Saltar al contenido principal
La Verdad del Sureste

SENTIR SIN PERDERSE

Lo que escondemos para que nos quieran


SENTIR SIN PERDERSE

La vergüenza tiene una forma particularmente dolorosa de cambiar la pregunta. Ya no se trata solamente de “¿qué hice?”, sino de “¿qué dice esto de mí?”. Un error deja de ser un error y comienza a sentirse como prueba de incapacidad. Una dificultad económica se convierte en motivo para sentirse menos. Haber tolerado una relación dañina provoca miedo a ser juzgado. Pedir ayuda parece confirmar debilidad. Entonces aparece el impulso de ocultar, disimular o mostrar únicamente aquello que creemos que los demás pueden aceptar.

No toda vergüenza es necesariamente dañina. Vivimos con otras personas y somos sensibles a su mirada. Sentir vergüenza después de comportarnos de una manera contraria a nuestros valores puede ayudarnos a revisar lo ocurrido, reconocer consecuencias y modificar una conducta. El problema comienza cuando la evaluación deja de concentrarse en aquello que hicimos y termina convirtiéndose en un juicio sobre quienes somos.

Ahí conviene distinguirla de la culpa. La culpa puede decir: “hice algo que estuvo mal”. La vergüenza puede avanzar hasta otra conclusión: “yo estoy mal”. Parece una diferencia pequeña, pero psicológicamente cambia mucho. Una conducta puede revisarse, repararse o modificarse. Cuando lo cuestionado es el valor completo de la persona, ya no parece haber algo concreto que corregir: surge la necesidad de esconderse.

El enfoque cognitivo de Aaron Beck ayuda a comprender este tránsito. Las experiencias no se interpretan de manera aislada; también intervienen las creencias que una persona ha desarrollado sobre sí misma. Quien teme profundamente ser incapaz puede vivir una equivocación como confirmación de esa idea. Quien duda de ser digno de afecto puede interpretar un rechazo como evidencia de que existe algo defectuoso en su persona. El hecho ocurrió, pero su significado termina siendo mucho más amplio que el hecho mismo.

Así se entiende por qué la vergüenza puede aparecer en situaciones muy distintas. Se oculta que se perdió el empleo. Cuesta reconocer que no se entendió una explicación. Se inventa una excusa para no admitir que falta dinero. Se evita hablar de un problema familiar o de una decisión que salió mal. Incluso puede costar decir que algo duele porque existe el temor de parecer débil, exagerado o incapaz de resolver la propia vida.

Lo que se intenta proteger no siempre es un secreto. A veces es la imagen que creemos necesaria para conservar aceptación.

Ese temor también tiene una dimensión relacional. Los vínculos significativos participan desde muy temprano en la manera en que aprendemos a sentir seguridad frente a otras personas. El trabajo de John Bowlby permite comprender por qué la posibilidad de rechazo puede adquirir tanta importancia. Si mostrar determinadas necesidades, emociones o equivocaciones encontró repetidamente humillación, indiferencia o rechazo, ocultarlas puede convertirse en una forma aprendida de proteger el vínculo.

Esto no significa que la infancia determine inevitablemente la vida adulta ni que toda vergüenza provenga de los primeros vínculos. Significa algo más sencillo: las personas también aprenden, dentro de sus relaciones, qué parece seguro mostrar y qué consideran necesario proteger. Y a veces protegerse tiene sentido.

No todo temor al juicio es imaginario. Existen familias, relaciones, escuelas y espacios laborales donde una vulnerabilidad puede utilizarse para humillar, discriminar, castigar o desacreditar. En esos contextos, reservar determinada información puede ser una decisión razonable. No todo silencio necesita interpretarse como un problema emocional.

Una forma de distinguirlo es observar lo que ocurre en el presente, no solamente aquello que se teme que podría ocurrir. Si al mostrar vulnerabilidad aparecen burlas, amenazas, represalias, exposición de información privada o utilización de lo confiado para lastimar, existen razones concretas para protegerse. Si, por el contrario, una relación ha mostrado respeto, confidencialidad y aceptación, pero el miedo continúa anticipando una respuesta que no se está produciendo, quizá una parte de ese temor pertenezca a experiencias anteriores. Incluso ambas cosas pueden coexistir: una persona puede sentir vergüenza y, al mismo tiempo, decidir prudentemente que determinado entorno no es seguro para mostrarse.

Distinto es continuar anticipando rechazo cuando las condiciones han cambiado. Alguien puede encontrarse rodeado de personas respetuosas y seguir esperando la humillación que conoció en otros momentos. Puede disculparse constantemente por expresar una necesidad, evitar pedir ayuda o esconder un fracaso aunque nadie a su alrededor haya dado señales de utilizarlo en su contra. El juicio externo quizá ya no esté presente, pero permanece interiorizado.

Ya no hace falta que alguien diga “eso de ti no me gusta”. La propia persona aprendió a decirlo antes.

Aquí aparece otro problema: adaptarse para ser aceptado puede funcionar. Una persona aprende qué decir, qué evitar, cuándo callar y qué versión de sí misma genera menos conflicto. Desde la reflexión de Erich Fromm sobre el amor y las relaciones humanas, resulta pertinente preguntarse qué ocurre cuando conservar un vínculo exige renunciar constantemente a la posibilidad de mostrarse con autenticidad. El afecto difícilmente puede vivirse con libertad cuando depende de representar permanentemente aquello que creemos que alguien espera.

La consecuencia puede ser paradójica. Se consigue aceptación, pero queda la duda de si esa aceptación sobreviviría al conocimiento de aquello que permanece oculto. “Me quieren” empieza a convivir con otra pregunta: “¿me seguirían queriendo si realmente supieran?”.

Entonces esconderse protege del rechazo y, al mismo tiempo, mantiene vivo el miedo a ser rechazado.

Tampoco existe una frontera perfecta entre intimidad y vergüenza. Una persona puede decidir que determinado asunto pertenece a su vida privada y sentir vergüenza al mismo tiempo. Puede necesitar tiempo antes de hablar de algo o elegir compartirlo solamente con alguien de confianza. La intimidad no exige ausencia de miedo. Lo importante es comprender qué está influyendo en la decisión.

Quizá convenga preguntarse qué se teme perder si aquello llega a conocerse. ¿Respeto? ¿Pertenencia? ¿Admiración? ¿Cariño? Después habría que mirar la relación concreta: ¿existen razones actuales para esperar rechazo o se está anticipando una respuesta aprendida en otra etapa de la vida?

No siempre será fácil distinguirlo. Tampoco toda respuesta conducirá a revelar aquello que se ha mantenido oculto. Comprender la vergüenza no obliga a confesarse ni convierte la exposición en una prueba de salud emocional. Algunas cosas seguirán siendo privadas y está bien que así sea.

Lo importante es no convertir automáticamente una dificultad, una característica o un error en una definición completa de uno mismo.

Si hubo daño, corresponde asumir responsabilidad. Si algo puede repararse, habrá que intentarlo. Si una conducta necesita cambiar, reconocerla forma parte del proceso. Pero responsabilizarse no exige despreciarse. Haber fracasado en algo no convierte a una persona en un fracaso; haber necesitado ayuda no demuestra incapacidad; haber tomado una mala decisión no resume toda una vida.

La vergüenza puede borrar esas diferencias y hacer creer que conservar el cariño exige esconder aquello que consideramos menos digno de ser querido. Y cuanto más se oculta, más difícil puede resultar comprobar si ese temor todavía corresponde a la realidad.

Tal vez por eso vale la pena mirar no solamente aquello que escondemos, sino la razón por la que sentimos que debe permanecer oculto. Algunas veces encontraremos prudencia e intimidad. Otras, un entorno donde realmente conviene protegerse. Pero también podemos descubrir un juicio aprendido hace tiempo que continúa decidiendo qué partes de nosotros creemos que merecen ser vistas.

No necesitamos mostrarlo todo para dejar de vivir bajo la vergüenza. Se trata de separar lo que hicimos de lo que somos y reconocer cuándo el miedo al rechazo está obligándonos a representar una versión aceptable de nosotros mismos.

Porque si para conservar el cariño necesitamos esconder demasiado, tarde o temprano aparece una pregunta difícil de evitar: ¿me quieren a mí o a la versión de mí que aprendí a mostrar para que me quieran?

Comprender de dónde viene esa pregunta puede ser también una forma de empezar a responderla, para aprender a sentir sin perderse.

¿Te fue útil? Comparte: Facebook X WhatsApp Telegram

Entérate de más