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La Verdad del Sureste

Continúa ofensiva rusa en 5 ciudades; Ucrania reconoce dos mil 870 bajas


Soldado camina sobre las ruinas de una casa en Kiev, Ucrania.
Soldado camina sobre las ruinas de una casa en Kiev, Ucrania.
Moscú. El ejército ruso continúo su ofensiva contra Kiev y otras ciudades ucranias: Jarkov, Mariupol, Zhitomir y Jerson, está última ya en manos de las tropas rusas, resultaron las más castigadas con los bombardeos de zonas residenciales.
Las bombas alcanzaron la Universidad de Jarkov y en Kiev se registró esta noche una fuerte explosión cerca de una estación ferroviaria, que estaba saturada de gente que intentaba ser evacuada a un sitio más seguro.
Las autoridades ucranias confirmaron que el ejército ruso, al intentar derribar una torre de televisión, bombardeó la madrugada anterior el complejo memorial de Baby Yar, al noroeste de Kiev, a 20 kilómetros de Gostomel y Buchi que se encuentran en combate desde hace días, donde en septiembre de 1941 el ejército nazi y sus colaboradores locales asesinaron, en tan sólo dos días, a más de 30 mil hebreos, entre mujeres, niños y hombres.
El ministerio de Defensa ruso dio a conocer las bajas que ha sufrido hasta este lunes: 498 muertos y mil 597 heridos. El ejército ucranio, por su parte, reconoció dos mil 870 muertos y tres mil 700 heridos.
En ese contexto, este jueves –a una semana desde que comenzó el ataque de Rusia contra Ucrania– está previsto que se celebre en la frontera polaco-bielorrusa la “segunda ronda” de negociadores de ambos países, sin que haya muchas expectativas acerca de un necesario alto el fuego.
Otra guerra
Rusos y ucranios libran también otra guerra, la de la desinformación, la de las noticias falsas, que se difunden en las redes sociales y a través de los medios de comunicación, sea de manera intencionada o por simple falta de rigor ético al ilustrar un texto, que puede ser verdadero o no, con una imagen que nada tiene que ver con lo que se describe.
Así, los ucranios dijeron primero que el ejército ruso fusiló a los trece guardafronteras de Zmeiny, isla en el mar Negro a 70 kilómetros de Rumania, miembro de la OTAN, que no quisieron rendirse, difundiendo un video donde se escucha la voz de un oficial ruso advirtiendo que si no deponían las armas abrirían fuego contra ellos…
Pasados unos días, los ucranios reconocieron que los trece “fusilados” están vivos y eran en realidad 85, que son prisioneros de los rusos, que tampoco pueden explicar a quién querían “liberar” en una isla deshabitada y a mil kilómetros de distancia del este del país, donde –aseguran, como el canciller Serguei Lavrov en su discurso por videoconferencia al Consejo de Derechos Humanos de la ONU– que el “régimen neonazi” desató un “auténtico terror” contra la población de origen ruso.
A veces se llega a extremos grotescos y, pasado el tiempo, cuando se confirma la falsedad de una noticia, que en su momento se recibió como algo monstruoso, ya nadie se acuerda de quién y cuándo difundió esa mentira. La senadora Liudmila Narusova –viuda de Anatoli Sobchak, quien como rector de la Universidad de San Petersburgo y alcalde de esa ciudad se desempeñó como jefe del titular del Kremlin, Vladimir Putin–, recordó este miércoles un caso digno de figurar en cualquier antología de lo que nunca debe hacer un periodista: la historia del niño crucificado por los neonazis ucranios delante de su madre llorando y suplicando clemencia, un impactante reportaje que pasaron todos los canales de la televisión pública de Rusia cuando estalló el conflicto en el este de Ucrania.
Todos hablaban de esos miserables fascistas, y quizás todavía haya personas que odien por eso a los nacionalistas ucranios. Muy pocos se enteraron de que la madre era en realidad una actriz desempleada, residente en Rostov, y que el niño era ruso y no hubo ninguna crucifixión. Señalada como mentirosa, la reportera reconoció que, en efecto, ella inventó el reportaje, pero lo hizo porque “si decimos que son neonazis, podría, en principio, ser creíble, ¿no?”.
Narusova, en la entrevista que concedió al canal de televisión Dozhd, cuyas transmisiones siguen bloqueadas, salvo a través de Internet, concluyó: “¡Una noticia falsa descomunal!, ¡una mentira monstruosa! , ¡nada sucedió en realidad! ¿Por qué después de conocer casos como ese todos nosotros tenemos que confiar sólo en los canales federales, si todos sabemos que mienten todo el tiempo?”.
Años más tarde se sigue mintiendo para desacreditar al adversario, tanto en un bando como en otro. Y esto se hace así para influir en la opinión pública de otros países, ya sea para justificar cualquier barbaridad del agresor o para generar solidaridad con la víctima.
Creer todo lo que busca poner en evidencia a una de las partes beligerantes, desde luego no es un buen método para entender lo que realmente está pasando, sobre todo si el problema se plantea como lo hace el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, de que se enfrentan un “bueno” (EU) y un “malo (Rusia)”.
La trayectoria de abusos del que se dice el ”bueno” es infinitamente más larga que lo que está haciendo el “malo”, pero eso –consideran quienes protestan en las calles de Moscú, San Petersburgo y otras ciudades rusas contra la guerra: hoy hubo otros 600 detenidos en las dos primeras urbes– no justifica que el Kremlin ordene invadir Ucrania para cambiar, a base de misiles y cañonazos, a un gobierno que no es de su agrado.
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