URDIMBRES Y TEXTURAS.
LA BRIZNA EN LA TORMENTA CHILENA: UN BOLETO DEL METRO.
Los ciclos sociales que no se cierran, traen consigo una explosión similar a la de un tanque de gas en mal estado: el gas se esparce y se concentra en ciertas partes que al momento del estallido hace que los daños sean mayúsculos. Así el comparativo de lo que sucede en América del Sur, aquellos que habían dicho que la izquierda política no había avanzado suficiente o no era lo que se esperaba, en realidad, no le dieron tiempo de llevar a cabo el complejo proceso de asimilación en la vida social, vaya, lo que implicaría decir, que los ciudadanos reconocen el cambio y lo asumen, no así quienes detentan el poder.
La actuación de la policía o Carabineros en Chile, nos recuerda la saña con que actuaron durante la dictadura pinochetista. Creímos que esos exabruptos se habían extinguido bajo los cambios que ha pasado la sociedad chilena. El 21 de octubre del presente año, la gente, sobre todo los jóvenes, salieron a tomar el metro sin pagar, con el amplio derecho que les da ser jóvenes, desempleados, subempleados, estudiantes, y con una economía magra que el incremento del boleto hizo que saliera el liberal que los habita, de generación en generación, porque no hay que olvidar, que las luchas que sus padres, o abuelos, defendieron en el pasado, allá por los años setenta y ochenta, les dota de un alto sentido de humanidad y conciencia ante la injusticia.
En realidad, la cuestión ésta del incremento del precio del boleto del metro, es apenas una ligera brizna de la tormenta que se esconde detrás de la ventana: Pensiones indignas, salud precaria, sueldos miserables, educación de mala calidad, licencias médicas por depresión, deuda universitaria vitalicia, sueldos de la élite política, delincuencia sin control, empleos precarios, Pagogate y Milicogate (los escándalos de corrupción en Carabineros y el Ejército, respectivamente). Es decir, que los anteriores gobiernos (nosotros sabemos de eso) dejaron muchos pendientes en la vida social, económica y política de Chile.
No se termina de entender que gran parte de la vida cotidiana se compone de esas partículas de realidad que llevamos cargando entre todos, esa impudicia por “cobrar” los servicios a los que todos tenemos derecho, no es más que el manifiesto y precario corto sentido de la conciencia de sí mismos que tienen algunos.
Un militar que corre detrás de un niño para aprehenderlo, esa imagen es tan fuerte que cimbra hasta al más cínico, ¿qué opinión tendría el mandatario chileno al respecto?. Con Sebastián Piñera, actual presidente de Chile se llega al cargo, un conservador que aunque apuntaló en las campaña la esperanza de un crecimiento económico, la realidad se impone: el crecimiento económico ha llegado sólo alrededor del 2,5%. La incoherencia, es el panorama en que el costo de la vivienda se ha disparado hasta un 150%, y los sueldos sólo se han incrementado 25%. Han llegado al punto del toque de queda en la vida diaria, ¿por qué?.
Las personas tienen ese derecho a lo largo y ancho en este planeta, de externar lo que les aflige, y la generación de chilenos actuales que no vivieron la dictadura se muestran muy abiertos en hacerlo, “sin el pendiente de expresar angustia, desesperanza, porque sienten que no tienen nada qué perder, por lo que sus reclamos fácilmente pueden llegar a la violencia” así opina Lucía Dammert, académica chilena que le explica a la reportera del periódico El País, porqué se dan las protestas en Chile. Y es que parece que todo salió de la nada, como si un bicho les hubiese picado a todos, pero no es así, en realidad es una constante en la vida de las personas, la imperiosa necesidad de sobrevivir en el presente siglo. Las protestas en Chile le toma el pulso a las demás sociedades, incluso para la sociedad misma del planeta: estamos ante un momento coyuntural para el espacio humano y no queremos verlo. No es una percepción romántica, y de “cuando el destino nos alcance…” es ese inalienable, intransferible, no negociable acto de ser y seguir siendo humanos con derecho a vivir decentemente. Comida todos los días, con derecho a la educación, con salarios que permitan tener la certeza de vivir tranquilos, con acceso a la salud, y lo menos deprimido posible. ¿Dónde entonces queda el tiempo en que los humanos podían darse el lujo de leer un libro sorbiendo un buen café? ¿dónde el espacio para tender a la cultura? De los cinco académicos chilenos entrevistados por el periódico El País, todos coincidieron sin proponérselo: la gente sobrevive apenas, y los políticos se llevan todo. Quien mejor resume en pocas palabras ese sentir es el sociólogo Carlos Ruiz, académico de la Universidad de Chile : “ las protestas se explican por el nivel extremo en que en Chile se ha privatizado la reproducción de la vida cotidiana, lo que crea una cantidad de fuentes de incertidumbre que -al menos en este nivel- no existen en otras sociedades del mundo. Es una ola que arrasa con moros y cristianos. Con los Montesco y los Capuleto. Es la razón por la que la política queda muda y luego la abstención en las elecciones sobrepasa el 50%”.
Huelga decir, que ese avasallante clima de protestas puede venir subiendo de América del Sur hacia el norte, pero nuestro proceso en México es distinto, pero no lejano: aquí las élites pelean hasta el oprobio por defender lo que siempre fue considerado suyo, sin que nadie tuviera derecho a nada, sólo ellos. Para quienes votaron por el cambio deben tener presente que la lucha no llegaría sólo a las urnas, sino al espacio de la vida diaria, ahí donde nos vemos las caras todos, y donde el actual presidente se siente como en la “Balsa de la Medusa”: mantenerse fuerte en medio del caos.
La actuación de la policía o Carabineros en Chile, nos recuerda la saña con que actuaron durante la dictadura pinochetista. Creímos que esos exabruptos se habían extinguido bajo los cambios que ha pasado la sociedad chilena. El 21 de octubre del presente año, la gente, sobre todo los jóvenes, salieron a tomar el metro sin pagar, con el amplio derecho que les da ser jóvenes, desempleados, subempleados, estudiantes, y con una economía magra que el incremento del boleto hizo que saliera el liberal que los habita, de generación en generación, porque no hay que olvidar, que las luchas que sus padres, o abuelos, defendieron en el pasado, allá por los años setenta y ochenta, les dota de un alto sentido de humanidad y conciencia ante la injusticia.
En realidad, la cuestión ésta del incremento del precio del boleto del metro, es apenas una ligera brizna de la tormenta que se esconde detrás de la ventana: Pensiones indignas, salud precaria, sueldos miserables, educación de mala calidad, licencias médicas por depresión, deuda universitaria vitalicia, sueldos de la élite política, delincuencia sin control, empleos precarios, Pagogate y Milicogate (los escándalos de corrupción en Carabineros y el Ejército, respectivamente). Es decir, que los anteriores gobiernos (nosotros sabemos de eso) dejaron muchos pendientes en la vida social, económica y política de Chile.
No se termina de entender que gran parte de la vida cotidiana se compone de esas partículas de realidad que llevamos cargando entre todos, esa impudicia por “cobrar” los servicios a los que todos tenemos derecho, no es más que el manifiesto y precario corto sentido de la conciencia de sí mismos que tienen algunos.
Un militar que corre detrás de un niño para aprehenderlo, esa imagen es tan fuerte que cimbra hasta al más cínico, ¿qué opinión tendría el mandatario chileno al respecto?. Con Sebastián Piñera, actual presidente de Chile se llega al cargo, un conservador que aunque apuntaló en las campaña la esperanza de un crecimiento económico, la realidad se impone: el crecimiento económico ha llegado sólo alrededor del 2,5%. La incoherencia, es el panorama en que el costo de la vivienda se ha disparado hasta un 150%, y los sueldos sólo se han incrementado 25%. Han llegado al punto del toque de queda en la vida diaria, ¿por qué?.
Las personas tienen ese derecho a lo largo y ancho en este planeta, de externar lo que les aflige, y la generación de chilenos actuales que no vivieron la dictadura se muestran muy abiertos en hacerlo, “sin el pendiente de expresar angustia, desesperanza, porque sienten que no tienen nada qué perder, por lo que sus reclamos fácilmente pueden llegar a la violencia” así opina Lucía Dammert, académica chilena que le explica a la reportera del periódico El País, porqué se dan las protestas en Chile. Y es que parece que todo salió de la nada, como si un bicho les hubiese picado a todos, pero no es así, en realidad es una constante en la vida de las personas, la imperiosa necesidad de sobrevivir en el presente siglo. Las protestas en Chile le toma el pulso a las demás sociedades, incluso para la sociedad misma del planeta: estamos ante un momento coyuntural para el espacio humano y no queremos verlo. No es una percepción romántica, y de “cuando el destino nos alcance…” es ese inalienable, intransferible, no negociable acto de ser y seguir siendo humanos con derecho a vivir decentemente. Comida todos los días, con derecho a la educación, con salarios que permitan tener la certeza de vivir tranquilos, con acceso a la salud, y lo menos deprimido posible. ¿Dónde entonces queda el tiempo en que los humanos podían darse el lujo de leer un libro sorbiendo un buen café? ¿dónde el espacio para tender a la cultura? De los cinco académicos chilenos entrevistados por el periódico El País, todos coincidieron sin proponérselo: la gente sobrevive apenas, y los políticos se llevan todo. Quien mejor resume en pocas palabras ese sentir es el sociólogo Carlos Ruiz, académico de la Universidad de Chile : “ las protestas se explican por el nivel extremo en que en Chile se ha privatizado la reproducción de la vida cotidiana, lo que crea una cantidad de fuentes de incertidumbre que -al menos en este nivel- no existen en otras sociedades del mundo. Es una ola que arrasa con moros y cristianos. Con los Montesco y los Capuleto. Es la razón por la que la política queda muda y luego la abstención en las elecciones sobrepasa el 50%”.
Huelga decir, que ese avasallante clima de protestas puede venir subiendo de América del Sur hacia el norte, pero nuestro proceso en México es distinto, pero no lejano: aquí las élites pelean hasta el oprobio por defender lo que siempre fue considerado suyo, sin que nadie tuviera derecho a nada, sólo ellos. Para quienes votaron por el cambio deben tener presente que la lucha no llegaría sólo a las urnas, sino al espacio de la vida diaria, ahí donde nos vemos las caras todos, y donde el actual presidente se siente como en la “Balsa de la Medusa”: mantenerse fuerte en medio del caos.