“Antes la gente no salía de noche, la tiendita de la esquina cerraba a las siete, y los domingos bajaba la cortina a las seis, ahora lo hacen más tarde porque los vecinos pueden salir a comprar de noche o cenar tacos con la confianza de que aquí está la Guardia Nacional”, contó doña Soledad Romero, quien llegó a la colonia cuando todavía las vacas pastaban en los patios de los caseríos.
Con satisfacción, aunque no comprende los movimientos, doña Soledad mira a su hija mover las piezas de ajedrez mientras juega una partida contra la policía militar de apellido Cid.
Ella acompaña a su niña que todas las mañanas, desde que se instaló el campamento, práctica el deporte ciencia y, por la tarde, regresan para participar en las actividades deportivas programadas con otros muchachos de la colonia.
“Mi hija vuelve el 4 de febrero a la prepa, entonces ha aprovechado bastante la convivencia con la Guardia Nacional: Por la mañana juega ajedrez y por la tarde participa en los ejercicios físicos. Ella tenía el deseo de ser de la Guardia Nacional, y ahora está más entusiasmada a lograrlo. Es una excelente idea la convivencia porque nos genera más confianza, hay que unirse con ellos”, exhortó la vecina.
Al borde del campamento, unos estudiantes recién salidos de la primaria sor Juana Inés de la Cruz se detienen en plena calle Andrés Quintana Roo y estrechan la mano de los policías militares.
—¡Capi, capi —le gritan al que tiene puesta la gorra militar—, nos vemos al rato para la reta!
Y éste les responde como si se conocieran de hace tiempo que sí, que allí los espera.
Y les recuerda que el sábado habrá una proyección de película con palomitas.
En uno de los módulos, la policía militar Bella Flor arregla diariamente de 15 a 20 prendas, que los vecinos traen arreglar. Mientras ajusta la bastilla del pantalón de escuela del estudiante o achica la blusa de una escolar, Bella Flor dialoga con las madres e hijas que esperan el zurcido.
“Es un servicio a mis paisanos que me hace sentir satisfecha, ya que hay muchos niños y niñas que se nos acercan, señoras y adolescentes que nos dicen que con nuestra presencia se sienten seguros y agradecen el apoyo que les brindamos en los diferentes módulos”, explicó Bella Flor, quien es nativa de Cárdenas y lleva un año y medio en la corporación.
Después que el cabo Alejandro Daniel Patricio le dictaminara estrés alto y la pusiera a realizar unos movimientos giratorios de brazos, cintura y estiramientos, doña Nuri agradeció a su esposo Juan Francisco García, que los hubiera traído al campamento. Su compañero se cortó el cabello en uno de los módulos, sus dos hijos estuvieron viendo cómo uno de los policías militares arreglaba un celular, y ella recibió terapia.
“Claro que sí valen la pena estos servicios. Yo me voy sin dolor, y con el gusto de conocer a los policías militares.
Los niños convivieron con ellos. Es bonito que podamos interactuar con nuestras autoridades. Me llevo una buena imagen.
Yo tengo un hermano que es soldado, y eso me hace ser patriota, es muy emocionante estar aquí. Hay que confiar en ellos, están haciendo bien su trabajo”.
