Los de abajo
El eco vacío del "narcogobierno" y la profesionalización del rencor
La política mexicana contemporánea enfrenta un fenómeno tan peligroso como sintomático: la sustitución del debate ideológico por la estridencia digital y la difamación sistemática.
Durante su conferencia matutina, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo puso el dedo en la llaga al denunciar la persistencia de una agresiva campaña de descrédito en plataformas digitales que busca etiquetar a su administración, y a la de su antecesor, bajo los membretes de "narcogobierno" o "narcopresidenta".
Se trata de una estructura narrativa que se sostiene en el aire, carente de argumentos y blindada contra la realidad material, pero profundamente alimentada por el resentimiento de los sectores de la ultraderecha mexicana.
Lo verdaderamente revelador de esta estrategia de linchamiento virtual es su absoluta desconexión con los hechos institucionales y binacionales.
Recientemente, el propio exembajador de Estados Unidos en México, Ken Salazar, sepultó legal y diplomáticamente el mito fundacional de esta campaña. El exdiplomático declaró con contundencia que las agencias de inteligencia de su país jamás hallaron un solo indicio, ni una sola prueba sustancial, que vinculara al expresidente Andrés Manuel López Obrador con las organizaciones criminales.
Si las agencias de seguridad más rigurosas, intrusivas y fiscalizadoras del planeta —con toda su tecnología y recursos— concluyeron que no hay nexos, ¿en qué se basan entonces los juicios sumarios que inundan las redes sociales todos los días?
La respuesta no se encuentra en las fiscalías ni en los expedientes, sino en la víscera y en el dinero.
Al quedarse sin banderas políticas legítimas, carecer de un proyecto alterno de nación y verse electoralmente derrotada en las urnas, la ultraderecha ha recurrido al odio como su único elemento de cohesión.
Esta "campaña negra", lejos de ser un fenómeno orgánico de descontento civil, es una maquinaria financiada con cuantiosos recursos económicos. Se sostiene mediante el uso masivo de granjas de bots, cuentas automatizadas y la manipulación algorítmica diseñada para inocular el miedo y la desconfianza en la ciudadanía.
CONSTRUCTORES DE MENTIRAS
Para este sector de la oposición, los datos duros y los golpes reales al crimen organizado son incómodos porque estropean su guion de complicidad estatal.
Ignoran deliberadamente que la estrategia de seguridad de la llamada Cuarta Transformación ha descabezado estructuras criminales mediante capturas de alto perfil, como la de Ovidio Guzmán, o la extradición de objetivos prioritarios.
Prefieren omitir que el verdadero y documentado "narcogobierno" judicializado en tribunales internacionales pertenece al pasado, encarnado en personajes con sentencias firmes en Estados Unidos, como Genaro García Luna, el exsecretario de Seguridad Pública de la era panista.
El peligro de normalizar estas dinámicas de desinformación va más allá del daño moral a la figura de la primera presidenta de México. Lo que la derecha radical está sembrando en el tejido social es un desprecio absoluto por el rigor democrático.
Al validar la mentira repetida al infinito como herramienta política, intentan sepultar la posibilidad de una oposición constructiva y sustituirla por el insulto automatizado.
Claudia Sheinbaum tiene razón al denunciarlo públicamente: no hay base, no hay pruebas, y ya ni siquiera cuentan con el respaldo del discurso injerencista estadounidense que tanto añoraban.
Cuando se remueve el ruido de los algoritmos y se apagan los reflectores de la guerra sucia, lo único que queda en el fondo de la narrativa del "narcogobierno" es el reflejo nítido de una élite desplazada que, ante su incapacidad de convencer al pueblo con propuestas, ha decidido profesionalizar el rencor.