Los de abajo
La alianza Fox- “Alito” Moreno frente al espejo de Enkoll
El reciente acercamiento entre el expresidente Vicente Fox y Alejandro Moreno Cárdenas, dirigente nacional del PRI, con miras a consolidar un frente electoral, ofrece una excelente radiografía del estado de inanición ideológica que atraviesa la oposición mexicana.
Más allá del impacto mediático, el encuentro debe analizarse bajo la lupa de la congruencia histórica y, de manera central, de la fría realidad cuantitativa que define el mapa político actual, un terreno donde las últimas mediciones demuestran que la estrategia cupular camina en sentido opuesto al sentir ciudadano.
En primer lugar, el evento dinamita el pilar fundacional de la alternancia del año 2000. La narrativa que llevó a Vicente Fox a la presidencia se cimentó en la urgencia democrática de desmantelar el régimen priista, al que calificó sistemáticamente como el origen de la corrupción institucional del país.
Que el artífice de aquella transición histórica actúe hoy como promotor de una alianza con las siglas que prometió desterrar no es un ejercicio de madurez política, sino una contradicción que invalida su propio legado. Al diluir su frontera ética, la oposición pierde la autoridad moral necesaria para presentarse como una alternativa de regeneración.
En segundo lugar, la selección de los interlocutores agrava la crisis de legitimidad del bloque. Alejandro Moreno no representa una facción renovada del priismo; por el contrario, su figura está estrechamente vinculada a investigaciones ministeriales, demandas penales y señalamientos por desvío de recursos públicos durante su gestión como gobernador de Campeche.
Al cobijar y normalizar a liderazgos con este desgaste, la oposición valida la narrativa oficialista que la etiqueta como un bloque protector de privilegios pasados. En política, los símbolos importan, y la fotografía de este encuentro comunica complicidad en lugar de contrapeso.
El verdadero problema de fondo es la desconexión matemática y social que este pacto exhibe. Las cúpulas partidistas parecen ignorar la tiranía de los datos duros.
La más reciente encuesta nacional de Enkoll del mes en curso, expone el tamaño del abismo: en cuanto a identidad partidista, Morena encabeza cómodamente las preferencias del electorado con un 43%.
En contraste, los partidos tradicionales que Fox busca cohesionar aparecen reducidos a su mínima expresión histórica: el Partido Acción Nacional (PAN) apenas registra un 10% de afinidad, mientras que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) se desploma hasta un marginal 7%, siendo desplazados incluso por Movimiento Ciudadano como segunda fuerza en el renglón de simpatía.
Aún más devastador para la viabilidad de esta alianza es el saldo de opinión que Enkoll reporta: el PRI se consolida como el partido peor valorado del país, acumulando un abrumador 60% de opiniones malas o muy malas entre los mexicanos, seguido muy de cerca por el PAN con un 50% de rechazo absoluto.
En este contexto, unificar al PAN y al PRI bajo la bendición de Fox y la batuta de Moreno no representa una suma de fuerzas, sino una densa multiplicación de negativos.
La aritmética simplista de que la suma de membretes se traduce automáticamente en votos queda anulada cuando dichos membretes están severamente desgastados ante el ojo público.
Al carecer de una plataforma ética mínima, de un ejercicio de autocrítica real y de una propuesta de futuro que no dependa exclusivamente de la nostalgia o el rechazo al régimen actual, el frente opositor termina ofreciendo "más de lo mismo" a un electorado que ya cobró facturas definitivas.
Mientras las élites sigan apostando por el pragmatismo de escritorio por encima de la renovación de rostros y la congruencia interna, seguirán entregando a la ciudadanía razones para mantener su rechazo, pavimentando, por consecuencia, la hegemonía de
Morena.