Los de abajo
Una llamada a la desconexión: el aula como último refugio
*Rescatar la capacidad crítica para pensar y aprender; la tecnología como herramienta
El reciente pronunciamiento del gobernador, Javier May Rodríguez, es el impulso que la entidad necesitaba para regular y restringir el uso de teléfonos celulares y dispositivos electrónicos en las aulas de clase.
Lejos de tratarse de una medida autoritaria o tecnofóbica, la postura del mandatario estatal representa un acto de rescate pedagógico y emocional de cara al próximo ciclo escolar.
Al afirmar que se debe hacer una sinergia total con padres de familia y docentes para evitar estos dispositivos durante el horario lectivo, el gobierno tabasqueño se alinea con una tendencia mundial respaldada por la UNESCO y aborda el tema que ya es una discusión nacional que encabeza la Presidencia de la República.
La escuela debe volver a ser lo que siempre fue: un espacio sagrado para el aprendizaje y la convivencia humana, libre de las notificaciones que fragmentan la atención de niños y jóvenes.
El debate actual en México no parte de cero. La iniciativa federal que alista la presidenta Claudia Sheinbaum para emitir lineamientos de salud mental y educación digital encuentra un sólido respaldo en 16 estados del país que ya han modificado sus leyes o reglamentos locales para poner freno al abuso de las pantallas en la educación básica.
Entidades como Aguascalientes, Campeche, Coahuila, Durango, Guanajuato, Hidalgo, Jalisco, Michoacán, Nuevo León, Querétaro, San Luis Potosí, Sonora, Tamaulipas, el Estado de México y la Ciudad de México ya han caminado por esa vía legislativa.
Sumar a Tabasco a este bloque geográfico es aceptar la abrumadora evidencia científica que asocia el uso temprano e intensivo de smartphones con la irrupción del sueño, trastornos de ansiedad, ciberacoso y una dramática dispersión intelectual.
A nivel internacional, el mapa de la desconexión escolar es igual de contundente y ofrece lecciones valiosas. En Europa, los sistemas educativos se han visto obligados a intervenir de raíz. Países como Francia adoptaron desde 2018 una prohibición absoluta en educación básica que veta los teléfonos incluso en pasillos y recreos.
Los Países Bajos implementaron un acuerdo nacional estricto, mientras que Italia, Grecia, Noruega y Suecia aplican restricciones severas bajo la premisa de que la simple proximidad de un teléfono puede arruinar la concentración de un alumno hasta por veinte minutos.
PROTEGER A LOS ALUMNOS
Otras naciones como el Reino Unido, Portugal, Austria y Hungría han optado por marcos de autonomía escolar o exclusión de dispositivos inteligentes para proteger la integridad del tiempo didáctico.
Los datos de los países que ya dieron el paso están a la vista de todos y no dejan margen al debate superficial. En los lugares donde el teléfono se quedó guardado en la mochila o en un casillero, la atención en clase aumentó de inmediato en tres de cada cuatro escuelas.
Más impactante aún es el beneficio en la salud socioemocional: en Noruega, tras la restricción, se documentó una reducción del 23% en las consultas por problemas de salud mental y los índices de ciberacoso escolar se desplomaron.
Al apagar las pantallas, los estudiantes volvieron a mirarse a los ojos, a platicar en el recreo y a jugar. La tecnología es una herramienta extraordinaria, pero en el aula de educación básica se ha transformado en un distractor masivo que ensancha las brechas del rendimiento académico en lugar de cerrarlas.
El verdadero reto para Tabasco y para la Secretaría de Educación Pública (SEP) no estará en redactar la prohibición, sino en su ejecución cotidiana dentro de las aulas.
El gobernador May Rodríguez ha señalado que esto requiere una labor profunda de sensibilización y concientización con las familias. Prohibir por imponer genera rebeldía; regular para proteger genera conciencia.
Si se logra que los padres de familia entiendan que un aula libre de pantallas no es un castigo, sino un acto de cuidado hacia la salud mental y el desarrollo cognitivo de sus hijos, se habrá ganado la batalla más importante del siglo XXI: devolverle a la infancia el derecho a concentrarse, a pensar críticamente y a conectar con el mundo real.