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La Verdad del Sureste

LOS VERDADEROS BENEFICIADOS CON EL AUMENTO EN LA PRODUCTIVIDAD


Según el discurso oficial, si aumenta la productividad, el salario real de los trabajadores lo hará también; de no ocurrir lo primero, se concluye, es un absurdo imaginar siquiera un aumento real en el salario. Ciertamente, hay un grano de verdad en esto último, pues el incremento en la productividad del trabajo crea condiciones, pero sólo condiciones, para elevar el ingreso de los trabajadores. La productividad del trabajo es la cantidad de producto creado en un tiempo determinado, y su incremento permite crear más riqueza en el mismo tiempo. En una sociedad donde no haya aumento de riqueza para elevar el bienestar, todo se destinará al consumo diario y sin expectativas de mejora. Ahora bien, aumentar la productividad conduce, ciertamente, a la abundancia, pero, ¿abundancia para quién? La experiencia ha mostrado que en México una mayor productividad no se traduce en un aumento automático en el ingreso de los trabajadores, como se esperaría según la teoría económica oficial. Se nos dice también que al rendir más el trabajo, la vida se hará más cómoda, el trabajo menos pesado, y más breve la jornada laboral; pero la realidad es otra: recuérdese que recientemente la OCDE dio a conocer que los trabajadores mexicanos son los que realizan las jornadas más prolongadas de trabajo, y, a la vez, los que menos ingresos perciben. Y eso que en México ha aumentado la productividad.

    En lo que hace a la relación productividad-salario, según el SAT y el INEGI (Cuadro histórico de los salarios mínimos 1982-2012), el salario mínimo real en el año 1935 equivalía a 85 pesos; para el año 1982 ascendió a 180, y de ahí cayó hasta 62 el año pasado, en términos reales, menos incluso que en 1935 (todos los datos están calculados en pesos constantes, lo cual los hace comparables); o sea, en las últimas tres décadas el poder adquisitivo se redujo en dos tercios. Para mayor precisión, en 1990 el salario real así calculado fue de 99 pesos, y en 2009 cayó a 61. Pero en franca discrepancia, en los mismos años la tasa de crecimiento acumulada de la productividad laboral había subido en 2.1 por ciento (CIDAC, datos de la OCDE); o sea, mientras la productividad subió, los salarios reales cayeron. Una última consideración. Según la misma fuente, la productividad del trabajo en México equivale a la cuarta parte de la de Estados Unidos; en cambio, los salarios en ese país son once o doce veces superiores. No hay, pues, proporcionalidad en la relación entre productividad y salario si comparamos ambos países.
    Esta no es ninguna novedad; sus causas, que hasta la fecha subsisten, fueron descubiertas desde el siglo XIX. El desarrollo tecnológico es un factor determinante de la productividad del trabajo (aumenta la cantidad de producto por unidad de tiempo); luego, reduce el tiempo requerido para producir las mercancías, y, por ende, su valor. Y como la fuerza de trabajo es también una mercancía, cuyo valor está determinado por los medios de consumo de los trabajadores y sus familias (además de su educación), resulta que al abaratarse estos bienes, el valor de la fuerza de trabajo decrece; el obrero se abarata al abaratarse sus medios de consumo, gracias a la productividad. Y al ocurrir esto, el salario, que es el pago de la fuerza de trabajo, bajará también, con lo que el trabajador requerirá de menos tiempo en su jornada de trabajo para crear el valor equivalente al de sus medios de subsistencia (en algunas industrias de alta tecnología, en cinco minutos el trabajador crea el valor equivalente a su salario), y será, por consecuencia, mayor el tiempo destinado a trabajar para su patrón, tiempo que se convertirá en plusvalía. Obviamente, la reducción real del salario a tenor con el abaratamiento de los trabajadores no se calcula siempre con exactitud, y hay abusos frecuentes de empresarios que se exceden en el recorte. Por otra parte, elevar la productividad hace más competitivo y afortunado a quien lo logra, pues le permite producir mercancías con menor valor; y al venderlas al precio normal promedio, obtendrá una plusvalía extraordinaria.
    Un factor más de ese abaratamiento asociado a la productividad es que el invento de una máquina en un país avanzado compite con los trabajadores de países pobres al permitir enviar hacia éstos mercancías más baratas que reducen la producción local y elevan el desempleo. En general, las máquinas desplazan a los trabajadores y aumentan el número de desempleados, que competirá desde afuera de las fábricas presionando a la baja a los salarios de los ocupados. Pero recordemos que todo esto ocurre no como consecuencia fatal de la productividad, sino por la forma en que está organizada la producción: mientras la propiedad privada sea intocable, y el imperativo económico supremo sea la maximización de la ganancia, la productividad elevada, que en otra forma de organización social podría mejorar el ingreso de los trabajadores, seguirá abatiéndolo.
    En conclusión, no basta elevar la productividad para mejorar el salario real; y el mercado por sí solo es incapaz de corregir esta relación y poner en línea ambas variables. Pero de aquí no se deduce que deba frenarse la productividad; antes bien, debe impulsársela, para crear la abundancia de riqueza a distribuir, y para que una producción cada día más moderna y socialmente realizada haga posible en un futuro una producción socialmente organizada y aprovechada. En el corto plazo, el Estado debe garantizar que los empresarios compartan con los trabajadores los beneficios de la productividad incrementada, mediante los medios legales existentes, como aumento salarial, aguinaldo, reparto de utilidades; pensiones y jubilaciones dignas, buenos servicios médicos, programas oficiales de vivienda, etc. Así, un aumento en el rendimiento del trabajo sí redundará en una mejora en el nivel de vida de los trabajadores.
    

México, D.F

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