecer a las anteriores mencionadas, al enterarse de este desastre, no dudaron en cooperar. Maestros, alumnos de diferentes niveles de escolaridad, amas de casa, compañeros de otras zonas, etc. Beneficiarios que cooperaron para ayudar a otros compañeros  que no conocen y que tal vez nunca conocerán, pero que comparten esa ilusión de una vivienda digna, y de un hábitat mejor. Y que una lata de atún, no llevaba dentro solamente alimento, sino apoyo, esperanza, y fuerzas para animarlos a salir adelante ante toda esa adversidad.
    Dichas imágenes fueron presentadas en el foro celebrado en conmemoración del día mundial del habitad, y que dio la palabra a compañeros como Don Alex, un gran luchador de las causas como la vivienda digna, quien habló por todos esos compañeros que estaban ausentes y que en esos momentos eran demasiado vulnerables.
    Una vez reunida la ayuda, se dispuso a enviar la ayuda hacia Tabasco, en una camioneta flanqueada en ambos costados por los logos de Pobladores y Conavi, el 16 de noviembre.
    II.Después de aproximadamente cinco horas de viaje, y con un letrero que decía “Bienvenidos al estado de Tabasco”, se dejaba atrás aquel panorama de refinerías a orilla de carretera con un zigzag de líneas de alta tensión. Ante los ojos se presentaba una extensa planicie completamente verde hasta donde se une al horizonte, y un cielo despejado que con el movimiento presentaba cúmulos y nimbostratos que avanzaban sigilosamente. Ese edén llamado Tabasco, que se presenta ante todo aquel quien lo visita, con su exuberante vegetación, abundante en plantas frutales, flores tropicales y animales de las mas distintas especies, que con una tercera parte del agua de la nación hacen de este estado uno de los más vulnerables en la temporada de lluvias.
    “Y así pasas por Jonuta, con tu cargamento de peces y estrellas…”
Canción del Usumacinta, Manuel Pérez Merino
    Dejando atrás las montañas de la zona sierra, al paso que se atraviesa el puente de José Colomo, se comienza a reconocer lentamente el paisaje de los pantanos de Centla. Todo parece tan tranquilo, los arboles siguen de pie, pero con un pasto engañoso, que oculta debajo de su fina capa verde, mucha del agua que aun está atrapada en esos potreros. Aguas que se descubren después de una curva y que obligan a cerrar los ojos ante el reflejo del sol y hacer una ligera reverencia al apartar la mirada, para después divisar literalmente un mar, con solamente algunas garzas que vuelan sobre esa vasta extensión de agua que no recordábamos de la visita anterior. Así se continúo el camino recto de asfalto, y a medida que se avanzaba, la sensación de inferioridad crecía ante las pequeñas olas que el viento provocaba en el agua. Sin embargo kilómetros más adelante comenzaban a aparecer los zopilotes, devorando lo que podían de los caparazones del pejediablo, antes de emprender vuelo por la cercanía de la camioneta. Esa ruta silenciosa fue interrumpida de golpe por el camino averiado antes de llegar a “La pitaya”, donde claramente la fuerza de la naturaleza había dejado en claro que la infraestructura del ser humano nunca será capaz de domarla. Todo el equipo se tuvo que bajar para buscar de qué manera podríamos cruzar tan estropeada carretera. Al descender del vehículo lo primero que se sintió fue el golpe del viento caliente, cargado de un vapor que sofocaba y que traía en su olor a agua podrida y larvas de mosquitos, las pérdidas de patos, pollos, vacas. Aquellas vacas que en viajes anteriores atiborraban la carretera de lado a lado en esa procesión pausada, y que hasta el momento no habíamos visto ni una. El aire continuaba soplando, y hacia cantar a las ramas de los arboles, eliminaba ese silencio imponente, característico después de un desastre, pues no habían ni siquiera aves que cantaran. Mientras, los compañeros caminaban por la carretera para buscar un lado de la carretera por donde el vehículo pudiera pasar de manera segura, éramos rodeados por libélulas. Infinidad de libélulas que parecían curiosas de indagar en nuestro quehacer. Aquel espectáculo de alas tornasol hacia olvidar por un momento toda aquella devastación, hasta que una de ellas se posaba en un alambre, y al contemplar el fondo del cuadro, hacia voltear hacia la carretera, a buscar una salida.
Al esquivar de brinco en brinco el lodo para buscar pedazos firmes de asfalto, comenzaban a revelarse como en un mapa de tesoro, todo aquello que el agua arrasó en días anteriores. Pequeños caparazones que se confundían como un juego de memoria entre pequeñas piedras, ramitas y hojas.
    Tuvo que ser necesario preparar con palas la parte para pasar. Y en el proceso de esto, algunos vehículos pasaron, con un denominador común: La indiferencia. Indiferencia ante lo que hacíamos, y quienes éramos. Seguramente son gente el municipio, pudo haber sido una primera idea, aunque se desechara de inmediato y no tuviera importancia alguna. Su reacción era el seguirnos con la mirada, y después cambiarla al frente para continuar con su ruta.
    Una vez arreglado el paso y conseguir pasar el primer obstáculo, seguíamos flanqueados por extensas masas de agua cubiertas por Jacinto de agua, y de vez en cuando se alcanzaba a distinguir una persona sobre un cayuco recogiendo su red. Al llegar a la zona de “La pitaya”, numerosas casas a orilla de carretera, viviendas improvisadas con laminas, de zinc, cartón, o simplemente sabanas a manera de paragüas, con personas sentadas a orilla del camino observando el horizonte, inmutadas ante el paso de los vehículos. Caminos rotos, maquinaria abandonada, materiales deslavados, todo aquello había sido abandonado de sorpresa. Era muy poco reconocible la entrada hacia Monte Grande, ya que aquellos potreros donde antes se veía el ganado como pequeños arbustos ahora estaban convertidos en un gran estero.
    III.En el centro nos esperaba Juan Carlos, quien con un fraternal saludo nos recibieron el y los demás compañeros. Todos felices, pero también algunos invadidos por la nostalgia. De inmediato nos organizamos para ir visitando vivienda por vivienda para hacer las evaluaciones del estado actual. Cada uno de los compañeros manifestaba su preocupación y su sentir de manera diferente, pero a pesar de que a algunos les invadía un sentimiento de impotencia por no haber podido salvar su patrimonio, esa calidez tabasqueña brotaba de los demás compañeros, para sacarle una risa, un comentario jocoso que aliviara esa tensión que por momentos les borraba la sonrisa. Una vez terminada la evaluación de la vivienda, se le hacía entrega de su ayuda, enviada por otros compañeros. Así se continuaron con todos los demás, sin embargo en partes como la orilla del poblado no se puso acceder, ya que el nivel del agua aun no permitía el paso.
    Algunas compañeras se acercaban, con risas, otras con agradecimiento, algunas más con tristeza, pero todas con muchas dudas. Esas dudas que de alguna manera no las dejaban tranquilas, y que se cuestionaban en voz alta que pasaría después, con ellas, con su patrimonio, pero principalmente por su familia. Mientras esperábamos al resto de los compañeros, reunidas todas las mujeres en aquel negocio de pollos asados, con un viento que traía rachas de tranquilidad, las compañeras expresaron su sentir, y la crónica de esa jornada de inundación.
    Platicaban con una gran emoción el ser participes de la Jornada en la comunidad de Vernet, sin importarles el haberse levantado a las 4 o 5 de la mañana. El llegar y tomar una pala o pico, remover la tierra, cargar los blocks, darse cuenta de que ellas como mujeres pueden cumplir los sueños de otras compañeras que al igual que ellas desean una vivienda y un hábitat adecuado para que su familia se desarrolle.
    “Nosotras no estuvimo’ en la cocina… nosotra’ agarramo pala, agarramo pico… y no importa, salimo’ todas batidas de lodo pero contentas… muy contentas, me gusto muchísimo esa jornada…”
    Sentir de las compañeras sobre la Jornada en la comunidad de Vernet
    Aproximadamente a las 2 de la tarde iniciaron el viaje de regreso a Monte Grande, venían bromeando y riendo en la camioneta todas las mujeres, cuando al llegar al centro y bajar para que cada quien fuera a su casa, atónitas observaron que las calles aledañas tenían un reflejo de agua, y era que el agua había comenzado a subir desde el medio día.
    Exhaustas de la Jornada Comunitaria, ignoraron ese malestar físico para tomar botes, cubetas, blocks, y subir sus muebles a medida que el sol se ponía. Sin embargo esa tarde nadie evacuo el poblado, todos estaban a la espera de ver quien salía primero para seguirlo. Aunque como siempre, los primeros en avisar de este tipo de situaciones, son los animales, ya que culebras de agua y nauyacas comenzaron la huida, seguidas de roedores y otros animalitos que buscaban la zona más alta. Esa noche nadie descansó, los miembros de la familia se turnaban para hacer guardia, y otras personas como una de las compañeras, nos contaba:
    “Yo dormía por ratito, me de’spertaba y bajaba mi pie pa’ ver que tanto había subido el agua, porque si subía demasiado yo agarro mis niños y me voy…”
    Otra compañera que vivía a la orilla del poblado contaba que, de ese lado del pueblo no se pudo dormir, se escuchaban los gritos de los animales, los aullidos de los perros que se subían a las cubetas o los muebles, las gallinas que se caían al agua y comenzaban a ahogarse, los pavos que no encontraban una rama más alta en la negrura de la noche, porque se había ido la luz. Y todo era oscuridad y desesperación. Jefes de familia pasaron la noche en vela, subiendo sus pertenencias cada vez más alto a un ritmo acelerado, uno al que ellos jamás habían experimentado antes.
    Por la mañana cuando comenzaron a cantar los pocos gallos que quedaban, y con la primera luz del día, muchos de los habitantes comenzaron el éxodo, algunos hacia otras comunidades con otros familiares, y otros compañeros que tenían la esperanza de que esto fuese pasajero como los años anteriores, tomaron sus papeles, algunas pertenencias y se encaminaron hacia la preparatoria que ya había sido habilitada como albergue. Pero no contaban con que el albergue se inundaría en cuestión de horas, lo que incremento la incertidumbre de la población, que ya salía del pueblo con el agua a nivel de las rodillas, y que al momento de ir caminando el agua les llenaba el cuerpo de miedo, porque nunca habían sentido una inundación con corriente, al menos no en Tabasco. Todo esto era muy diferente para ellos, caminaban tratando de mantener el equilibro mientras intentaban buscar una explicación para lo que estaba pasado. Algunas compañeras sujetaban fuertemente sus trastes que contenían lo poco de alimento que pudieron llevar consigo, un vestido tal vez, y hasta abajo sus papeles importantes, otras compañeras llevaban en brazos a sus hijos, a quienes les parecía un juego ver tanta agua, se sentían en el mar con tanta agua a su alrededor. Pero otros niños más grandes, comenzaban a darse cuenta que la situación al parecer no era tan divertida. Como una de las compañeras de Güiro Arrancado, quien esperaba desesperadamente en silencio a que su esposo regresara ya que había llevado por la tarde a su ganado a tierras más altas para que no se ahogaran y que aun no regresaba, mientras su nieto quien por la mañana saltaba de gusto al recoger peces hasta que no le cabían en los brazos y exclamaba:
    “Abuelita abuelita ojala todos los días fueran así, para que yo te trajera mucho pescado todo’ los día’!...”
    Ella no quería que su nieto se preocupara y lo abrazaba en silencio, tomando el pescado para cocinarlo y seguir esperando. Pero en la noche la situación fue diferente, y esta compañera decidió enviar a su hijo y su nieto fuera de la comunidad, para ella esperar a su esposo que aun no regresaba. Mientras su hijo componía las cosas que habrían de llevar, su nieto se acercó silenciosamente a la compañera, a quien se le escurrían las lágrimas recargada en la puerta, esperando el poder divisar la silueta de su esposo. Esta espera interrumpida por la pregunta del niño:
    -¿Mami porque lloras?
    -Por ti papá- contestó la compañera –Porque no quiero que te pase nada, por eso te voy a mandar al albergue mi amor”
    -No mamá, yo no soy tonto, yo me quedo aquí contigo, no te voy a dejar sola, porque si a ti te lleva el agua y te mata, entonces que me mate contigo-. Esta frase fue lo último que la compañera pudo pronunciar con su voz entrecortada y a punto del llanto, mientras otra de las compañeras se levantó y con la mano en el hombro le dijo.
    “No compañera, hay que ser fuerte, por la familia”
    “Yo sé que es difícil compañera, pero si uno no es fuerte quien más lo va a ser?”
    Así tomó la palabra otra de las mujeres y expresó, que el dejar ir a sus hijos es difícil, y muy triste, pero también necesario para mantenerlos a salvo.
    De esta manera cuentan las compañeras que continuaron los días, algunas familias enteras salían por completo, en otras solo mujeres e hijos, o los hijos. Pero todos buscando la mejor opción que en ese momento podían tomar. Aquellas mujeres que se quedaron, enfrentaron con los pocos vecinos que tenían esos días tan duros, sin luz, con poca comida, y viendo como el agua del Usumacinta y los pantanos que había entrado a la comunidad, se tornaba negra y mal oliente por causa del drenaje, con cientos de gusanos negros flotando, del tamaño de un puño. Aun así debían caminar en esa agua, pues no todos tienen cayuco. Sin embargo llegó el día en que quedaron incomunicados, y comenzó la desesperación al desaparecer los caminos, y agotarse los pocos víveres de la tienda del poblado. Mientras los hombres se iban a pescar, las mujeres cuidaban la casa, preparaban la comida en tapancos improvisados, y algunas veían interrumpida su labor por el sonido de algo moviendo el agua…o alguien, tal vez algún cayuco. No se atrevían a salir de la casa porque el olor del humo de la marihuana les advertía que no era seguro salir, y de pronto. Un golpe. Dos golpes, y el rechinido de una puerta. Comenzaban a robar las pocas pertenencias de las personas que no se encontraban en sus casas, y electrodomésticos salían sigilosamente sobre cayucos. Nunca supieron quienes fueron, pues nadie quería salir a confrontar a esas personas. Sin embargo esperaban que no hicieran lo mismo en su casa.
    Con una dieta a base de pescado continuaron los días hasta que un grupo de religiosos les llevó una primera ayuda. Hombres y mujeres recibiendo despensas, sosteniendo las bolsas con una gran comezón en los pies húmedos y llenos de hongos. Otro tanto de ayuda se los dejaron en costales, a la entrada del camino, sin embargo ellos no imaginaban que recibirían ayuda por parte de Pobladores a.c., ya que como en las noticias hablaban de que todos estaban en albergues, todos estaban bien y bajo control.
    IV. Fue entonces cuando Juan Carlos los contactó y comenzó a organizar, porque ya era tiempo de que comenzaran a ayudarse entre todos para salir adelante. Y la licenciada Vero, con Bella y todo su equipo de trabajo, se trasladaron a Monte Grande para llevar una primera ayuda por parte de Pobladores, entre ellos víveres y pomadas para los pies. Habiendo que atravesar aquellos potreros convertidos en inmensas lagunas, viajar, de carro a lancha, de lancha a cayuco.
    V. En el recorrido de evaluación de las viviendas, nos encontrábamos con que esta ocasión, la experiencia de años pasados, ese conocimiento local había sido removido por el agua. Las calles del centro tenían aun estancado un limo de color verde y negro, donde comenzaban a brotar los mosquitos. Aunque algunos animales se salvaron, poco a poco  las enfermedades comenzaron a mermarlos, y dimos cuenta de ello al revisar la vivienda de una compañera, que tenía en una reja a unos cuantos patos que había salvado, pero alejados de ellos, un pequeño patito, que a la sombra respiraba muy dificultosamente entrecerrando los ojos, con un esfuerzo más allá del que resistía intentaba seguir respirando, llevaba horas así según la compañera, pero no se podía hacer más por él, solo esperar a morir. Así como este patito, muchos otros, guajolotes, gallinas, etc., esperaban el mismo destino. Aunque otros aun continuaban  flotando en el agua, inmóviles. Fue en esta zona de Monte Grande donde se encontraron los niveles más altos de la inundación: 2.30-2.5m. Fue tal la inundación que hubo que adentrarse a los terrenos con botas de plástico, con niveles de agua hasta la rodilla. Así se continúo toda la visita, escuchando a cada uno de los compañeros y buscando una solución para cada caso.
    Los procesos aun continúan, es una lucha difícil pero no imposible el lograr adaptar las viviendas a este tipo de inclemencias, que naturales o no, afectan al estado.
    Sin embargo existen cosas positivas de cada una de las experiencias, como el mantenerse unidos y organizados para poder sobrellevar este tipo de sucesos. Uno de los siguientes retos es la construcción de casas de palafitos, que quizás en una siguiente ocasión tengamos el gusto de compartir con cada uno de los  lectores. Este texto no fue hecho para buscar culpables de los hechos ocurridos, o para buscar las causas, lo que este texto busca es simplemente dar a conocer la experiencia de la muestra de solidaridad de muchos compañeros que no pudieron estar en esos lugares. Aquellos donde los noticieros no llegaron, en donde las personas también necesitaban ayuda, y los cuales comparten la idea de que es posible tener una mejor calidad del hábitat.
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