La voracidad de la casta divina
Ronald Reagan, el padre fundador del neoliberalismo en el mundo, dijo: “el capitalismo es el mejor sistema jamás deseado. El capitalismo ofrece a las personas la posibilidad de elegir, de trabajar y hacer. La posibilidad de comprar y vender los productos que desea. Para quienes buscan justicia y dignidad, la economía de libre mercado es el camino a elegir”. Con la “ayuda” del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, eligieron la ideología neoliberal para iluminar las políticas públicas que los guiara hacia el paraíso terrenal del “mercado libre”.
Según Reagan ¿Cómo acabar con la vida regalada y parasitaria de los pobres y obligarlos a elegir una existencia más productiva y digna? La receta reaganiana es sencilla: bajar los impuestos a los ricos, otorgarles más subsidios que eliminarán a los pobres, desregular mercados, dejarles fijar precios y especular entre otros de beneficios. A los pobres se les aplican los programas de choque y las reformas estructurales; el control salarial para estabilizar los precios y mejorar la productividad, la competitividad y las ganancias; el alza de tarifas públicas (electricidad, gas, gasolinas); la austeridad en el gasto social estatal; la “flexibilidad” laboral; las limosnas asistenciales.
Preocupada, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) señala en su Informe mundial sobre salarios 2012/13: “en términos de la distribución funcional del ingreso, que se refiere a cómo se distribuye el ingreso nacional entre trabajo y capital, existe una tendencia mundial de largo plazo hacia una menor participación de los salarios y una participación cada vez mayor de las utilidades en muchos países. ¿Acaso no era ése el objeto: que el rico nadara en oro y el pobre se ahogara en la nada?
En su lógica, el nuevo modelo es exitoso: el ingreso y la riqueza se concentraron, y el pedazo de la torta para los trabajadores fue miserable. La participación de las remuneraciones de los asalariados en el ingreso nacional cae del total de 43 a 28 por ciento entre 1980 y 2010. El excedente bruto de operación (utilidad) pasa de 53 a 62 por ciento. Los impuestos pagados oscilan alrededor de 10 por ciento. El 10 por ciento de los hogares ubicado en la cúspide de la pirámide social amplía su participación en el ingreso de 33 por ciento en 1984 a 37 en 2008. Por la crisis, en 2012 baja a 35 por ciento. Las familias que ganan más de ocho veces el salario mínimo concentran 28 puntos porcentuales.
Entre esas agraciadas familias se encuentra la elite político-empresarial, apenas unas miles, cuyos ingresos superan, con creces, los ocho salarios mínimos. Sólo países salvajemente neoliberales como México generan a opulentos oligarcas que se codean con la crème de la crème de Forbes. El modelo acaba de agregar al número 11: Alfredo Chedraui, con un patrimonio de 1 mil millones de dólares. Al lado de Carlos Slim (70 mil millones de dólares), Salinas Pliego (17.4 mil millones de dólares), Carlos Hank Rhon (1.4 mil millones de dólares).
Si ellos exhiben sus obscenas riquezas, ¿por qué Enrique Peña Nieto, su gabinetazo y demás políticos esconden las suyas a la sociedad? Los afamados corruptos Trujillo, Menem, Somoza o Fujimori, nunca se apenaron de ella. Videgaray calificó la declaración patrimonial de Peña como “ejemplar”, apegada a la “legalidad, honradez, lealtad, imparcialidad y eficiencia”. Pero su ejemplar acto de honestidad es grotesco: esconde el valor de sus bienes. Lo único que deja claro es lo afortunado que es al conocer generosos “donantes” de la mayor parte de sus inmuebles. ¿A cambio de qué? Parte de ellas las recibió mientras era funcionario: ¿acaso no la ley prohíbe aquellos cuyo valor exceda 10 veces el salario mínimo? ¿Existe una relación entre sus ingresos, los bienes que compró al contado y de otros que dispone? La ejemplar observancia dejó un tufo de corrupción en el ambiente, en una época oscura donde la corrupción de los funcionarios, desde los munícipes hacia arriba, carcome al Estado. ¿Ese organismo de cuyo nombre no conoce Peña, el IFAI (Instituto Federal de Acceso a la Información y Protección de Datos), los obligará a dar a conocer públicamente lo que escondieron? ¿Lo fichará su comisión anticorrupción? ¿O les cuidarán las espaldas?
¿Qué ocultan los peñistas? Desconozco si a la presidenta argentina, Cristina Fernández, le apena su fortuna como a Peña. Pero por ley, declara que su patrimonio pasó de casi 1.5 millones de dólares a 18 millones entre 2003 y 2011, y se armó el escándalo, aunque no se le han probado actos de corrupción. El de Evo Morales no supera los 214 mil. El de Obama es de 2.6-8.3 millones de dólares. En todos los casos se conocen los detalles. El sistema procura que “un político pobre [sea] un pobre político” (Hank González). Pero su generosidad no calma su voracidad. Sin embargo, en Uruguay, país considerado como uno de los más seguros, menos corruptos y con menor desigualdad de América Latina, gobierna –dicen– un “presidente pobre”: José Mujica, un exguerrillero tupamaro que pasó 14 años preso, donde fue torturado. Su patrimonio es de 215 mil dólares: una modesta casa con piso de cemento (45 metros cuadrados), donde vive en los suburbios de Montevideo y que se convirtió en residencia oficial tras rechazar el palacio presidencial y ponerlo a disposición de los indigentes, en caso de necesidad; y el 50 por ciento de otras dos propiedades; un auto marca Volkswagen de 1987 (1.9 mil dólares); no tiene cuentas bancarias ni tarjetas de crédito. Oficialmente maneja un sencillo Chevrolet Corsa; viaja en clase turista en los aviones y no en un Boeing 787 de 4.8 mil millones de pesos, como el de Peña; se alimenta en modestos restaurantes y paga de su bolsillo; para su seguridad dispone de guardias vestidos de civil y no de una pretoriana, como el Estado Mayor Presidencial, armada hasta los dientes. Su sueldo es de 12.9 mil dólares al mes, del cual dona –no recibe– el 67 por ciento para un plan de viviendas para mujeres con hijos del quintil más pobre de la población, y aporta el 17.4 por ciento a su partido. Le restan 1.9 mil dólares. “Con ese dinero me alcanza, y me tiene que alcanzar, porque hay otros uruguayos que viven con mucho menos”, dice Mujica. Añade: “Soy un hombre de izquierda, con todos los sueños que significa ser de izquierda, tratando de luchar por equidad e igualdad”.
En cambio, el sueldo de Peña es de 254 mil pesos al mes (19.7 mil dólares), 134 veces más del salario mínimo de 6.8 millones de ocupados y 3.2 millones de asalariados, que quién sabe cómo sobreviven. Ese ingreso conocido (¿y el desconocido?) sólo es superado por el de Obama (333.3 mil dólares, más una cuenta de gastos por 150 mil; 100 mil en viajes y 20 mil para entretenimiento) Si la austeridad no llega a Peña, al gabinete, al Congreso, Poder Judicial, gobernadores, munícipes, jefe de gobierno y lamesuelas, como dice el subcomandante Marcos, a ellos la revolución de antes y la contrarrevolución de ahora les ha hecho justicia. Les ha dado “mucho dinero, riquezas, y poder [para] hacer y deshacer sin tener más razón que la posesión del Poder” (Marcos dixit).
Marcos Chávez - Economista
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