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La Verdad del Sureste

#MeToo o las fronteras


@UTufigno

Las cifras que ofrece ONU Mujeres son terribles: a nivel global una de cada tres mujeres ha sufrido algún tipo de violencia física y/o sexual a lo largo de su vida; en el caso de nuestro país el citado organismo retoma datos del INEGI para sostener que por lo menos 6 de cada 10 mujeres han enfrentado este mismo tipo de violencia, 41.3% han sido víctima de violencia sexual y, en el peor de los extremos, nueve mujeres son asesinadas diariamente.

 

En 2018 las Naciones Unidas reconocieron la relevancia de movimientos tales como #NiUnaMenos y #MeToo, e hicieron un llamado para que todas las acciones y estrategias que se implementen para la prevención y erradicación de la violencia contra las mujeres y las niñas sean integrales al tiempo que partan de un enfoque multidimensional, es decir, no haya limitaciones o sesgos en la forma de apreciar la violencia. Aunque no es fácil transitar el cambio.

 

Nuestras sociedades judeocristianas fueron construidas bajo modelos patriarcales en los que se asignaban roles predeterminados a las personas. Así, no es extraño que la palabra “matrimonio” tenga su raíz etimológica en la palabra “mater”, porque ése era el destino de las mujeres: convertirse en madres; y tampoco es extraño que la palabra “patrimonio” derive de la palabra “pater”, pues al padre le correspondía ser el proveedor del hogar.

 

Bajo esa milenaria estructura en el que las palabras definen roles (“los límites de mi leguaje significan los límites de mi mundo”, L. Wittgenstein), a la mujer le ha correspondido tratar de liberarse de su verdugo, al igual que lo han tenido que hacer quienes se han visto sometidos por diversas circunstancias (esclavitud, discriminación, etc).

 

Desde el movimiento sufragista en Inglaterra hasta el actual #MeToo, el camino de las mujeres en búsqueda del pleno reconocimiento de sus derechos a la igualdad y respeto a su dignidad e integridad ha estado lleno de obstáculos, diría que hasta los diseños públicos poco han ayudado para avanzar en dichos propósitos. Parece insuficiente, por ejemplo, que en el transporte público exista división de secciones para hombres y mujeres si no se combate la raíz del problema.   

 

Sin embargo, hay realidades inocultables que explican una medida como la antes descrita: en el transporte las mujeres sufren acoso (miradas, fotografías, insinuaciones) y agresiones corporales, pero también en la calle, la escuela, el trabajo e incluso en su hogar o a través de las redes sociales. Esta violencia es conocida pero se hace invisible ante la “normalización” del piropo o de la exposición que los medios de comunicación hacen de la mujer para atraer audiencia masculina.

 

Peor aún es la ceguera de los ministerios públicos ante quienes se denuncian situaciones de violencia sexual pero resultan incapaces de distinguir entre “sexo” y “género”. Si no entienden esta diferencia mucho menos podrán iniciar una carpeta de investigación por un feminicidio (asesinato por razón de género) ya que están acostumbrados a la estrechez que les proporciona la norma jurídica.    

 

No obstante lo anterior, un hecho reciente pareció cruzar el umbral de la frontera de lo deseable. Un afamado músico, Armando Vega Gil, decidió suicidarse tras una acusación de abuso cometido por él en contra de una menor de edad. Y lo hizo con un anuncio previo que pocos o nadie tomó en serio: “no se culpe a nadie de mi muerte: es un suicidio, una decisión voluntaria, consciente, libre y personal”.

 

Abundó en su carta de despedida: “sé que en redes no tengo manera de abogar por mí, cualquier cosa que diga será usada en mi contra, y esto es una realidad que ha ganado su derecho en el mundo, pues las mujeres, aplastadas por el miedo y la amenaza, son las principales víctimas de nuestro mundo”.

 

El hecho enconó los ánimos de los extremos al tiempo que moderó posturas de activistas que no dejaron de reconocer que, a pesar de todo, las razones del movimiento siguen vigentes porque la denuncia pública es más efectiva que un sistema de justicia sobrepasado por la impunidad.

 

Sin duda, el suicidio del rockero mexicano marcará nuevos retos para el movimiento #MeToo, el principal: encontrar el equilibrio entre la explicable confidencialidad de la denunciante frente a la certeza de los hechos denunciados.

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