Durante la dictadura de Francisco Franco, España fue vista por el mundo como un ejemplo del subdesarrollo al que conducen los gobiernos totalitarios. En contraste, los reformadores del capitalismo se han dedicado a enaltecer los Pactos de la Moncloa como el prototipo para superar las dictaduras y ejercer la democracia. Al exitoso modelito político español de transición le agregaron la bonanza económica que le acarreó su integración a la Unión Europea (UE), incluyendo la sustitución de la peseta por los euros como moneda de curso legal.
A los latinoamericanos se nos insiste constantemente en la idea de imitar a la “madre patria” para insertarnos exitosamente en la globalización. Agoreros del libre mercado con máscara española abogan efusivamente por hispanizar la política en América Latina, dejarnos de rencores del pasado para abrirle los brazos de par en par al nuevo imperialismo español.
Contrariamente a la ideología neoliberal promovida por personajes como Enrique Krauze o Mario Vargas Llosa está la miseria en que se están sumiendo los trabajadores por el milagro español.
El desempleo alcanza ya a 4.6 millones de asalariados, lo que representa al 20% de la Población Económicamente Activa (PEA) en España. Tal indicador es aún más grave en el segmento juvenil (16-29 años), pues la desocupación alcanza al 31.8% de la PEA en ese rango de edades, casi duplicando el de la UE cuyo promedio de desempleo entre jóvenes es de 16.4%. Peor aún. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) la desocupación juvenil para 2011, en España, superará el 40%.
En resumen, el paraíso creado por el proceso español de inserción democrática en la globalización neoliberal está produciendo un verdadero infierno para su juventud.
Pero no solamente la juventud española está quedando sin opciones para el futuro, el desempleo masivo que azota a España está teniendo efectos duros para el conjunto de los trabajadores. Las escasas posibilidades de encontrar una ocupación han llevado a muchos a agotar el plazo máximo en que reciben la asistencia que el gobierno les da a los desempleados. Únicamente 3.2 millones de trabajadores todavía tiene derecho a percibir ese ingreso, el resto ni puede obtenerlo ni encuentra un trabajo.
En realidad el ingreso de España al primer mundo fue un espejismo muy mal cimentado.
La estabilidad política construida por el bipartidismo de facto entre el PP y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) sirvió para encubrir los crímenes que el capital cometió, y sigue haciéndolo, en contra del pueblo español. Basta revisar los principales indicadores económicos para derrumbar el mito del milagro.
Es cierto que durante los diez años recientes la inflación se mantuvo bajo control, su promedio está por debajo del 3% anual.
En cambio, el crecimiento de su economía es nulo durante el mismo período, el PIB a duras penas promedia 2.6% de incremento anual. Ante ese estancamiento de la generación de valor era importante que el gobierno pusiera en operación otro mecanismo para sostener la idea de la prosperidad: el déficit de la balanza comercial. En otras palabras, para compensar la insignificante expansión productiva, se recurrió a importar todo lo que no se produce en España.
Al menos entre 2000 y 2009 no ha habido un solo año en que se haya vendido en el mercado mundial más productos españoles de los que la nación ibérica compra a otras naciones.
A lo largo de esos años el déficit acumula más de 722 mdd. Para dimensionar la magnitud que representa dicho monto, es preciso recordar que el PIB español basado en el Poder de Paridad de Compra (PPC) en 2009 fue de 1,360 mdd. En otras palabras, para mantener la farsa de la España primermundista, se empeña cada año más del 6% de su producción interna.
Saldar esas cuentas no es sencillo, el dinero para sufragar la europeización tiene que venir de algún lado.
Ese lugar es nada más y nada menos que la deuda con bancos e instituciones financieras internacionales, tanto por parte del gobierno como de las empresas españolas. La crisis mundial ha hecho que los tipos de interés se eleven haciendo que las deudas de las naciones PIIGS “despectivo acrónimo en inglés para referirse a las economías más atrasadas de la eurozona” (Portugal, Irlanda, Islandia, Grecia y España,) se vuelvan impagables. A Islandia el problema le estalló al comienzo de la crisis en 2008, cuando fue el primer Estado de la historia en declararse en bancarrota.
A Grecia el mayor problema le vino hace unos meses. En tanto que Portugal y España comienzan el enfrentamiento de esa situación.
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