Los de abajo

Adán Augusto, el político más reprobado por el pueblo


La Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG) 2025 del INEGI no deja lugar a dudas: los mexicanos siguen sin confiar en sus representantes. Políticos partidistas, diputados, senadores y policías continúan siendo los personajes peor evaluados de la vida pública. 

 

Cuatro años después de 2021, las cifras apenas se han movido: solo alrededor del 28% confía en los políticos y poco más del 33% en los legisladores y en los uniformados. 

 

Mientras tanto, la confianza en la familia supera el 94%, y la de vecinos y compañeros de trabajo se mantiene muy por encima del 68%. 

 

El mensaje es cristalino: la gente cree más en su círculo cercano que en quienes supuestamente la representan. Esta desconexión no es nueva, pero su persistencia resulta alarmante para la salud de la democracia.

 

Una encuesta reciente de Enkoll para El País confirma y profundiza este diagnóstico. Prácticamente todos los líderes evaluados arrastran saldos negativos. Sin embargo, hay nombres que destacan por su rechazo ciudadano. 

 

El más llamativo es el del senador Adán Augusto López Hernández, exsecretario de Gobernación y exgobernador de Tabasco, quien concentra el 63% de opinión negativa, la más alta entre los políticos medidos. 

 

Solo el 20% tiene una visión favorable de él. Este dato es particularmente incómodo para su grupo político. No se trata de un militante de bajo perfil: Adán Augusto fue uno de los operadores más visibles del gobierno federal pasado y aspirante a la candidatura presidencial, pero fracasó en ese intento. Le dieron poder y demostró su ambición desmedida. 

 

Que sea el político con peor imagen entre los evaluados habla de un problema y un estigma que la asocia más con la oposición que con el movimiento iniciado por López Obrador, porque quizá tiene el mismo origen y aprendió las mismas mañas.  

 

Le siguen figuras de otros partidos: Alejandro Moreno, el líder del PRI que ha llevado a ese partido a una crisis sin precedentes (57% negativo), Lilly Téllez, la senadora del PAN y de la extrema derecha, aliada al gobierno estadounidense (56%), Ricardo Anaya, también panista a quien el caso Odebrecht lo persigue (51%) y Maru Campos, la gobernadora del mismo partido que facilitó la entrada de la CIA en México para realizar operaciones encubiertas violando la soberanía nacional (50%). 

 

El rechazo es transversal. Incluso personajes como Ricardo Salinas Pliego o Kenia López Rabadán rondan el 49% de opinión desfavorable. Tienen el mismo origen y destino.

 

Es cierto que algunos líderes logran balances positivos, como la dirigente nacional de Morena, Ariadna Montiel, (49% favorable frente a 29% negativa) o Jorge Álvarez Máynez (53% positiva). Pero estos casos son más la excepción que la regla. 

 

El panorama general es desolador: la clase política en su conjunto genera más rechazo que adhesión.

Este fenómeno tiene varias lecturas. Por un lado, refleja el hartazgo ciudadano acumulado tras décadas de promesas incumplidas, corrupción y escándalos. 

 

El caso de Adán Augusto es emblemático: un político que representa, en los hechos, al viejo PRI, hoy es el más reprobado. Jamás ha sido de izquierda ni progresista. Ha lucrado con esa bandera. 

 

Mientras los gobiernos federal y estatal han mejorado su calificación ciudadana —el federal subió de 48.9% a 69.7% y los estatales a 74.1%—, los políticos concretos siguen en el sótano. 

 

Esto sugiere que la gente puede distinguir entre instituciones y personas, o entre el gobierno como aparato y los políticos como individuos. Pero también advierte un riesgo: si los representantes siguen tan desprestigiados, la legitimidad de las decisiones que tomen se erosionará con el tiempo.

 

La democracia no se sostiene solo con votos cada seis años. Requiere de representantes que generen respeto y credibilidad mínima. Hoy, esa credibilidad está en niveles críticos. 

 

Tanto la oposición como el oficialismo deberían leer estos números con humildad. No es un problema del “otro”; es un problema del sistema político mexicano en su conjunto. 

 

Mientras los ciudadanos sigan confiando más en su familia que en sus diputados y senadores, la brecha entre sociedad y clase política seguirá siendo un foco de inestabilidad. Y Adán Augusto, con su 63% de rechazo, se ha convertido en el símbolo más reciente de esa brecha.

 

 

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