Los de abajo
El tropiezo legislativo de Trump
*La doble lección para la oposición entreguista de México
El desenlace de las elecciones intermedias en Estados Unidos no es solo un tropiezo legislativo para Donald Trump; es un terremoto geopolítico que desarma las estrategias de aquellos sectores de la oposición mexicana que pretendían litigar la política interna de su país en los pasillos de Washington.
De acuerdo con los datos definitivos de The Associated Press (AP), la denominada "ola azul" del Partido Demócrata ha conquistado la mayoría absoluta en la Cámara de Representantes y asegurado el control del Senado, consolidando una contundente reprobación nacional a la agenda de la Casa Blanca.
Para el mandatario estadounidense, este veredicto de las urnas representa su segunda derrota política consecutiva en menos de un mes. Apenas unas semanas atrás, el proyecto de expansión transnacional del trumpismo sufrió un golpe fulminante en el Cono Sur tras el fracaso de su principal aliado regional, el clan Bolsonaro en Brasil, frente al bloque progresista de Luiz Ignacio Lula da Silva.
Aquella caída en Brasilia y este contundente revés en Washington trazan una clara línea de contención en el continente americano: la retórica de la radicalidad y la injerencia imperial están perdiendo tracción frente a las realidades institucionales y el desgaste de sus propias crisis domésticas.
En el contexto mexicano, este desplome del control republicano adquiere un matiz de profunda desilusión para los liderazgos conservadores de la alianza opositora —particularmente de facciones del PRI y el PAN— que acudieron a territorio estadounidense a manifestar su respaldo explícito a las huestes trumpistas.
El fracaso de su apuesta exterior deja en la intemperie discursiva a un sector muy específico y estridente: aquellos opinadores, legisladores y activistas de la ultraderecha mexicana que, de manera irresponsable y sistemática, imploraron una intervención directa de Estados Unidos en asuntos de soberanía nacional, bajo el pretexto de catalogar al gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum como una supuesta amenaza trasnacional vinculada al crimen organizado.
CAMBIO DE SEÑALES
Aquellas peticiones de intervencionismo unilateral —que rozaban la flagrante traición a los principios constitucionales de no intervención— se sustentaban en la fantasía de que un Trump omnipotente usaría la fuerza para doblegar las decisiones soberanas de México.
Hoy, con un Capitolio férreamente vigilado por la bancada demócrata, esa retórica de asedio se desvanece.
La nueva composición legislativa en los Estados Unidos obligará a encauzar la agenda binacional —desde la revisión del T-MEC hasta la seguridad fronteriza— a través de la diplomacia formal y el respeto mutuo, cerrando el paso a las bravatas unilaterales.
La lección para la oposición mexicana es tan dura como evidente: apostar el futuro de la política nacional a la tutela o el castigo de una potencia extranjera no es solo un acto de profunda flaqueza ideológica, sino un pésimo cálculo estratégico.
La soberanía se defiende y la legitimidad se gana convenciendo al electorado propio en el territorio nacional, no mendigando presiones imperiales que la propia ciudadanía estadounidense acaba de sepultar en las urnas.
Alito Moreno, Carlos Alazraki, Roberto Madrazo, Carlos Loret, Ricardo Salinas, y toda su pandilla, seguirán peregrinando a Washington pero el poder de Trump se les volvió humo. La señora Beatriz Pagés y el cristero Javier Lozano, seguirán soñando con los marines en México.