Barbas a remojar
@UTufigno
De las muchas formas en que los grupos anticastristas trataron de minar la fuerza de Fidel Castro, hay una que particularmente me lleva a la risa. En algún momento idearon un químico que le tiraría la barba a Fidel pues pensaron que al afectar su imagen le quitarían mucha de su fuerza y popularidad. Como si se tratara de Sansón, a quien Dalila le cortó el cabello para dejarlo sin fuerza.
Dicha obsesión por sus barbas no era casual pues ya había un antecedente que desembocó en el profundo trabajo de los servicios de inteligencia de los Estados Unidos. Recién había triunfado la Revolución, en uno de sus viajes a Nueva York, Fidel Castro fue abordado por un periodista norteamericano quien no tuvo mejores ideas que preguntarle: -¿cuándo se cortará las barbas?
También cuenta una leyenda urbana que en ese mismo viaje la única protesta en contra de la visita de Fidel fue la de un solitario individuo que portaba un cartel que decía: “No nos gustan las barbas. Atte. Barberos de Nueva York”. Vaya usted a saber si esta historia es cierta, pero de que sus barbas tenían obsesionados a los norteamericanos, sí que era verdad.
En nuestro caso, solemos decir: “cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”, con lo que queremos expresar que si vemos que algo pasa en nuestro entorno hay que estar preparados para lo que puede venir.
A la tradicional teoría de la división de poderes –legislativo, ejecutivo y judicial-, en la década de los 90 nuestro país fue incorporando la figura de los organismos constitucionalmente autónomos, debido, entre otras cosas, a que “la clásica división tripartita del poder es cada día más un esquema obsoleto que no se ajusta a la realidad del Estado contemporáneo” (Ackerman).
Una de las primeras instituciones en obtener su autonomía fue el Banco de México, cuyo papel principal consiste en mantener la estabilidad macroeconómica del país. Dicha autonomía, “en sus funciones y administración”, también debería implicar el alejamiento de las decisiones políticas que en muchas ocasiones, por no decir siempre, obedecen a factores de coyuntura.
La sorpresiva renuncia de Agustín Cartens a la titularidad del Banco de México, pone en entredicho la continuidad de un sistema que, aunque sea cuestionado al interior, ha funcionado para los organismos financieros internacionales. Incluso en él se veía un contrapeso –vaya paradoja- de las erradas decisiones que el gobierno federal (léase, Luis Videgaray) hacía de las finanzas nacionales. Sus desavenencias con el ex Secretario de Hacienda, sobre todo por el crecimiento económico, fueron públicas.
Sin una trayectoria partidista propiamente dicha, Agustín Carstens emergió de las entrañas del Banco de México para incorporarse al gabinete de Felipe Calderón –tras un breve paso como Subsecretario de Hacienda con Fox-, y luego convertirse en Gobernador del Banco de México para el periodo 2009-2015; no obstante, Carstens fue ratificado por el Senado para continuar por un segundo periodo hasta el 31 de diciembre de 2021.
Pero como él mismo declaró en una conferencia de prensa: “los tiempos no los marco yo ni México”. En efecto, tiene toda la razón. Y aunque Carstens haya dicho que le “interesa seguir sirviendo en un ámbito más global” (sin risas, por favor), la realidad es que su salida se da en un momento que está marcado por la próxima llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos.
Si hace pocos meses se hablaba de que pronto el dólar superaría la barrera psicológica de los veinte pesos, la renuncia del todavía Gobernador del Banxico disparó varios centavos la paridad cambiaria -que se dice puede cerrar el año en 23 pesos-, lo que evidencia la inestabilidad e incertidumbre de los mercados. Y súmele una deuda pública del 55% del PIB.
¿Cuáles son los motivos reales de su renuncia? No lo sabemos, pero estoy cierto que no lo hace por una atractiva oferta económica –por ejemplo, en algún momento recibió un doble ingreso como jubilado y subsecretario-. Si Carstens se va en el peor momento de la economía mexicana en muchos años, tal vez es porque decide abandonar el barco antes del hundimiento y, seguramente, antes de que el Banco de México pierda su relativa autonomía, como ha sucedido con otros organismos.