Reforma energética: reflexiones
La Academia Mexicana de Economía Política (AMEP) dedicó un par de mesas redondas a una discusión en profundidad de dos de las reformas que se espera sean recibidas, debatidas y votadas por el Poder Legislativo. La prensa se refiere a ellas como reforma energética y reforma hacendaria.
Se consideró el entorno global y regional norteamericano en que se insertará cualquier reforma del sector petrolero mexicano. Quizá ahora su componente más importante sea la profunda alteración que se espera se produzca en el mayor mercado de la región: Estados Unidos. Uno de los grandes importadores de hidrocarburos, alcanzará la autosuficiencia y más delante dispondrá de excedentes exportables, primero de gas natural (gracias al rápido incremento de la producción de gas no convencional, shale gas) y después en aceite (en virtud del rápido aumento de la extracción de crudo no convencional, tight oil). Se haría realidad así el sueño de la independencia estadunidense en materia de hidrocarburos, prometida, con diversos énfasis, por todos los presidentes a partir de Richard M. Nixon.
Este persistente sueño puede verse limitado por diversos factores: el auge de los hidrocarburos no convencionales será casi exclusivo de Norteamérica, sobre todos de Estados Unidos –en 2030 aportará cerca de tres cuartas partes del total mundial. La ventaja de precios relativos en que se ha basado puede desaparecer cuando se imputen los costos ambientales de la explotación y de licuefacción y regasificación para su eventual exportación.
En este entorno regional, el horizonte de 2030 guarda también una promesa de independencia para México. Si Estados Unidos desea librarse de su adicción al petróleo importado, México puede liberarse de la dependencia de sus finanzas públicas de los ingresos por exportación de crudo. Un componente esencial de cualquier reforma energética en México se encuentra en evitar la exportación de crudo, en especial en la angustiosa situación de reservas en que el país se encuentra. El petróleo mexicano realizó su mayor aportación al desarrollo del país cuando se dedicó a satisfacer la demanda interna.
Se dijo célebremente que, en el siglo XXI, extraer petróleo para quemarlo como combustible se consideraría tan primitivo como talar bosques para usar de ese modo la leña. Los nuevos recursos de hidrocarburos, en aguas profundas o en formaciones de lutitas, deben conservarse para usos económicos superiores en un futuro que se extiende a la segunda mitad del siglo.
Es probable que buena parte del debate de la reforma energética se concentre en cómo llevar adelante el tipo de reforma aprobado en 2008. Se debatirá qué segmentos de la industria petrolera pueden abrirse a la participación adicional del capital privado sin reformar las disposiciones constitucionales vigentes. Con base en la falacia de la insuficiencia de recursos –financieros, técnicos y humanos– de Pemex, se sostendrá que es indispensable complementarlos con aportes de particulares, nacionales y extranjeros. Se sostendrá, con desvergüenza, que nada de esto equivale a privatizar o a afectar, en favor de los privados, el reparto de la renta petrolera. Se tratará, otra vez, de un teatro de sombras. Es claro que si Pemex se orienta a satisfacer la demanda interna de combustibles y petrolíferos –sustituyendo importaciones costosas–; si deja de confiscarse la mayor parte de sus ingresos brutos, por parte de una hacienda pública ávida de ingresos pero renuente a reformar la estructura impositiva; si se le reconoce la autonomía presupuestal y de gestión que le corresponde para actuar como organismo público eficaz y redituable; si se permite a sus trabajadores elegir liderazgos sindicales honestos y legítimos, no sólo no requerirá del auxilio de particulares ávidos de apropiarse de parte de la renta sino que puede orientarse hacia una internacionalización de parte de sus actividades como han hecho varios de sus pares: otras empresas petroleras estatales en éste y otros continentes.
Jorge Eduardo Navarrete – La Jornada