¿Y a mí qué?
PISA: más allá de buscar culpables
Los resultados de PISA 2025 volvieron a colocar a México frente a una realidad incómoda. Nuestros estudiantes se encuentran por debajo del promedio de los países de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. En matemáticas los resultados fueron peores que en 2022; en lectura y ciencias se mantuvieron aproximadamente en niveles similares.
El dato puede utilizarse para la discusión política. Pero antes convendría entender qué significa. PISA es una evaluación internacional organizada por la OCDE que se aplica a jóvenes de 15 años. No busca saber solamente cuánto recuerdan de lo enseñado en la escuela. Intenta conocer si pueden utilizar lo aprendido para comprender información, razonar y resolver problemas. En México participaron 7 mil 843 estudiantes de 297 escuelas, seleccionados para representar a alrededor de 1.58 millones de jóvenes escolarizados de esa edad.
PISA tampoco mide toda la educación. No evalúa completamente la formación cívica, artística, histórica o emocional de una persona. Mucho menos mide su inteligencia. Y sus resultados no permiten concluir, por sí solos, que determinado gobierno sea responsable de cada punto que México gana o pierde.
Un estudiante de 15 años lleva buena parte de su vida dentro del sistema educativo. Ha pasado por diferentes grados, maestros, programas y políticas educativas. Su aprendizaje también está relacionado con las condiciones de su familia, su escuela y el lugar donde vive. A esta generación, además, le tocó atravesar la pandemia.
Por eso hay que distinguir dos cosas que suelen confundirse: causa y responsabilidad.
El gobierno actual no puede ser señalado como causante de todo el rezago acumulado durante años. Pero eso no disminuye su responsabilidad de enfrentarlo. Quien gobierna recibe problemas anteriores, pero también recibe presupuesto, instituciones y facultades para resolverlos.
Y PISA muestra un problema que México no ha conseguido resolver. Solamente 30 por ciento de los estudiantes mexicanos alcanzó al menos el Nivel 2 en matemáticas, considerado por PISA como el nivel básico. Dicho de manera más sencilla: siete de cada diez quedaron debajo.
¿De qué estamos hablando? Un estudiante que alcanza ese nivel puede, por ejemplo, comparar la distancia total entre dos rutas o convertir precios de una moneda a otra. Son habilidades para utilizar conocimientos matemáticos frente a situaciones relativamente sencillas.
En lectura, aproximadamente la mitad alcanzó el nivel básico, que incluye capacidades como identificar la idea principal de un texto de extensión moderada.
Entonces PISA deja de ser solamente una cifra internacional. Estamos hablando de herramientas que los jóvenes necesitarán para estudiar, trabajar, tomar decisiones y desenvolverse en la vida cotidiana.
Tampoco sería justo explicar todo diciendo que “los jóvenes ya no quieren estudiar”, que viven pegados al celular o que prefieren andar farmeando aura. PISA preguntó a los propios estudiantes sobre sus actitudes y 80 por ciento dijo sentir curiosidad por muchas cosas, mientras 76 por ciento aseguró esforzarse más cuando una tarea se vuelve difícil.
Hay que leer correctamente esos datos. Son respuestas de los estudiantes sobre sí mismos, no una medición de cuánto estudian realmente. Por eso no demuestran que el sistema sea responsable de su desempeño. Pero tampoco permiten sostener seriamente que todo el problema se explica por una generación desinteresada.
Los propios estudiantes tienen responsabilidad sobre su aprendizaje. También las familias y los docentes. Pero las condiciones en las que se aprende importan.
El 48 por ciento de los estudiantes mexicanos está en escuelas cuyos directivos reportan que la falta de materiales educativos perjudica la enseñanza. En infraestructura física la cifra alcanza 50 por ciento.
Esos datos tampoco prueban que una escuela con determinadas carencias obtendrá necesariamente un resultado más bajo en PISA. Pero sí describen una realidad que las autoridades no pueden ignorar.
Ahí aparece con claridad la responsabilidad del Estado.
Garantizar escuelas adecuadas, materiales suficientes, docentes preparados y políticas que mejoren los aprendizajes corresponde a las autoridades. También les corresponde algo que muchas veces olvidamos: demostrar si lo que están haciendo funciona.
Porque aumentar presupuesto no garantiza mejores resultados si se gasta mal. Entregar computadoras no mejora automáticamente el aprendizaje. Cambiar planes de estudio tampoco sirve por sí mismo si no sabemos después qué aprendieron los estudiantes.
Hay además otro dato que obliga a mirar PISA con cuidado. Entre 2015 y 2025 aumentó la proporción de jóvenes mexicanos de 15 años incorporados a la educación secundaria. Eso significa que hoy el sistema incluye a más estudiantes provenientes de sectores que anteriormente tenían menor acceso a la escuela.
Eso es un avance. Pero también revela el siguiente desafío: no basta conseguir que los jóvenes entren a la escuela; necesitamos conseguir que aprendan dentro de ella.
Y ahora aparece una dificultad que hace diez años prácticamente no existía. El 47 por ciento de los estudiantes mexicanos dice utilizar herramientas de inteligencia artificial al menos una vez por semana para ayudarse a aprender.
Eso no significa que la IA sea responsable de los malos resultados ni que vaya a solucionarlos. Significa algo mucho más sencillo: ya está dentro de la vida escolar. La educación tendrá que enseñar a utilizarla para investigar, comprender y resolver problemas sin permitir que sustituya la capacidad de pensar.
PISA, entonces, en vez de revelarnos a un culpable, nos regala evidencia sobre un problema. Los estudiantes tienen responsabilidades, las familias también. Los docentes cumplen una función fundamental. Pero el Estado tiene una responsabilidad diferente porque diseña la política educativa, administra recursos y tiene la obligación de garantizar el derecho a la educación.
Eso tampoco significa pedir resultados mágicos a una administración. Significa exigir algo perfectamente razonable: que frente a estos datos la autoridad explique qué aprendizajes están fallando, qué hará para mejorarlos, cuánto costará y cómo sabremos dentro de algunos años si funcionó. Eso se llama rendición de cuentas.
PISA puede alimentar durante algunos días la discusión política. Después aparecerá otra noticia y probablemente dejaremos de hablar del tema. Los estudiantes, en cambio, volverán el lunes a las mismas aulas. Siete de cada diez evaluados siguen debajo del nivel básico en matemáticas.
“Aquí termina el texto, pero empieza tu reflexión: quizá no necesitamos encontrar a quién culpar por PISA. Necesitamos saber quién se hará responsable de que el próximo resultado sea diferente”.