El comportamiento y la conducta de figuras de Morena, tanto en el terreno legislativo como en la administración federal, pueden poner en un predicamento al movimiento fundado por Andrés Manuel López Obrador.
Las actitudes asumidas por personajes como Andrea Chávez y ahora Mario Delgado, en el plano nacional, son contrarias a los principios que enarbola Morena y se asemejan más a las prácticas priistas.
Existe un riesgo percibido de que Morena pueda adoptar dinámicas similares a las del PRI debido a esas actitudes, según análisis políticos, opiniones en medios y publicaciones periodísticas.
Este riesgo no es un hecho consumado, sino una preocupación basada en tendencias internas, divisiones y comportamientos que recuerdan las prácticas del priismo histórico, como el clientelismo, la opacidad, las luchas de poder y la falta de cohesión ideológica.
A excepción de Andrea Chávez, varios de los que ponen en riesgo a Morena tienen un pasado priista conservador que no ocultan, sino que dejan traslucir a la primera oportunidad. Lo llevan en sus genes, nunca han dejado de ser lo que son: priistas del sector más rancio, aunque se digan o declaren progresistas. Los progresistas dejaron una huella positiva.
Los hechos desmienten a los embozados. Están acostumbrados a los enjuagues, a los cochupos, a los acuerdos en lo oscurito, a relacionarse con gente de baja ralea y malos antecedentes, y en algún momento han actuado en contra del movimiento. La lealtad no es su principal virtud.
El PRI gobernó en México durante décadas bajo un sistema caracterizado por el control político, la centralización del poder, el clientelismo, la cooptación de opositores y, en muchos casos, la corrupción y la opacidad.
Morena fue fundado por López Obrador en 2014 como un movimiento de izquierda con énfasis en la justicia social y la lucha contra la corrupción. Sin embargo, desde su creación se incorporaron personajes de dudosa reputación que, lejos de asumir los principios de no mentir, no robar y no traicionar al pueblo, le han dado la espalda.
Eso le ha valido críticas porque algunos de esos miembros de Morena replican las prácticas priistas, especialmente tras consolidarse como el partido dominante desde 2018.
La preocupación sobre si Morena puede convertirse en una “versión moderna del PRI” ha sido expresada por analistas, opositores y figuras internas, particularmente en el contexto de la sucesión presidencial de 2024 y las dinámicas internas de 2025.
El mayor riesgo para Morena proviene de las divisiones internas y la formación de tribus o arribistas. En los estatutos del partido gobernante se estipula que no se permiten las tribus o corrientes, que fueron las que terminaron de hundir al PRD.
Estas divisiones, polarizan al partido y dificultan la renovación con nuevos perfiles, un fenómeno que recuerda la fragmentación del PRI en los años 80 y 90. En octubre del año pasado, los periodistas Álvaro Delgado y Alejandro Páez Varela, advirtieron de este riesgo durante la presentación de su libro Izquierda en la UJAT.
Esas voces no han sido escuchadas a juzgar por lo que hemos estado viendo en el escenario nacional y local. Morena se ha poblado de priistas arribistas que, increíblemente, ocupan posiciones de relevancia.
EL PRIISMO
ENSARAPADO
Es inexplicable que Adrián Hernández Balboa, recalcitrante anti López Obrador, hoy tenga un cargo importante en la Secretaría de Educación, junto a otro antilopezobradorista, Mario Llergo; se entiende porque el titular de esa dependencia federal, Mario Delgado, proviene también del PRI. Son tal para cual.
