MEMORIA TABASQUEÑA
EL IDEAL FEMENINO PARA LOS PORFIRISTAS TABASQUEÑOS
Bajo las concepciones del darwinismo social, que consideraban que había sociedades atrasadas y sociedades adelantadas; sociedades de progreso, que representaban el avance de la civilización humana y, sociedades “inferiores” que representaban un obstáculo para la evolución efectiva del hombre y de la sociedad, los porfiristas mexicanos desarrollaron una idea de lo que debía ser la mujer; desde luego no la consideraban como un ser que biológicamente y cognitivamente tuviera las mismas capacidades que el hombre.
Esa perspectiva, con matices muy propios, fue asumida, difundida y enseñada por los porfiristas tabasqueños en la escuela, se difundía en los medios de comunicación, en los diversos eventos sociales y culturales que se realizaban en las festividades cívicas y los actos cotidianos de convivencia social.
Durante el porfiriato la mujer tuvo acceso a la educación secundaria y a la Escuela Normal, pudo estudiar Secretariado y Comercio; las mujeres de clase media baja, pudieron aprender técnicas de costura, modelado, o saberes relacionados con la educación doméstica y el arreglo personal.
Con esas premisas, a continuación, les expongo una serie de ideas sobre el deber ser de las mujeres, que fueron publicadas en la prensa tabasqueña durante hegemonía porfirista.
El 15 de enero de 1905 el Eco de Tabasco publicó el artículo “La futura esposa” en el que expuso que el matrimonio: “Es un hermoso y encantador suplicio. Es una vida eterna de abnegación, de solicitudes y cuidados, de afán y ansiedad, de vigilias, insomnios, de desvelos, de dolor y sufrimiento, de angustia y aflicción: vida de infierno que hará tu felicidad si la sostiene y conforta, la suaviza y endulza, la embelese y santifica el amor.” Así el ideal de cualquier mujer de esa época debía ser: alcanzar como meta máxima el matrimonio que, aunque era el infierno le permitiría a la mujer, a través del amor que un hombre le proporcionaría, alcanzar el peldaño más alto de la sociedad: ser madre.
En el artículo se expresó que, el matrimonio debía ser santificado por la iglesia y legalizado por la sociedad. A partir de este planteamiento, días después se publicó el artículo: “La mujer sin educación” en el que textualmente se expuso: “Un hombre sin educación es visto sin desprecio; pero una mujer mal educada, no solo es despreciada, sino que causa repugnancia y, triste es decirlo, hasta horror tener que tratarla.”
Con este discurso, se sostuvo que la mujer mal educada era sinónimo de orgullo, de envidia, de falta de moral, con dudosa honra y con tendencia a caer en el “inmundo fango” de las maldiciones y las calumnias. Sin embargo, al autor del artículo se le olvidó mencionar que, la mayoría de las mujeres eran pobres, no tenían acceso a una educación formal; por lo tanto, no les quedaba otro remedio que vivir como “mal educadas”.
Los porfiristas también asociaban la educación con la felicidad y el progreso; desde la lógica de ese discurso, la mayoría de las mujeres que no podían educarse tenían que resignarse a vivir “infelices” y sin progresar, salvo la felicidad del amor que un hombre pudiera proporcionarle, con el matrimonio socialmente constituido.
Esos discursos eran reproducidos por las propias mujeres; por ejemplo, en abril de 1905, se publicó la obra de Severa Aróstegui: “A la Sociedad Protectora de la Mujer” en la que reafirmó las connotaciones del darwinismo social, conservadora, patriarcal propia de los porfiristas, que entre otras cosas decía que, la mujer se hacía fuerte como “madre, hija, esposa, como fiel amante, compañera y dulce amiga”. Además, la mujer debía asumir como lema de vida: “Patria, ciencia y hogar”.
Estas connotaciones se expresaban cuando se realizaba un matrimonio; por ejemplo, en esos días de 1905, contrajeron matrimonio “civil y canónico” el Sr. Lucio Arnábar y la Sra. Leonor Alcalá Hernández, que tuvieron como testigos a los connotados porfiristas Tomás G. Pellicer y Manuel Mestre Ghigliazza, Andrés Granier y a Luciano Abarrátegui.
Pero ese discurso, reflejaba cierta hipocresía cuando en los mismos medios se hablaba de alguna mujer que se dedicaba a la vida artística, que tradicionalmente, rompía los moldes, estereotipos y cánones porfiristas. Por ejemplo, mientras se reseñaba la boda señalada arriba, se habló de los dotes naturales, musicales, inspiradores y amorosos de Angela Peralta.
Esa perspectiva, con matices muy propios, fue asumida, difundida y enseñada por los porfiristas tabasqueños en la escuela, se difundía en los medios de comunicación, en los diversos eventos sociales y culturales que se realizaban en las festividades cívicas y los actos cotidianos de convivencia social.
Durante el porfiriato la mujer tuvo acceso a la educación secundaria y a la Escuela Normal, pudo estudiar Secretariado y Comercio; las mujeres de clase media baja, pudieron aprender técnicas de costura, modelado, o saberes relacionados con la educación doméstica y el arreglo personal.
Con esas premisas, a continuación, les expongo una serie de ideas sobre el deber ser de las mujeres, que fueron publicadas en la prensa tabasqueña durante hegemonía porfirista.
El 15 de enero de 1905 el Eco de Tabasco publicó el artículo “La futura esposa” en el que expuso que el matrimonio: “Es un hermoso y encantador suplicio. Es una vida eterna de abnegación, de solicitudes y cuidados, de afán y ansiedad, de vigilias, insomnios, de desvelos, de dolor y sufrimiento, de angustia y aflicción: vida de infierno que hará tu felicidad si la sostiene y conforta, la suaviza y endulza, la embelese y santifica el amor.” Así el ideal de cualquier mujer de esa época debía ser: alcanzar como meta máxima el matrimonio que, aunque era el infierno le permitiría a la mujer, a través del amor que un hombre le proporcionaría, alcanzar el peldaño más alto de la sociedad: ser madre.
En el artículo se expresó que, el matrimonio debía ser santificado por la iglesia y legalizado por la sociedad. A partir de este planteamiento, días después se publicó el artículo: “La mujer sin educación” en el que textualmente se expuso: “Un hombre sin educación es visto sin desprecio; pero una mujer mal educada, no solo es despreciada, sino que causa repugnancia y, triste es decirlo, hasta horror tener que tratarla.”
Con este discurso, se sostuvo que la mujer mal educada era sinónimo de orgullo, de envidia, de falta de moral, con dudosa honra y con tendencia a caer en el “inmundo fango” de las maldiciones y las calumnias. Sin embargo, al autor del artículo se le olvidó mencionar que, la mayoría de las mujeres eran pobres, no tenían acceso a una educación formal; por lo tanto, no les quedaba otro remedio que vivir como “mal educadas”.
Los porfiristas también asociaban la educación con la felicidad y el progreso; desde la lógica de ese discurso, la mayoría de las mujeres que no podían educarse tenían que resignarse a vivir “infelices” y sin progresar, salvo la felicidad del amor que un hombre pudiera proporcionarle, con el matrimonio socialmente constituido.
Esos discursos eran reproducidos por las propias mujeres; por ejemplo, en abril de 1905, se publicó la obra de Severa Aróstegui: “A la Sociedad Protectora de la Mujer” en la que reafirmó las connotaciones del darwinismo social, conservadora, patriarcal propia de los porfiristas, que entre otras cosas decía que, la mujer se hacía fuerte como “madre, hija, esposa, como fiel amante, compañera y dulce amiga”. Además, la mujer debía asumir como lema de vida: “Patria, ciencia y hogar”.
Estas connotaciones se expresaban cuando se realizaba un matrimonio; por ejemplo, en esos días de 1905, contrajeron matrimonio “civil y canónico” el Sr. Lucio Arnábar y la Sra. Leonor Alcalá Hernández, que tuvieron como testigos a los connotados porfiristas Tomás G. Pellicer y Manuel Mestre Ghigliazza, Andrés Granier y a Luciano Abarrátegui.
Pero ese discurso, reflejaba cierta hipocresía cuando en los mismos medios se hablaba de alguna mujer que se dedicaba a la vida artística, que tradicionalmente, rompía los moldes, estereotipos y cánones porfiristas. Por ejemplo, mientras se reseñaba la boda señalada arriba, se habló de los dotes naturales, musicales, inspiradores y amorosos de Angela Peralta.