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La Verdad del Sureste

El reino de los cielos se ha acercado




“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra.”  Dice la palabra de Dios en Salmos 8:3–5.
En Job 7:17-18 también encontramos la misma pregunta: ¿Qué es el hombre, para que lo engrandezcas, Y para que pongas sobre él tu corazón, Y lo visites todas las mañanas, Y todos los momentos lo pruebes?
Somos creación de Dios hechos a su imagen y semejanza; Él es nuestro Padre Eterno y nosotros sus hijos,  su amor es tan grande que no alcanzamos a comprender, en la Biblia es comparado con el amor de una madre tiene por su hijo.
El amor de Dios es de tal magnitud, que cuando fuimos separados y condenados a muerte eterna a causa del pecado, entregó a único hijo Jesucristo, para ser sacrificado en agonía en la cruz del calvario para pagar a precio de sangre, nuestra salvación y darnos vida eterna, nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, y la gracia de ser considerados sus hijos.
Me postro a tus pies mi amado Jesús, mi corazón te ama y te anhela, venciste a la muerte y derrotaste a satanás; “nos diste corona en vez de ceniza, aceite de alegría en vez de luto, manto de alabanza en vez de espíritu abatido” Isaías 61: 3.
Eres Rey de Reyes, Señor de Señores,  se te dio la gloria y la honra “para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. (Filipenses 2:10-11)
No hay palabras para describir lo grandioso que es entrar a la presencia de Dios por medio de la oración, adolorarle en espíritu y verdad en medio de la tribulación. Venir a los pies de Cristo es lo más hermoso que podemos experimentar como seres humanos, tanto amor que no comprendemos, pero que podemos sentir como se nos quiebra el alma en su presencia.
Esa sed de adorarle, darle las gracias mientras sientes que tu corazón se derrite, ese momento que quisieras durara por la eternidad y por fe, así será un día; sientes que nada más importa en el mundo, ni la enfermedad ni la muerte, solamente quieres adorarle por siempre, nada absolutamente nada en este mundo puede igualar la experiencia de arrodillarte y reconocer que “Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
La Biblia nos enseña que Dios es amor, pero también advierte que es fuego consumidor en 1 Juan 4:8; Hebreos 12:29. Hoy nos habla con paciencia y amor, renueva todos los días su misericordia, pero este mundo es pasajero y perecerá, es la voluntad de Dios y es inquebrantable.
Aceptes o no que Jesús es el hijo del Dios vivo y está sentado a la diestra del Padre, un día serás juzgado, toda la humanidad, hombres y mujeres, pequeños y grandes, reyes, ricos y pobres, comparecerá de pie ante el gran trono blanco (Apocalipsis 20:11-13)
Para regocijo de quienes aceptaron a Jesucristo como su salvador y sirvieron conforme a la voluntad de Dios, vivirán por siempre para adorar y servir a Dios.
Los que rechazan a Jesucristo, los que prefirieron las tinieblas a la luz, los que practicaron actos aborrecibles a Dios sin arrepentirse, ellos también en su angustia, reconocerán de rodillas, que Jesucristo es el Señor, pero para ellos será demasiado tarde.
“El diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos”, Apocalipsis 20:10. Esta es la condenación final de Satanás, porque su destino es el fuego eterno preparado por Dios para el diablo y sus ángeles.
Cada día que pasa el reino de los cielos se acerca, toma tu decisión ahora que puedes, si ya la tomaste, cuídala como a la niña de tus ojos para que no la pierdas, si te apartaste, regresa tu primer amor que tu Padre te espera con los brazos abiertos como al hijo pródigo.
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