La boda
No lo sabrás. Ni mañana que te cases ni en 20 años cuando seas la madre de su único hijo.
Tú esposo, Mario, tampoco te lo contará.
Esta noche será su despedida de soltero, te ha dicho, con sus amigos.
Tú también irás con tus amigas. Te has prometido no tomar demasiado para que llegues con tus cinco sentidos a la iglesia y puedas responder al padre cuando te pregunte si lo aceptas como tu esposo.
Lo conociste hace muy poco. Son compañeros de trabajo. Lo habías tratado como amigo. No te atraía.
No quisiste pensar si de verdad te gustaba ahora o solo le hiciste caso porque en cada reunión familiar te recordaban que querían un nieto.
No te vieron llorar en el cuarto, ni irte de las reuniones con tus amigas cuando eras la única sin novio.
Antes de los 30 años de edad era algo que no te preocupaba. Te comenzaste a preocupar cuando los enamorados dejaron de cortejarte.
El trabajo te fue acercando a Mario. Y era el hombre más cercano. Empezaste a mirarlo diferente. A sacar cualquier tema de conversación para sugerirle que te invitara a salir.
En una de tantas salidas se besaron. Parecían dos náufragos.
Dejaron que los días fueran adivinando los sentimientos que llegan a veces con la costumbre.
Te confesó que le gustabas desde que te conoció.
Pero te omitió que hacía tres meses había terminado con Raquel, su última pareja.
-Nunca me dijiste nada. Ni me invitaste a salir. No te atreviste, miedoso-, le dijo cuando ambos dormían juntos los fines de semana.
Cuando se lo presentaste a tus padres no repararon en su historial social.
-Que bueno que ya tienes novio. Ya sienta cabeza, mujer. Formar una familia es importante-, le dijo su padre.
La dinastía seguiría, aunque como segundo apellido.
-Te amo, te dijo él mientras te besaba cuando frente a tus padres te entregó el anillo de compromiso y te pidió matrimonio.
Primero sería ante Dios y después ante la ley, habían decidido tus padres.
Mañana es la boda. Será en la Catedral de la ciudad.
Antes de irte con tus amigas, le pediste a Mario que checara los últimos detalles.
-Quiero que la Catedral esté blanca de orquídeas.
-No te preocupes amor. Así será.
Mario te recordó que después se iría con sus amigos.
-No vayas a tomar mucho ni a desvelarte. Te quiero puntual en la iglesia.
-No te preocupes. Ahí estaré.
Mario ya no fue a la Catedral a supervisar que todo estuviera arreglado para la boda. El padre que oficializaría la misa le informó por teléfono que las flores habían llegado y estaban colocadas como había pedido la novia.
Sacó de la gaveta del auto su perfume. Se puso en las axilas y el cuello.
Tomó su celular.
Buscó en el directorio.
Marcó el teléfono de Rubí.
-Amor. Llego en unos minutos.