Fiesta misionera
Por Uriel Tufiño
@UTufigno
Para quienes participan de la creencia mayoritaria en México, los días de “semana santa” revisten particular interés: son días de cumplir ciertas penitencias, de oración, de asistir a celebraciones religiosas o simplemente como un pretexto para tomar unos días de descanso.
Otros, más comprometidos con su creencia –o al menos eso dicen-, se trasladan a comunidades alejadas de los centros urbanos en plan de efímeros misioneros. Esta práctica, en la que lo mismo concurren adolescentes que adultos, algunos con verdadera vocación de fe, cada año se nutre por un número creciente de alumnos de escuelas privadas ligadas a la parte más conservadora de la Iglesia y la sociedad.
Son jóvenes que ni por asomo han conocido la pobreza, lo que es comer un plato de frijoles al día o la carencia de servicios hidráulicos. Si estos nuevos “misioneros” aceptan dormir en el suelo unos pocos días, lo hacen para presumir su “sleeping bag”, sus jeans de marca para la ocasión o para sentirse exploradores, no porque así se los exija su realidad cotidiana. Seguramente habrá excepciones.
Llevar a las comunidades despensas o la ropa que ya no utilizan les parece un acto de caridad, cuando la verdadera caridad implicaría (uno) compartir algo de lo que en verdad les duela desprenderse y (dos) no hacerlo de conocimiento público: -¿ya subiste las fotos al face, wey? La exhibición es parte de la expiación de culpas pues no basta “que lo sepa Dios”, debe saberlo el mundo. Para eso están las redes sociales.
En la portada de una revista llamada “Clase” (el nombre expresa ya su intención de exaltar el clasismo), editada por un medio de circulación nacional, se lee: “Más de 20 mil estudiantes de los colegios… visitaron comunidades en Malinalco, Tenancingo y Atlacomulco, entre otras, para realizar labores sociales y de evangelización”.
Las páginas centrales de la revista son ricas en imágenes: jóvenes uniformados con playera blanca y pantalón de mezclilla azul, en su mayoría de tez blanca y cabellos dorados, sonríen desde su ventura personal. Son ajenos a la pobreza de casi la mitad de la población. Para ellos lo importante es tener un aeropuerto “como el de Singapur, wey”, no si existe atención hospitalaria en las comunidades que visitan.
No es un hecho desconocido que nuestro México esté estratificado socialmente, pero, ¿cuándo se partió tanto? Hay una respuesta: con el neoliberalismo se agudizó la brecha económica y con ella se fragmentó aún más la sociedad. No es casual que la ocasión de estas “misiones 2019” haya sido “aún más especial, pues también marcó el 25 aniversario de esta actividad de evangelización y solidaridad”. 25 años nos ubican en 1994, en pleno auge de la “solidaridad” salinista.
Estos misioneros que llevan ayuda y apoyan “diversas necesidades del Regnum Christi”, descienden de familias acaudaladas, heredan apellidos de abolengo y son hijas o hijos de prominentes empresarios que consideran aceptable la “caridad cristiana” pero no así los programas sociales de los gobiernos. Su enorme bondad queda en evidencia cuando aceptan donar una generosa cantidad en efectivo a cambio de un recibo deducible de impuestos porque la indulgencia del SAT es mejor que la espiritual.
Para uno de los participantes en estas actividades, “las misiones son parte de su vida”, tal y como reza el slogan de una cadena de tiendas departamentales, donde se demuestra que la publicidad es efectiva.
De vuelta de su misión la mayoría de estos jóvenes regresarán a los lugares comunes que comparten con quienes consideran sus iguales y desde sus avanzados equipos de telefonía reirán con la ocurrencia del “fifiómetro” (para saber qué tan “fifís” son): “Eres de piel blanca o por lo menos te dicen güero cuando vas al mercado, un punto; tienes los ojos claros, triple; tienes coche propio, un punto; triple si es de marca inglesa, sueca o alemana que no sea VW; alguno de tus apellidos no termina en EZ, un punto”.
Al final de los casi 30 reactivos, los misioneros se alegrarán de constatar que pertenecen a un grupo social diferente, y mientras más diferente y alejado de la realidad social, mejor. Pero esto no impedirá que el año próximo participen nuevamente de estas actividades porque llevan “la esperanza de poner su granito de arena para crear un México mejor”. Amén.