Los de abajo
El silencio de los tinteros: Cerimedo y la complicidad por omisión en México
La detención en Bolivia del consultor político argentino Fernando Cerimedo no es una simple nota de la sección internacional; es el destape de una de las cloacas más sofisticadas de desinformación y manipulación electoral en América Latina.
El estratega digital, artífice del ecosistema de granjas de bots de figuras como Javier Milei y Jair Bolsonaro, enfrenta acusaciones graves que van desde el enriquecimiento ilícito hasta la presunta autoría intelectual de un ataque sicarial contra su expareja.
Sin embargo, en el ecosistema de los grandes medios de comunicación tradicionales de México, el caso ha sido recibido con un silencio sepulcral, ominoso y profundamente calculado.
Este vacío informativo resulta inexplicable bajo criterios estrictamente periodísticos, sobre todo si consideramos que la onda expansiva de Cerimedo apuntaba directamente a nuestro país. El propio operador había manifestado su intención de intervenir con agresividad en el proceso electoral intermedio de 2027, movido por una pública y militante aversión hacia la presidenta Claudia Sheinbaum.
La propia mandataria denunció desde su conferencia matutina la existencia de estas redes de la ultraderecha internacional que usan el dinero y la mentira sistemática para reventar democracias. ¿Por qué entonces la prensa corporativa mexicana, habitualmente obsesionada con cualquier flanco de debilidad gubernamental, ha decidido mirar hacia otro lado?
La primera razón obedece a un fenómeno de asimetría ideológica y complicidad tácita. Los grandes consorcios mediáticos en México se han asumido, desde hace años, como un bloque político de oposición frente al proyecto progresista.
Investigar y airear los métodos delictivos de Cerimedo —que incluyen la clonación de identidades, portales fachada como La Derecha Diario y campañas de odio automatizadas— significaría poner bajo la lupa las mismas herramientas de intoxicación digital que sectores de la oposición mexicana consumen y replican diariamente.
Exponer el modus operandi de la ultraderecha continental equivale a vacunar a la audiencia mexicana contra la desinformación; un escenario inconveniente para quienes dependen del malestar social fabricado en laboratorios digitales para recuperar el terreno perdido.
La segunda explicación apela a un corporativismo defensivo, resumido en el viejo adagio periodístico de que "perro no come perro". Al expandir su influencia mediante adquisiciones de plataformas multimedia en el mercado hispano, la red de Cerimedo y sus socios europeos buscaba mimetizarse con el periodismo tradicional.
Para los barones de la prensa escrita y televisiva en México, aceptar que una maquinaria criminal opera bajo la fachada de "libertad de expresión" o "medios alternativos" resulta sumamente incómodo.
Prefieren archivar el expediente en la categoría de "pleito de redes" antes que admitir que las campañas de desestabilización política en la región ya no se financian con cuartelazos, sino con algoritmos y presupuestos millonarios de dudosa procedencia.
El silencio de los medios mexicanos en torno al caso Cerimedo no es un descuido editorial; es una toma de postura analítica. Al callar ante el derrumbe de este entramado criminal, la prensa tradicional no solo abdica de su responsabilidad social de informar, sino que se convierte en facilitadora por omisión.
El aviso de cara a 2027 está sobre la mesa, pero en México, quienes deberían encender las alarmas prefieren guardar los micrófonos, demostrando que, para ciertos sectores, el odio político pesa más que la verdad democrática.