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La Verdad del Sureste

BOLAS DESPISTADAS


El primero de enero de 1994, tan esperado por Carlos Salinas, no salió tal y como éste lo quería. Ese día entraba en vigor el Tratado de Libre de Comercio firmado con Estados Unidos y Canadá, pero también fue el surgimiento oficial del Ejército Zapatista de Liberación Nacional que le declaraba la guerra a la modernización que renegaba de su pasado indígena. Las horas siguientes, más que de festejo, fueron de confusión.

¿Cómo era posible que en medio de la euforia modernizadora un grupo perdido en el tiempo se atreviera a manchar la imagen de México? Peor aún, ¿cómo era posible que le declarara la guerra al gobierno mexicano? La refriega duró pocos días, los suficientes como para que la sociedad civil saliera a las calles a pedir el cese del fuego a ambos bandos, aunque nunca negó su simpatía hacia quienes ocultaban el rostro para hacerse visibles.

Una tensa calma cubrió el territorio nacional; el Ejército literalmente se apoderó del estado de Chiapas. El aeropuerto de Tuxtla era controlado por los militares, igual que los accesos a la ciudad y el paso por el puente que cruza el Cañón del Sumidero. También había retenes en los límites de las zonas urbanas. Los vehículos eran revisados al azar, aunque ningún transporte público de pasajeros se salvaba de ser inspeccionado; los pasajeros tampoco escapaban al escrutinio de los soldados. Así se vivieron muchos meses.

El conflicto surgido en el sureste del país desplazó de la escena nacional al acuerdo comercial y a las campañas presidenciales que ya habían iniciado. Lo periodística e históricamente relevante era lo que acontecía en Chiapas. Y parte de lo que allá sucedía era el comienzo de los “diálogos de paz” que se celebraban en la catedral de San Cristóbal de las Casas, lugar convertido en un claustro para los protagonistas de los diálogos.

Uno de ellos, el representante del gobierno de Salinas, Manuel Camacho, recobró la relevancia que perdió luego de que Luis Donaldo Colosio fue postulado como candidato del PRI a la presidencia de la República. Frustrada su aspiración presidencial, Camacho caminó de lado y pareció alejarse de Carlos Salinas, hasta que éste lo requirió para hacerse cargo de una salida negociada con los alzados zapatistas.

Mientras tanto, la campaña de Colosio no despegaba. Quizá porque Salinas de Gortari estaba más preocupado por lavar su imagen o porque la gente estaba más interesada en lo que ocurría en San Cristóbal de las Casas.

Al interior del gobierno y del partido tricolor surgieron las especulaciones: que si la postulación del sonorense había sido un error, que si se enfermaría, que si declinaría, que si Manuel Camacho asumiría la candidatura. La convulsión entre los priistas llegó a tal grado que Carlos Salinas tuvo que poner un alto mediante una frase de alto contenido filosófico: “no se hagan bolas”.

El 27 de enero de 1994, antes de viajar a Suiza, Salinas se reunió con funcionarios, gobernadores, legisladores y dirigentes de su partido a quienes -entre reclamo y aclaración- les dijo: “no se hagan bolas, hay un solo candidato del partido, al que apoyamos todos y con él llegaremos al triunfo en las próximas elecciones”. Fue el “beso del Diablo” para Colosio: el engrudo se hizo bolas y Zedillo suplió al candidato asesinado.

En un símil del contundente “no se hagan bolas”, curiosamente el mismo día en que Salinas presentaba su libro más reciente, Enrique Peña mandó un mensaje a todos quienes creyeron entender que Luis Videgaray había “destapado” a José Antonio Meade: “Yo creo que andan bien despistados todos, el PRI no habrá de elegir a su candidato, seguro estoy, a partir de elogios o aplausos”.

El “despiste” surgió un día antes en la Cancillería, lugar en el cual tres Secretarios (Hacienda, Economía y Turismo) impartieron conferencias, luego de las cuales Videgaray pareció dedicarle especiales elogios a Meade: “uno de los mexicanos más talentosos, más preparados y con una trayectoria impecable”. Incluso lo comparó con el santo patrono Plutarco Elías Calles (por haber ocupado cuatro Secretarías en dos gobiernos diferentes).

Tal parece que el “destape” caló hondo en el ánimo de Peña, quien se sintió rebasado por su amigo y Canciller. ¿Será que tal acto cambie el destino de Meade y termine en el Banco de México?

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