Deporte amateur vs deporte profesional y la mediocridad del deporte mexicano
En un principio es el deporte, liso y llano, en toda su fuerza, belleza y capacidad transformadora, cuyo único objetivo es la expresión o la mejora de la condición física y psíquica de los individuos y el desarrollo de las mismas relaciones sociales.
Hoy existen muchas diferencias al definirlo, pero se coincide en señalarlo como la actividad físico psíquica, con fines de competición, ajustada a reglas, y que presupone un entrenamiento más o menos intenso o metódico con ese fin. La práctica de disciplinas acorde a esta definición se remonta, según indicios, a los 4000 (4 MIL) años antes de nuestra era en China y más tarde en Egipto y Persia, mucho antes de llegar a las primeras Olimpiadas antiguas en 776 a.n.e., canceladas “por paganas” en 393 d.n.e., doce siglos después, por el emperador hispanorromano Teodosio I.
El deporte es, pues, por naturaleza, por sus orígenes, “amateur”, palabra francesa a su vez derivada de la raíz latina amator, la cual significa “amar a” o “el amador de”. Quien practicaba algún deporte lo hacía por un deseo interior profundo de superación y buscaba competir y ganar una distinción, un reconocimiento, una corona de laurel (por ejemplo) y, por supuesto, todos los beneficios que lo presuponen, apuntados arriba: la mejora constante de la condición física - psíquica y de las mismas relaciones sociales. La palabra no era necesaria al principio, todo deporte se practicaba por “amor a”.
Pero las cosas cambiaron, el carácter comunitario de los bienes de los hombres se va mermando por la apropiación de las cosas, la vida económica de los hombres, su creciente capacidad productiva, hizo posible que unos hombres vivieran del trabajo de otros y los llevó a su separación entre ricos y pobres. Las actividades de los hombres también se separaron y unos se pudieron dedicar a las ciencias, a las artes, etc. mientras la inmensa mayoría sólo trabajaba. Pero muchas de las habilidades manuales y físicas seguían siendo del pueblo y era el pueblo quien seguía practicándolas. Por ello los deportes (junto con muchas artes que antes eran “denigrantes”) seguían siendo populares; eran los esclavos quienes practicaban esas actividades manuales y físicas, inapropiadas para los nobles. ¿No era Espartaco un combatiente al que se le obligaba a “combatir” a cambio de su supervivencia? ¿No se rebeló junto con él, el deseo de libertad del pueblo, harto de hacer lo que sabe hacer, pero para placer y goce de otros?
El desarrollo de las habilidades entre los mejores deportistas y la aparición de las jugosas ganancias en las competencias dio origen el “estímulo” al deporte, en forma de auspiciamiento, regalías o privilegios, para luego ser un patrocinio, hasta derivar en una franca relación contractual. La suerte estaba echada, el deporte se separó del deportista, se separó del pueblo, se enajenó, se convirtió en propiedad privada de quien lo compraba, se convirtió en mercancía. Nació el deporte profesional como contrincante, como complemento opuesto del que no lo era, al cual se le llamó posteriormente, para diferenciar, amateur.
El deporte profesional, como tal, perdió su objetivo originario; ya no se trataba de la “afición”, de la vocación, ni del deseo de superación personal o del colectivo, ni de las relaciones sociales, sino de la remuneración, de la paga. En un principio, la especialización de los deportistas, su dedicación el entrenamiento y preparación en su disciplina, regulada por esa obligatoriedad contractual, tuvo que generar mejores deportistas, grandes figuras del deporte motivo de grandes triunfos y popularidad, pero también de cada vez más generosas ganancias e increíbles salarios de los deportistas.
El deporte entre las masas, nunca ha dejado de ser motivo de orgullo y deseo de superación, tan propio de la naturaleza del individuo como su instinto de supervivencia; es en el pueblo donde se conserva el espíritu deportivo. Pero también esta parte no tarda en ser apropiada por los dueños de la riqueza, tan pronto como detectan a alguien con aptitudes deportivas y si a esto le añadimos todo el mercantilismo y manipulación que rodea el espectáculo del deporte profesional actual, los millones en propaganda, publicidad, derechos sobre eventos, apuestas, contratos absurdamente millonarios, etc. se comprende lo bajo que ha caído. Hoy, a nadie le extraña ni le sorprende que los profesionales se burlen del deporte presumiendo sus elevadas motivaciones, cuando en verdad acuden a los eventos deportivos sólo bajo su correspondiente paga, pues ellos no lo hacen “por amor al arte”
¿Solamente la paga nos puede ofrecer buenos deportistas? Mucho se ha discutido acerca de la elevada “motivación” que el dinero representa en sustitución de las vocaciones (en el deporte, en la cultura, en la ciencia, en el trabajo, etc.) y el Che lo dijo claro: “El trabajo libre deberá ser más productivo que el enajenado, sólo hace falta educar a nuestro pueblo hasta que se quite de la mente el deseo de poseer más que los demás”. Así, ya vemos ejemplos claros emanados del pueblo, del deporte amateur, que demuestran que la vocación y el deseo de superación pueden más que un salario.
Todo esto explica lo que ocurre en nuestro país. En México el deporte depende casi exclusivamente de la inversión privada y con una burguesía holgazana, poco visionaria, parásita como pocas en el mundo, rezagada y mediocre, nuestro deporte profesional es de los peores del mundo y se reduce a unos cuantos profesionales millonetas, prepotentes y acomodados. Ítem más, el desarrollo del deporte amateur implica un costo financiero y es necesario el reconocimiento legal de la obligatoriedad del Estado de su fomento y materialización a través de mecanismos presupuestarios y fiscales. La parte de la renta nacional que pudiera destinarse a la promoción masiva de deportistas en México es miserable y selectiva. Cifras de la misma CONADE y de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP), indican que entre becas del fideicomiso de Compromiso Integral de México con sus Atletas (CIMA) y el Fondo del Deporte para el Alto rendimiento (Fodepar) se beneficiaron cerca de 600 atletas, cada uno de ellos recibió casi 600 mil pesos en promedio. 600 en un país de 113 millones de habitantes. En otros países menos ricos es diferente; se desarrolla en Cuba, por ejemplo, un modelo de enseñanza del deporte conocido como el de Pirámide de Alto Rendimiento, materializado en 17 Escuelas de Iniciación Deportiva, 14 Escuelas de Superación y Perfeccionamiento Atlético, que suman a más de 40 mil estudiantes. Cuba invierte en educación y deporte más del doble del promedio de toda América Latina y todo eso explica por qué es una potencia deportiva, apenas por abajo de los Estados Unidos.
Otra prueba fehaciente de la superioridad potencial del deporte amateur es lo que representan y han logrado hasta este momento las Espartaqueadas Deportivas Nacionales del Movimiento Antorchista. Se realiza su XVII edición y en esta ocasión con más de 15 mil atletas, todos amateurs (con uno que otro “profesional” colado). Cada dos años, estas justas nos han sorprendido por el ascenso continuo de participantes, de disciplinas en que se compite, de nivel deportivo, y de infraestructura deportiva que se “invierte” en su realización, originada casi en su totalidad de las cooperaciones y actividades de los mismos deportistas y los organizadores y de su lucha organizada. Sin patrocinadores, sin subsidios, sin intereses ni salarios millonarios y sin ganancias (a no ser las de la marchanta que llega a vender sus fritangas y aguas frescas) es un evento sorprendente que nos habrá de proporcionar todavía más y mejores frutos que no tardarán en tener eco nacional e internacional. Son, creo yo sin exagerar, el refugio, el santuario donde el verdadero amor al deporte sobrevive, se recupera y se va fortaleciendo para, más temprano que tarde, ganarle la partida a su contrario. Algún día, cuando desaparezca el interés, desaparecerán ambos conceptos y quedará, como al principio, el deporte, liso y llano, en toda su fuerza, belleza y capacidad transformadora.