La Hidra imaginaria
Las nuevas formas de comunicación llegaron tarde. Las redes sociales que nos permiten estar enterados al instante quizá hubieran contribuido para suavizar en algo los estragos del sismo de 1985 al identificar vía GPS los sitios donde permanecían personas bajo los escombros. Probablemente hasta el actual desarrollo de la alerta sísmica hubiera podido instalarse en la telefonía móvil.
A pesar de lo anterior, las bondades de las hoy populares redes quedaron de manifiesto en la inauguración del Mundial de 1986. El colosal Estadio Azteca, atiborrado de aficionados provenientes en su mayoría de los estratos sociales de mayores ingresos, lucía esplendoroso para dar testimonio –por segunda vez- del inicio de una justa futbolística. En el estadio estaban presentes autoridades deportivas y del gobierno de la República, incluido el presidente Miguel De la Madrid. Algunos asesores le habían aconsejado al presidente no acudir a la inauguración porque, le decían, aún estaba fresca en la memoria del colectivo la inoperancia de su gobierno después del terremoto y era mejor no exponerse.
De la Madrid no hizo caso a sus asesores y decidió hacer acto de presencia en el Azteca: se sabía cuidado por las cámaras y comentaristas de la televisión privada así como por los propios asistentes al Coloso de Santa Úrsula pues había confirmado que los abonos para los partidos, especialmente para la inauguración, no estaban al alcance de las mayorías, es decir, sólo habría “gente bonita y de buena cuna”.
Sin embargo, cuando el presidente fue anunciado por la tradicional voz del Estadio Azteca, en vez de aplausos se escuchó una sonora silbatina y un coro que retumbó en los oídos de De la Madrid: “culeeero, culeeero”. El poderoso coro que parecía provenir de una sola garganta fue silenciado por los micrófonos de la televisora cuyos comentaristas, para distorsionar lo que ocurría al interior del recinto, narraban que “los aficionados entonan cánticos europeos”.
Pero más tardó la televisora en disimular los hechos que los aficionados en compartir en sus redes lo que ocurría en el Azteca: #MMHAbucheado, ##MMHSepultado y #MMHTeloganaste fueron algunas de las etiquetas más extendidas en tuiter. Los memes con el rostro desencajado del presidente tampoco se hicieron esperar. Las redes sociales hicieron su trabajo.
Para el año de 1987 el uso de las redes se había extendido aún más: los proveedores de tecnología vieron el potencial del mercado mexicano y decidieron sacrificar ganancias temporales por beneficios permanentes. Los equipos móviles, indispensables para el uso de redes sociales, prácticamente se regalaban en las afueras de centros comerciales: sin garantía alguna, los proveedores los vendían a plazos con una atractiva tasa fija de interés.
Con todo, la estrategia comercial -exitosa a pesar de la crisis económica- tuvo un efecto no deseado para el gobierno mexicano: en los meses previos a las elecciones de julio de 1988 el mayor alcance de las redes sociales contribuyó a posicionar al candidato de las izquierdas, Cuauhtémoc Cárdenas, quien en la mayoría de las encuestas aparecía arriba del candidato oficial. Tuiter se convirtió entonces en un campo de batalla donde los simpatizantes de los candidatos punteros intercambiaban acusaciones, muchas de ellas falsas, como las que sostenían que el hijo del general Cárdenas estaba financiado por la poderosa Unión Soviética. Aunque señalamientos de este tipo carecían de la mínima evidencia, eran suficientes para generar miedo en ciertos sectores de la población.
#NoComunismo y #NoExpropiaciones fueron las etiquetas más reproducidas en redes sociales las cuales descubrieron un nuevo fenómeno al que llamaron “robots”. Estos robots eran mecanismos artificiales que permitían reproducir miles de veces un mismo mensaje a partir de crear cuentas de personas inexistentes. Dadas sus características y entorno tecnológico necesario para su creación, la capacidad de crear robots estuvo al alcance de pocos.
Los grupos de interés, los privilegiados económicamente y los cercanos al poder fueron quienes aprovecharon el uso de robots para atacar al Ing. Cárdenas y su propuesta de gobierno. Ya muy avanzada la campaña los simpatizantes de la alternancia idearon una forma de contrarrestar los robots mediante la emisión de mensajes coordinados. Pero el daño estaba hecho.
Las elecciones de 1988 descubrieron el poder de las redes sociales, tan benéficas como despiadadas cuando se trata de causar males. Había nacido así una moderna Hidra de Lerna.