Ese pueblo, como todos los pueblos en los que las palabras “tuyo” y “mío” han despojado de sus haberes a la mayoría, vivía la desgracia de la extrema pobreza: falta de agua potable, falta de salud pública, falta de escuelas, desempleo, falta de caminos vecinales, falta de esperanzas y, sobre todo, una aplastante desigualdad social.
En ese pequeño reinado el pueblo satisfacía su sed, del agua contenida en un pozo al servicio de la comunidad. El Rey y su corte no participaban de ese preciado líquido, toda vez que en el regio palacio existía una fuente para satisfacer la sed del monarca y cortesanos. Uno de tantos días llegó de paso un forastero y pretendió mitigar su sed con el agua del pozo comunitario, lo que le fue impedido por el egoísmo de algunos vecinos presentes en el momento en que el visitante intentaba extraer agua del pozo. Llegada la noche y protegido por las sombras, el forastero sigilosamente se acercó hasta el brocal del pozo y derramó en su interior un maléfico elixir que llevaba el hechizo de enloquecer a quien tomase del agua así contaminada. A la mañana siguiente, con las primeras luces del alba, los pobladores acudieron al pozo a llenar sus vasijas, ignorantes del maleficio que a las pocas horas hizo estragos en la población que enajenada se sintió por vez primera feliz al olvidar sus angustias y desesperanzas y extrema pobreza. Los únicos al margen de esta locura popular, eran los habitantes de palacio: el Rey y su corte; aquél, engañado por éstos, quienes le ocultaron siempre las carencias y desgracias del pueblo, para poder medrar a su antojo con las palabras “tuyo” y “mío”.
El pueblo feliz y enajenado quiso que su monarca compartiese la felicidad de que gozaban, querían a su Rey, le obedecían en todo, pero se extrañaban de que no estuviese presente en la gran fiesta popular. Alguien sospechó de que el Rey y su corte eran víctimas de algún embrujo. El daño con toda seguridad lo causaba el agua de la fuente real; por eso, si se quería ver feliz al Rey, era menester rescatarlo y convidarlo del agua que mitigaba la sed de la población.
Ese día, el pueblo convocado por una misma emoción se dirigió al palacio a rescatar a su Rey. La Corte, temerosa de la venganza popular, huyó despavorida, dejando sólo al monarca, acompañado únicamente de los pocos y leales servidores que pese al resentimiento, odio y agravios inferidos por los grupos de interés que medraban en el palacio, siempre manifestaron a su Rey la verdad y las traiciones de que era objeto.
Ante el reclamo popular el Rey acompañado de los pocos y leales servidores que lo secundaron, enfrentó a la multitud, aceptando el afectuoso y limpio llamado del pueblo; bajó del palacio y, en medio de la algarabía de su gente, confundido con la muchedumbre, llegó hasta el pozo común y bebió ávidamente del agua ofrecida por sus gobernados. A partir de ese momento, perdió la razón; contagiado de la alegría popular, fue el más feliz de los monarcas. Admirado por su pueblo vivió muchos años en los que la locura colectiva hizo olvidar agravios, impulsando energías hacia el progreso , con la fe inquebrantable en las decisiones prudentes y democráticas del monarca.
¡Dichosos los que mandan contagiados de locura popular!
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