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La Verdad del Sureste

Milagro se escribe con equis

La Verdad No Peca


En una ciudad y un país inmerso en la globalización destructiva y el vértigo de las redes sociales, cuyo lado oscuro desdibuja identidades, la representación del viacrucis es respiro colectivo para los universos urbanos. El más intenso, de vocación y rentabilidad turística, el más famoso también, es el de Iztapalapa en el Cerro de la Estrella, al poniente de la capital mexicana, rumbos que llevan y traen desde que Popocatépetl e Iztaccíhuatl andaban de novios.
    Los más viejos relatan que fue un feroz brote de cólera la raíz del célebre viacrucis, patrimonio chilango para el mundo. Tanto así que se decía que “quienes sirvan de enterradores con las primeras luces de la mañana, serán sin duda sepultados con las primeras sombras de la noche”.
    Tantos muertos en tan poco tiempo desolaron los ocho barrios nucleares de Ixtapalapa,  intencionalmente escrito con equis como en tiempos prehispánicos, como se escribe México para marcar diferencia, por lo que deudos precisaron la realización de una manda al Santuario de La Cuevita, para pedir al cielo el milagro de terminar de tajo con la mortífera peste.
    Se dice que a partir de esa manifestación de fe, la muerte se alejó rauda, como espantada. De un día para otro.
    El suceso dejó mal parados a frailes que desestimaron la oración popular. Sin embargo motivó a sacerdotes, científicos estudiosos del fenómeno guadalupano confrontados con los  monjes, a promover la dramatización del hecho trágico. El montaje de tintes religiosos sería organizado por laicos, ya que la participación pública de clérigos, fue restringida por las leyes de la reforma juarista. Pero salió de su control. Su profundidad trascendió el esfuerzo incipiente de viudas, huérfanos y agradecidos sobrevivientes.
    La promesa debía cumplirse. La actuación entusiasta de los jóvenes se convirtió desde entonces y hasta ahora, en un especial montaje de la pasión, muerte y resurrección con tal fuerza, que generaciones heredan roles protagónicos. Es asombroso. Los jóvenes, por sus frutos, callan bocas.  Incluso decenas de niños -es lo más impresionante- encarnan al Nazareno para escalar el Gólgota con sendas coronas de espinas que sangran sus afligidos rostros. Van agobiados por la extenuante carga pero se han preparado desde que la cuna. Están determinados a no fallarse, y saben que no los detendrá ni Dios Padre.
    Se calculan dos millones de personas que acuden de lugares tan desconocidos como remotos a presenciar la crucifixión. Antes se rodeaba el lago de Texcoco. Era la puerta del Jerusalén azteca y de las inmediaciones de Galilea hasta el mismísimo monte de La Calavera, la punta de La Estrella. No hay otro igual, ni siquiera los más cruentos actos teatrales de Filipinas, donde romanos de ojos rasgados hunden clavos en madera y carne viva, se le parecen. Ninguno le llega.
    En Tabasco se realizan algunos de los más relevantes por su realismo y el compromiso de quienes dirigen y actúan. El de Tamulté de las Sabanas, donde la comunidad indígena viste el viacrucis de riqueza ancestral. Pero también en colonias de Villahermosa, como el de Tamulté de las Barrancas,  grandioso y ya casi con medio siglo, o el de Gaviotas, que crece y quiere ser primero con fervor celoso.
    Música, fritangas, cohetes y personas que deambulan bajo el sol que quema regalan la reflexión. Maravillosa expresión mexicana, orgullo de pueblos originarios, monumento vivo de personalidad y capacidades. Breve escala en el interminable viaje virtual a bordo de computadoras y celulares. La lección es clara como alucinante. La gente es el milagro, y con eso me quedo.

 

 

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