Hoy se cumplen trece años de la partida de Alberto Pérez Mendoza. Para muchos fue un estratega silencioso; para quienes lo conocimos, fue un hombre de carácter sobrio, de trabajo constante y de una congruencia que no se gritaba: se vivía. Comprendía que un movimiento no se sostiene solo con victorias, sino con estándares éticos que se protegen precisamente cuando el poder llega.
El ex presidente Andrés Manuel López Obrador, su compañero de 36 años de lucha, lo despidió con una frase que quedó como definición: “Hizo de su vida una línea recta. Lo recordaremos con admiración.” Esa línea recta no significa perfección. Significa algo más raro: consistencia. Que lo que se decía no era para la tribuna y lo que se hacía no era para el aplauso.
Por si no lo conociste, vale la pena recordar su trayectoria con sobriedad: fue jefe de prensa del gobernador Leandro Rovirosa Wade; después se sumó al movimiento democrático que desembocó en el Frente Democrático Nacional y el PRD. En Tabasco, se le reconoce como el primer diputado local del PRD y como impulsor de medios de lucha democrática en tiempos de censura; entre ellos, la fundación de La Verdad del Sureste, una trinchera cuando disentir no era moda, era riesgo. También trabajó en el Gobierno del entonces Distrito Federal como director de patrimonio inmobiliario.
No es biografía por nostalgia: es contexto para entender por qué su nombre sigue apareciendo cuando se habla de una militancia que caminó sin reflectores.
En el único homenaje que se le ha realizado en Tabasco en marzo de 2023, Darwin González Ballina lo describió como un hombre consecuente, “siempre a la altura de las circunstancias”, y recordó su papel en la construcción de medios del movimiento. Ese retrato importa porque no se queda en el elogio: describe una forma de hacer política que hoy vale como recordatorio. Y ahí mismo se evocó una escena que pinta su temple: en el Éxodo por la Democracia, cuando alguien preguntó qué se comía, respondió con humor y convicción que el menú estaba “buenísimo”: se desayunaba mística, se almorzaban principios y se cenaban ideales.
Recordar a Alberto no es mirar al pasado: es medir el presente. Porque el poder, cuando llega, pone a prueba el carácter de cualquier movimiento. Esto le importa al militante porque, cuando un movimiento pierde brújula, lo primero que se resiente no es el discurso: se resiente la confianza interna. Se fragmenta el sentido de pertenencia, se enfría la mística, se vuelve rutina lo que antes era convicción. Y le importa al ciudadano porque, cuando un partido en el poder se distancia de la sobriedad, la política se vuelve más lejana: el tono cambia, las prioridades se desordenan y el servicio se vuelve menos visible.
No se trata de negar la complejidad del poder, ni de pedir purezas imposibles. Se trata de recordar algo elemental: el cargo es temporal, pero la reputación permanece. Y la militancia, la verdadera, no es credencialismo; es una forma de conducirse cuando nadie está mirando.
Como militante, ¿qué se aprende de Alberto Pérez Mendoza? Cinco cosas prácticas:
Primero: sobriedad.
El poder no es espejo. Cuando un servidor público usa la política para mirarse, empieza a dejar de ver a la gente. Esa ceguera no llega de golpe; llega con aplausos, con comitivas, con trato preferencial, con la ilusión de que “ya mereces” todo. Y cuando eso pasa, la causa se vuelve accesorio.
Segundo: congruencia como método, no como discurso.
Decir lo correcto es fácil. Lo difícil es sostenerlo cuando el costo aparece. Ese tipo de consistencia, decir lo que se piensa, pensar lo que se dice y sostenerlo, hoy es rarísimo en el poder. Y sin congruencia, Morena se vuelve vulnerable a lo que siempre criticó: parecer un partido más, aunque conserve banderas históricas.
Tercero: selección responsable de candidaturas.
Un movimiento no se deteriora solo por el empuje de sus adversarios; también se debilita cuando relaja sus filtros. Morena no necesita candidatos “perfectos”, pero sí necesita candidaturas defendibles: trayectorias verificables, conducta pública sobria, capacidad real de servir y un mínimo de coherencia entre vida y discurso. Si la militancia percibe que el acceso al cargo se vuelve premio, la organización se vacía por dentro. Y el ciudadano lo percibe de inmediato.
Cuarto: acompañamiento sano al poder.
Respaldar un gobierno no es lo mismo que aplaudir todo. Un partido fuerte acompaña con responsabilidad: corrige, advierte, mejora, filtra. Cuando el partido renuncia al debate interno, el poder se vuelve vertical y la política se empobrece. Y entonces no gobierna un proyecto: gobierna una inercia. Eso no le conviene a Morena, y tampoco le conviene a México.
Quinto: memoria con consecuencia.
Recordar a un fundador no es organizar un acto y tomarse la foto. Es preguntarse, con honestidad incómoda, si el poder nos está haciendo mejores o nos está volviendo dependientes del reconocimiento. Si hoy alguien ocupa un encargo elevado, la pregunta no es cuántas veces sale en redes; la pregunta es qué deja en su comunidad cuando el encargo termine.
Lo que Alberto deja, y lo que hoy vale subrayar, es una invitación a volver a lo esencial: servir antes que aparecer; escuchar antes que imponer; construir antes que exhibirse. En un tiempo donde el poder puede deslumbrar, su “línea recta” recuerda que la política no es un espejo, es una responsabilidad y que la verdadera estatura de un servidor público no se mide por el ruido que produce, sino por el bien que deja.
Alberto Pérez Mendoza no es nostalgia. Es un estándar. Y en tiempos de poder, los estándares valen más que los discursos.
Aquí termina el texto, pero empieza tu conciencia.