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  • Lunes 02 de Marzo de 2026

1968: el desafío revolucionario que cimbro al capitalismo

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La Verdad del Sureste


El año de 1968 fue un gran episodio en la historia de la lucha de clases. Mujeres y hombres, millones de personas salieron a manifestarse a las calles. La inconformidad se reproducía país tras país. De estos grandes eventos debemos rescatar grandes lecciones.
    El año de 1968 el contexto político estaba marcado por la guerra de Vietnam, la revolución cubana, las dictaduras, el reciente asesinato del “Che” y en general la acumulación de un ambiente de descontento a escala internacional en contra del status quo.
    Francia fue uno de los escenarios. En un país donde se presumía de un régimen muy fuerte, de una economía sólida y de gran control de la lucha social, el hartazgo acumulado tras diez años del régimen de De Gaulle explotó con la movilización de los estudiantes en primer lugar, iniciado por un “accidente” dos meses atrás, como el barómetro más sensible de la situación se la sociedad francesa.
    Rápidamente los trabajadores y estudiantes empezaron a asociar todos los males que aquejaban a la sociedad, con la raquítica mejora que implicó el boom para las condiciones de estudio y trabajo en comparación con los millonarios beneficios que obtuvo la burguesía. El boom había sido producto del sudor de los trabajadores y era hora de exigir la correspondencia a estos esfuerzos.
    El régimen quedó paralizado y los trabajadores tomaron el control de la situación, las cosas debían seguir funcionando pero no en beneficio del gobierno y la patronal, sino de los trabajadores, la máxima expresión la vimos en la ciudad de Nantes, donde entre otras medidas los trabajadores bajaron los precios, repartieron la producción, organizaron guarderías y comedores comunitarios. Es decir, estaban reproduciendo el esquema de la sociedad socialista a pequeña escala, estaban tomando su destino en sus manos, y en tanto esto daba resultado la tendencia de la lucha que se desarrolla en todo el país tendía hacia allá instintivamente.
    PERO EL INSTINTO NO ES SUFICIENTE, hay que hacerlo consiente, organizado y quitar todos los obstáculos del camino, no bastaba con un germen de Estado obrero, sino que era necesario destruir al Estado capitalista, desarmarlo. Este nuevo punto de inflexión, era la clave, esta era la gran prueba y la más complicada, y justo aquí el movimiento miró a su dirección política y no obtuvo las respuestas correctas.
    ¿Hacia dónde ir?, ¿qué sigue ahora?, hasta aquí el movimiento insurreccional que lleno de voluntad y heroísmo había avanzado contra todos los obstáculos, incluso pese a su propia dirección que se reveló con un ajeno a los intereses del movimiento, mezcla de ineptitud, miedo, cobardía y traición, nadie pudo dar respuesta.
    Los falsamente denominados “representantes” de la revolución rusa de octubre, es decir el Partido Comunista Francés, no tenían la mínima intensión de que el movimiento se desarrollará, los dirigentes sindicales apelaban a la “calma”, “la paz”, etc. El desconcierto y el agotamiento producto de la táctica de desgaste de la dirección de los sindicatos llevaron a una caída en el ánimo, la burguesía agazapada no titubeó en aprovechar este momento, hasta aquí  todo parecía perdido para ella, pero los burócratas sindicales la salvaron a cambio de algunas concesiones. Cuando el movimiento podía haber tomado todo, sus dirigentes negociaban unas migajas.
    La tensión social no pudo mantenerse indefinidamente, el cansancio también llevó al viraje de la clase media en apoyo a “la paz”. El movimiento obrero francés tenía todo para derrocar al régimen burgués: fábricas bajo su control, el apoyo de la clase media, apoyo de la policía, una organización social socialista incipiente. Lo único que no tuvo fue una dirección consecuente.
Carla Torres