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La Verdad del Sureste

La bella y el “porky”

@UTufigno


Hacia finales del siglo XVII el puritanismo religioso estaba extendido en muchas regiones de lo que hoy son los Estados Unidos. En varios de esos lugares se llevaron a cabo persecuciones por supuestas prácticas de brujería: Beverly, Springfield, Essex y algunos otros, pero el sitio que daría su nombre a dichos “enjuiciamientos” es Salem. Y así han pasado a la historia: los juicios de Salem. Durante tales procesos decenas de personas -mayoritariamente mujeres, en una proporción de tres a unofueron ejecutadas en la horca. El primer “juicio” se llevó a cabo en contra de tres mujeres, una de las cuales, presionada por los imparciales juzgadores, reconoció ser “bruja” y haber “visto al Diablo en forma de cerdo y perro, haber visto el libro del demonio y haber firmado en él” (se supone que “sellaban su pacto” cuando firmaban el libro con su sangre). Pero, amigo lector, no crea que esa persecución en contra de las malvadas mujeres ocurría solamente en las colonias protestantes de Norteamérica Más o menos en el año 1400 fue delineado el estereotipo de la “bruja”: la mujer que no se resignaba a ser esposa y madre sumisa, concepto que tiene su origen en una interpretación del libro del Génesis de la Biblia. Si leemos con cuidado los dos primeros capítulos de la Biblia, veremos que antes de “Eva” aparece una mujer (capítulo I, versículo 27).

¿Quién es esta primera mujer anterior a Eva? De acuerdo con ciertas interpretaciones, esa primera mujer sería “Lilit”, una mujer insumisa que abandona a Adán, entre otras razones, porque no acepta la dominación que impone el hombre al mantener la “cópula normal” (no pierda este concepto, amigo lector). Pero como tanto Lilit como Eva no fueron obedientes al designio divino, ambas fueron condenadas: la primera, a arrastrarse en forma de serpiente (representada en los frescos realizados por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina); y Eva, condenada a parir sus hijos con dolor y a ser dominada por el hombre -su marido- (capítulo III del Génesis, versículo 16). En el año de 1487 fue publicado el “Malleus maleficarum”, también conocido como “El martillo de las brujas”, libro realizado por dominicos para “golpear a las brujas y sus herejías”.

 En él se contiene una descripción de las conductas punibles, la forma de demostrarlas, casos prácticos y la actuación judicial. “Con la permisión divina, muchos inocentes son alcanzados y castigados por los susodichos crímenes; esto por causa de los pecados extraños de las brujas y no a causa de sus propios pecados” (Malleus, Cuestión XV de la Primera Parte). En una sociedad históricamente dominada por los hombres no es raro que continúe la persecución en contra de las “brujas” modernas: aquellas que no aceptan ser sometidas por el hombre. Y más les vale no denunciar las agresiones de que son objeto. Hasta hace poco diversos códigos penales estatales mantenían como requisito para configurar el delito de estupro (relación sexual consentida con una menor), la circunstancia de que la mujer debía ser “casta y honesta”, concepto que nos remite a épocas medievales de la Suprema Corte en las que consideraba a la castidad (“abstención de toda actividad sexual ilícita”) como una virtud.

En la última década del siglo XX las laberínticas interpre- taciones de la ley afirmaban que entre cónyuges no existía el delito de violación al imponer la cópula “normal”, sino que, en todo caso, era el “ejercicio indebido de un derecho” (derecho del hombre, por supuesto). No fue sino hasta este siglo que la Suprema Corte fijó el criterio de que sí es posible la violación entre esposos. La sentencia dictada por un juez federal respecto del caso de la joven veracruzana abusada por “los Porkys” puso al descubierto lo que muchos sospechábamos: la visión machista dominante ve a la mujer víctima del delito como la “bruja” que atrajo a la maldad a los hombres. Para el juez no hubo abuso sexual porque aunque los tocamientos existieron (en senos y vagina), no se acreditó “que dicho despliegue de acción haya sido con el ánimo al deleite carnal u obtener una satisfacción sexual”. Es más, tampoco hubo delito por una simple y sencilla razón: porque es una mujer que no acató el deseo del hombre.

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