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La Verdad del Sureste

“EL ARCA” LAS ÚLTIMAS HORAS DE JUAREZ



En la mañana del 17 de julio de 1972 Benito Juárez desempeñaba en Palacio sus altos deberes cuando  empezó a sentirse enfermo. No obstante, continuó atendiendo los asuntos de la presidencia. El señor Darío Balandrano, redactor en jefe del  Diario Oficial, le leía al presidente lo más notable que contenían  los periódicos de ese día. Juárez se levantó repentinamente de su asiento y se llevó la mano al cerebro.
    Balandrano suspendió la lectura de los periódicos y le preguntó si se sentía indispuesto- “Estoy bien –contestó- puede usted continuar”. Después volvió a levantarse de su asiento y caminó hasta el salón de Iturbide. Regresó y pidió su desayuno, que tomó tranquilamente. Sin embargo, dijo que a medio día “comería su dieta”: una sopa que le trajeron de su casa y que apenas probó. Se veía que se sentía mal.
    Durante la comida Juárez habló con sus acompañantes - entre los que estaban el Ministro de Relaciones Exteriores, José María Lafragua- especialmente  de dos de sus preocupaciones: la reforma a la Constitución y la terminación  del ferrocarril a Veracruz. En la tarde, habiendo despachado los asuntos pendientes, salió con su familia a pasear  en coche, como era su costumbre. La noche de ese mismo día, Juárez despertó con fuertes náuseas y algunos dolores, pero no permitió que su hijo Benito, que dormía en la misma recámara, avisara a persona  alguna.
    Al día siguiente, Juárez faltó a Palacio pues sentía fuertes dolores en la pierna derecha; sin embargo, no se esperaba nada grave. Sus hijas, sus cuñados, sus yernos y sus amigos le preguntaban inquietos cómo se sentía. El presidente les contestaba que un poco cansado porque no había dormido bien, pero les pidió que no hicieran pública su indiscreción y que solo dijeran que padecía de reuma en la pierna derecha.
    En la tarde de ese día -18 de julio- Juárez recibió en sus habitaciones al señor Lafragua, con quien trató asuntos generales, y al general Ignacio Alatorre, con quien habló sobre la situación que guardaba el estado de Puebla.
    A las siete de la noche, el dolor que sentía en el pecho lo obligó a irse a la cama. A partir de ese momento, Juárez empeoró progresivamente. A las 8 de la noche de ese día, empezó a desarrollarse con una fuerza extraordinaria el mal que lo atacó en el año 1870, pero que en esta ocasión no pudo controlar su médico de cabecera, el doctor Ignacio Alvarado, quien avisó al secretario del presidente, señor Santacilia, que Juárez estaba muy mal  y que no le quedaban más de tres horas de vida.
    Por indicación del doctor Alvarado, también se llamó a los doctores Lucio y Barreda. Los dolores fueron avanzando y ya no se pudieron calmar con pociones internas. Debido a las náuseas del enfermo, hubo que recurrir a inyecciones  locales  y a una solución de morfina inyectable sobre el lado izquierdo del pecho.
    Poco antes de las once, el presidente llamó a un criado a quien quería bastante, llamado Camilo, oriundo de la sierra de Ixtlán, y le dijo que le comprimiera con la mano el lugar donde sentía un intenso dolor. Obedeció el buen hombre, pero no podía contener sus lágrimas. Momentos antes de morir, Juárez estaba sentado tranquilamente en su cama. A las once y veinticinco minutos se recostó sobre su lado izquierdo, descansó su cabeza sobre su mano, no volvió a hacer movimiento alguno, y a las once y media en punto, sin agonía, sin padecimiento aparente, exhaló el último suspiro. El doctor Alvarado dijo esta sola palabra: “Se acabó”, relató en su crónica del 20 de julio de 1972 el periódico El Federalista. 20 de julio).
    “El pueblo al recibir la dolorosa noticia invadió el Palacio queriendo ver el cadáver del señor Juárez; pero no ha sido posible exponerlo todavía mientras no sea embalsamado, en cuya operación están encargados en los momentos que escribimos,  los acreditados facultativos Lucio, Alvarado y Don Gabino Barreda. Probablemente sea expuesto y se anunciará el día, así como los honores con los que será conducido a su tumba, el que fue el Jefe de la Reforma y Presidente de la República, don Benito Juárez”, se relata en el Diario Oficial del 19 de julio de 1872.            
    En efecto, narra la historia que el 19 de julio cada cuarto de hora un cañón detonaba dando la noticia a los habitantes de la ciudad de México que Juárez había dejado de existir. La bandera fue izada a media asta en los edificios públicos y en los Palacio Nacional, Municipal y en edificios públicos se colocaron cortinajes con adornos fúnebres.
    Los empresarios de teatros voluntariamente y en señal de duelo decidieron suspender por nueve días sus funciones. La casa de la familia de Juárez recibió infinidad de personas manifestando su pena. El señor Maza, cuñado de Juárez, pidió que le dieran a la familia el ejemplar de la Constitución  de 1857 que Juárez llevaba siempre consigo y que había llenado de anotaciones.
    Los honores luctuosos que se le hicieron a Juárez fueron impresionantes. No solo muchos mexicanos desfilaron frente a su féretro, sino que en los honores oficiales los discursos de opositores irreconciliables propusieron dejar atrás sus diferencias para rendir homenaje a la figura de Juárez.
    Los funerales se celebraron  el martes 23 de julio en el Panteón de San Fernando. El cortejo fúnebre salió de Palacio Nacional a las 9 de la mañana. El cuerpo de Juárez iba depositado en un sencillo ataúd de caoba  adornado con dos ramas de oliva y de laurel, en cuyo centro se esculpieron las letras B. J. Camilo, criado de la presidencia colocó en el féretro una corona de siemprevivas.
    El espléndido carro fúnebre era tirado por seis hermosos caballos tordillos cubiertos de negras gualdrapas, guiado por el cochero Juan Udueta, quien había estado con Juárez en Paso del Norte. La nutrida comitiva tardó dos horas en llegar del Palacio Nacional  al Panteón de San Fernando. Antes de sepultar el cuerpo, hubo doce discursos, iniciados por el orador oficial don José María Iglesias. Funcionarios de todos los niveles, diplomáticos, hombres de negocios, intelectuales, periodistas y gente común del pueblo estuvieron presentes, menos los representantes de la iglesia católica, coinciden en sus crónicas los periódicos de la época.
    *Presidente de la Asociación de Abogados Progresistas. [email protected]

 

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