México abre el camino a un nuevo modelo de desarrollo para el mundo?
Primera parte
Ciudad de México, 3 de julio de 2022.- El Gobierno mexicano, encabezado por su primer presidente progresista, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), está transformando la agricultura y los mercados en la península de Yucatán a través de su programa Sembrando Vida y el proyecto del Tren Maya
La incómoda verdad a la que se enfrentan los líderes y expertos en estos tiempos excepcionales es que las teorías y los enfoques que nos han enseñado en la escuela y en las universidades se han vuelto inadecuados para abordar los desafíos de nuestra época. Las formas establecidas de hacer las cosas, desde los procesos de fabricación y la agricultura hasta la construcción y planificación de nuestros pueblos y ciudades, han dado lugar a un mundo que no es apto para las generaciones futuras. La confianza en nuestros gobiernos e instituciones financieras está en su punto más bajo y nos encontramos divididos geopolítica, racial y socialmente. Nuestro medio ambiente está ahogándose con el plástico y la contaminación, mientras asistimos a la degradación de nuestros bosques, océanos, ríos y suelos.
La globalización no ha cumplido sus promesas de paz y prosperidad para todos. Aunque mil millones de personas han salido de la pobreza absoluta (pasaron de vivir con menos de un dólar por día a poco más de un dólar diario), la pobreza continúa afectando la vida de miles de millones de personas en todo el mundo, tanto en países de ingresos altos como bajos, y la desigualdad y la injusticia social han alcanzado máximos históricos. Ahora mismo, la inflación está profundizando aún más la desigualdad: mientras los precios de los bienes aumentan, un trabajador promedio debe elegir entre tener calefacción o comprar alimentos.
Podría decirse que, desde la Segunda Guerra Mundial, hemos hecho mal tres cosas que nos llevaron al lugar donde nos encontramos hoy: primero, hemos permitido que nuestros políticos pusieran a las corporaciones y las finanzas en el centro de su atención porque su éxito, nos dijeron, significaba el éxito de la sociedad en general. En segundo lugar, creamos una economía lineal en la que todo el material que producimos se tira o se incinera. En tercer lugar, explotamos el medio ambiente con prácticas agrícolas modernas que benefician a los inversores a gran escala a expensas de la salud del suelo, la biodiversidad y los agricultores comunes. Las prácticas mineras extractivas han contaminado pueblos y ríos y han destruido bosques y ecosistemas.
Al centrarse en el éxito de las finanzas y las corporaciones por encima de todo, nuestros políticos han creado un campo de juego extremadamente desigual. Los ciudadanos comunes, los agricultores y los inversionistas se encuentran compitiendo con los administradores de fondos en Hong Kong, Londres y Nueva York, y con los enormes bolsillos de las grandes multinacionales en todos los mercados lucrativos: alimentos y bebidas, ropa y calzado, textiles y otros bienes de consumo rápido, dejando migajas a los dueños de negocios comunes mientras los graduados de maestrías en administración de negocios se afanan por hacer crecer el próximo unicornio. Tomemos por ejemplo los tomates: un gran inversionista que haga doble clic rumbo al negocio de los tomates buscará comprar el terreno más grande posible y maximizar su rendimiento con productos químicos diseñados para matar todo lo que crece en la tierra —excepto los tomates— para vender tomates envueltos en plástico a supermercados de todo el mundo. Esto hace que el negocio del tomate sea inviable para la mayoría de los agricultores, excepto para los pocos que apuntan a un nicho pequeño pero creciente de productos orgánicos y ecológicos.
Se puede contar una historia similar de arrebato de mercados lucrativos a la gente común (micro, pequeñas y medianas empresas independientes) para todos los productos que consumimos. Lo más probable es que un administrador de fondos que busca ingresar al mercado de la ropa y el calzado (así como los inversionistas ordinarios) fabrique en países con mano de obra barata y protección ambiental laxa, lo que deja pequeños nichos de mercado artesanal para pequeños productores independientes, como el puñado de fabricantes que quedan en las Tierras Altas de Escocia y en Nepal.
Esto crea oportunidades para los emprendedores globales, pero estas supuestas historias de éxito son escasas y distantes entre sí en comparación con los miles de millones de personas que no pueden producir o cultivar nada de manera rentable en sus regiones y para sus regiones.
Estamos en medio de un gran reinicio para transformar nuestras ciudades y todos los sectores de nuestra economía en plantas de producción y cadenas de valor con bajas emisiones de carbono, cero residuos y respetuosas con el medio ambiente, con un enfoque en NetZero (cero emisión de gases de efecto invernadero). Sin embargo, el peligro es que la respuesta esté orientada por la misma agenda política que creó el problema en primer lugar: el desarrollo impulsado por las exportaciones que permite que las grandes corporaciones multinacionales dominen todos los mercados, dejando pocas oportunidades comerciales para miles de millones de personas en todo el mundo y empujando aún más a los agricultores a la deuda, la pobreza y la bancarrota. Y, eventualmente, a abandonar sus tierras y mudarse a ciudades que carecen de oportunidades y/o de servicios públicos.
En cambio, necesitamos repensar nuestro modelo de desarrollo. Afortunadamente, una solución emergente está ligada a la esencia del desarrollo regional, que parece ser popular hoy en día: desarrollar economías regionales inclusivas, ecológicas y circulares.
El comercio internacional y la interconexión mundial pueden surgir de un enfoque regional y no al revés. Tomemos como ejemplo el sector de alimentos y bebidas.