Del total, 42 mil 500 millones de dólares irán directo a las arcas del gobierno por el canje de los derechos de 5 mil millones de barriles de petróleo “pre-sal”, es decir, 10 por ciento del oro negro recién descubierto en las profundidades del océano Atlántico debajo de un piso de sal y que se calculan en 50 mil millones de barriles –equivalente del hilarante “tesoro” de Calderón quien, para no variar, ha contribuido con sus antecesores clones neoliberales al desastre energético de México, en general, y de Pemex, en particular.
Las acciones de PETROBRAS se habían desplomado 25 por ciento debido a la molestia de los accionistas “privados” de Nueva York y la City, quienes pretendieron sabotear la oferta accionaria que “diluía” su participación minoritaria (QUE DESEABAN EN UNA FASE ULTERIOR TRANSFORMAR EN MAYORITARIA CONTROLADORA).
Fue el megaespeculador cosmopolita George Soros quien encabezó la estampida contra Brasil al soltar un suculento paquete de acciones de PETROBRAS a las hienas bursátiles.
La perturbación de los circuitos financieros anglosajones es desgarradora y uno de sus voceros globales, The Financial Times, no lo oculta (lleva un mes de jeremiadas al respecto) al tildar la oferta como una “desprivatización (sic)” que favorece el “control estatal” mediante la supraempresa a 100 por ciento estatal PETROSAL que controla la propiedad catastral y jurídica del “tesoro brasileño” en las aguas profundas, mientras PETROBRAS se consagra a su operación extractiva.
El nominal “control estatal” siempre ha existido discutiblemente, pero era meramente decorativo y no implica sus alcances efectivos que proveen ahora tanto la dilución “privada” del restante de las acciones de PETROBRAS como la supremacía catastral y jurídica de PETROSAL.
Es comprensible que a los patrones de Soros (los Rothschild), ya no se diga a sus marionetas tropicales/locales que abominan todo aquello que huela a BRIC (acrónimo de Brasil, Rusia, India y China), les perturbe la “desprivatización” de PETROBRAS que significa una derrota geopolítica mayúscula a los intereses israelí-anglosajones de la City y Nueva York (en ese orden) que no digieren la alianza muy creativa del BIT (Brasil, Turquía e Irán.
El presidente Lula da Silva, exclamó: “No era Francfort. No era Londres. No era Nueva York. Fue aquí en Sao Paulo”. Las palabras de Lula resonaron en todos los rincones del planeta con excepción del país de los sordos y ciegos de la sindéresis, pero de pletóricos locuaces frívolos, al que después de dos centenarios los neoliberales convirtieron a México: “En contraste con el pasado, no estamos aquí para debilitar al Estado, o para rematar los activos públicos. Un Estado débil nunca ha sido sinónimo de un sector privado poderoso”.
El gobierno saliente de Lula recibirá “casi 24 mil 500 millones de dólares de capital fresco, como contribución vital a su ambicioso programa de inversiones”, la mayor exploración petrolera del mundo, “por 224 mil millones de dólares en los próximos cuatro años”, mientras “conserva así su autoimpuesto techo de endeudamiento a 35 por ciento”.
Wheatley, vocero de los inversionistas privados anónimos, comenta el “temor (sic)” de que “el gobierno usaría la oferta accionaria para incrementar su control de PETROBRAS al reducir la participación de una minoría de accionistas”.
¡Todo lo contrario de lo que ejecutan (en el doble sentido del verbo) los neoliberales priístas y panistas con Pemex cada vez más desmantelado!
El otrora obrero metalúrgico Lula, merecedor a carta cabal del Premio Nobel de la Paz, no sólo se ha encumbrado como óptimo estadista a escala global (basta compararlo con la diminutez involutiva de los panistas Fox y Calderón y sus “gabinetes” respectivos: verdaderos “voladores Papantla” pero sin mástil), sino que, además, le dio el pase presidencial a Dilma Rousseff, eficiente operadora de la “desprivatización” de PETROBRAS, según la expoliadora semiótica británica, cuando para nosotros significa primigenia y semiológicamente más una “restatización” de la linealidad histórica: una dinámica más geopolítica que financierista que ya habíamos advertido y que expusimos ante los sordos y ciegos de la sindéresis pero muy locuaces senadores frívolos del “México neoliberal”: una cuestión de enfoque filogenético, catastral y jurídico nada despreciable.
Porque no se puede “desprivatizar” lo que fue adquirido por la pirata conquista bursátil durante el neocolonialismo y la desregulada globalización financierista anglosajona.
Lula no “desprivatiza”, sino “restatiza”. No es lo mismo.
Tomado de bajo la Lupa de Alfredo Jaliffe Rahme
