MEMORIA TABASQUEÑA
Manuel Mestre Ghigliazza en la memoria de Gloria Mestre
El gobierno del estado de Tabasco publicó en el 2006 la autobiografía de la tabasqueña Gloria Mestre, quien fue bailarina, actriz y maestra de danza; los relatos de su vida, formación artística y su incursión en el cine mexicano resultan en información relevante para la historia misma, ya que, a través sus palabras, podemos conocer la vida de otros personajes históricos del ámbito política y cultural del siglo XX mexicano.
Con estas palabras iniciales, les comparto este artículo que se elaboró a partir de la lectura de la autobiografía de la polifacética Gloria Mestre, con la intención de rescatar la reconstrucción narrativa que escribió su autora, sobre su padre, el exgobernador de Tabasco: Manuel Mestre Ghigliazza. En especial, porque a través de ella, es decir, de sus palabras, ideas y recuerdos que conservó en su memoria, podemos tener una visión sobre la vida familiar y cotidiana del hombre que fue antirreeleccionista, maderista, obligado a renunciar a su cargo y exiliado de su tierra natal, por órdenes de Victoriano Huerta.
Manuel Mestre Ghigliazza fue un intelectual tabasqueño que además de ocupar cargos públicos como la gubernatura de Tabasco o ser director de la Biblioteca Nacional en la década de los veinte del siglo XX. Su quehacer político lo compaginó con la escritura de textos sobre la historia de Tabasco, artículos publicados a nivel nacional y en la traducción de libros de autores como Francis Laur y Gustave Le Bon.
Aunque se le reconoce como un erudito y recopilador de información histórica y que su trabajo aportó al conocimiento de Tabasco, fue su propia hija la que proporcionó esa imagen paterna del hombre preocupado por el futuro de su descendencia; dedicado a su trabajo, la escritura, su matrimonio y en ella misma. Desde las primeras páginas, se puede apreciar la diferente relación que mantuvo entre su madre y su padre.
Al leer a Gloria Mestre, sus relatos y vivencias, podemos leer que al referirse a Manuel Mestre, hace alusión al recuerdo que su padre tenía de su terruño tabasqueño; reafirma la voluntad que tenía Mestre Ghigliazza para emprender y terminar todo lo que se proponía, la mentalidad reflexiva, la tenacidad y la apertura religiosa; en sus propias palabras señaló: “…para él, la aceptación de una situación mediocre o indigente con benevolencia, pensando en un más allá compensatorio, no era más que la detención de las capacidades del individuo por admitir tener un destino ya trazado, inamovible, inmejorable…” (p. 62)
Cuando evoca a su padre en las diferentes etapas de su vida, la bailarina muestra a un hombre agradecido por el hecho de verla crecer como profesionista y como madre. Sobre todo, porque así aplacaba momentáneamente su temor constante de dejar a su esposa, hija y nieta en el desamparo. El ejemplo más preciso de ese agradecimiento ocurrió en agosto de 1947 cuando nació la primera y única hija de Gloria Mestre. En palabras de la autora, la actitud de su padre fue la siguiente: “Con mi padre fue algo especial, quizá la palabra felicidad no describa nuestras emociones de ese momento. La vida le había permitido lo que él no creía posible: llegar a ver, sentir, tener una hija de su hijita, quien, participando de su gozo, me convertía en puente de sus renovados ánimos” (p. 50).
Gloria Mestre recuerda que su padre fue un libre pensador, que no creía en el más allá. Fue un hombre preocupado por la justicia y los problemas de su tiempo. Por ello, recuerda como una verdadera ruptura en su vida, una especie de cataclismo que casi la hizo olvidarse de la vida, la propia muerte de su padre, aquel 2 de febrero de 1954.
Su padre regresaba a su casa, después de entregar su artículo en el periódico el Universal; nos dice gloria que se resbaló y al caer recibió un fuerte golpe que le fracturó la cadera.
Ese hecho casi lo inmovilizó, le generó varios trastornos corporales que afectaron sus órganos y que le causaron la muerte. Gloria lo recuerda en su lecho de muerte como un hombre honesto, noble y tranquilo, que había perdonado todo.
Con estas palabras iniciales, les comparto este artículo que se elaboró a partir de la lectura de la autobiografía de la polifacética Gloria Mestre, con la intención de rescatar la reconstrucción narrativa que escribió su autora, sobre su padre, el exgobernador de Tabasco: Manuel Mestre Ghigliazza. En especial, porque a través de ella, es decir, de sus palabras, ideas y recuerdos que conservó en su memoria, podemos tener una visión sobre la vida familiar y cotidiana del hombre que fue antirreeleccionista, maderista, obligado a renunciar a su cargo y exiliado de su tierra natal, por órdenes de Victoriano Huerta.
Manuel Mestre Ghigliazza fue un intelectual tabasqueño que además de ocupar cargos públicos como la gubernatura de Tabasco o ser director de la Biblioteca Nacional en la década de los veinte del siglo XX. Su quehacer político lo compaginó con la escritura de textos sobre la historia de Tabasco, artículos publicados a nivel nacional y en la traducción de libros de autores como Francis Laur y Gustave Le Bon.
Aunque se le reconoce como un erudito y recopilador de información histórica y que su trabajo aportó al conocimiento de Tabasco, fue su propia hija la que proporcionó esa imagen paterna del hombre preocupado por el futuro de su descendencia; dedicado a su trabajo, la escritura, su matrimonio y en ella misma. Desde las primeras páginas, se puede apreciar la diferente relación que mantuvo entre su madre y su padre.
Al leer a Gloria Mestre, sus relatos y vivencias, podemos leer que al referirse a Manuel Mestre, hace alusión al recuerdo que su padre tenía de su terruño tabasqueño; reafirma la voluntad que tenía Mestre Ghigliazza para emprender y terminar todo lo que se proponía, la mentalidad reflexiva, la tenacidad y la apertura religiosa; en sus propias palabras señaló: “…para él, la aceptación de una situación mediocre o indigente con benevolencia, pensando en un más allá compensatorio, no era más que la detención de las capacidades del individuo por admitir tener un destino ya trazado, inamovible, inmejorable…” (p. 62)
Cuando evoca a su padre en las diferentes etapas de su vida, la bailarina muestra a un hombre agradecido por el hecho de verla crecer como profesionista y como madre. Sobre todo, porque así aplacaba momentáneamente su temor constante de dejar a su esposa, hija y nieta en el desamparo. El ejemplo más preciso de ese agradecimiento ocurrió en agosto de 1947 cuando nació la primera y única hija de Gloria Mestre. En palabras de la autora, la actitud de su padre fue la siguiente: “Con mi padre fue algo especial, quizá la palabra felicidad no describa nuestras emociones de ese momento. La vida le había permitido lo que él no creía posible: llegar a ver, sentir, tener una hija de su hijita, quien, participando de su gozo, me convertía en puente de sus renovados ánimos” (p. 50).
Gloria Mestre recuerda que su padre fue un libre pensador, que no creía en el más allá. Fue un hombre preocupado por la justicia y los problemas de su tiempo. Por ello, recuerda como una verdadera ruptura en su vida, una especie de cataclismo que casi la hizo olvidarse de la vida, la propia muerte de su padre, aquel 2 de febrero de 1954.
Su padre regresaba a su casa, después de entregar su artículo en el periódico el Universal; nos dice gloria que se resbaló y al caer recibió un fuerte golpe que le fracturó la cadera.
Ese hecho casi lo inmovilizó, le generó varios trastornos corporales que afectaron sus órganos y que le causaron la muerte. Gloria lo recuerda en su lecho de muerte como un hombre honesto, noble y tranquilo, que había perdonado todo.