Mientras tanto, en otra realidad, el domingo pasado celebramos con AMLO una asamblea de evaluación estatal del movimiento para la transformación de México. En condiciones extremadamente modestas, si las comparamos con las galas de la partidocracia. No pudimos dar ningún apoyo a las personas que vinieron de todos los rincones del estado. Se pagaron su propio transporte y sacrificaron un día de trabajo. Gracias a la generosidad del dueño del salón de actos El Campanario, pudimos alojar una audiencia sorprendente. Más de mil 500 representantes de centenares de comités en el estado. En su mayoría ciudadanos que no pertenecen a ningún partido. Aunque como en todo el país estamos creciendo de modo expansivo, tendremos que hacer un gran esfuerzo para cumplir nuestras metas.
AMLO dio un discurso breve, aclaró que el movimiento depende del entusiasmo de la gente. Y sí, el entusiasmo se desbordó ahí y se refleja cada vez más en la construcción de comités y en el reparto casa por casa del periódico. Aquí no hay apatía ni amargura ni se considera que la revolución sea un fiasco histórico. La gente tiene un empuje candoroso y febril. Son concientes de que son artífices de una hazaña. Percibo en ellos una sed de decencia, de limpieza en la política.
Quieren que México rencuentre su camino. Me llamó la atención ver que en la multitud aparecía una pancarta escrita en un trozo de cartoncillo: “Nos proponemos lograr que la revolución complete sus metas”.
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