DE CATRINAS, DISFRACES Y DÍAS DE MUERTOS
Como bien nos recuerda Andrés Manuel López Obrador, en spot reciente, el Poeta de América, en su poema Discurso por las flores (Carlos Pellicer) escribe:
“El pueblo mexicano tiene dos obsesiones: el gusto por la muerte y el amor a las flores. Antes de que nosotros “habláramos castilla” hubo un día del mes consagrado a la muerte; había extraña guerra que llamaron florida y en sangre los altares chorreaban buena suerte. (…) A sangre y flor el pueblo mexicano ha vivido. Vive de sangre y flor su recuerdo y su olvido”.
Quizá en razón de ello, este día primero de noviembre se desgranó la poco racional pasión nacional por los muertos.
Aunque además de esa razón que linda en lo antropológico y raya los linderos de la sicología colectiva de masas, se yergue otra: cuando hay hambre, miseria, o se enseñorea la pobreza económica, se afecta la identidad y la idiosincrasia y se catapulta la fe en lo sobrenatural y en lo fanático.
¡Y vaya que el sexenio de Peña Nieto a potenciado la pobreza¡ No es un tema que incite al presagio; ¡no¡ Además, el ambiente se tiñe de un sopor pesado.
Es un fenómeno social de cíclica presencia: un régimen sexenal está falleciendo, y una vez finito, será un fiel acompañante; se engarzará a nuestra historia como inseparable difunto: asociado siempre a nuestro recuerdo.
Y aunque quien duerme en lo que otrora fueran las caballerizas en el antiguo Rancho de La Hormiga, quisiera que no se tocara la muerte del sexenio, ni se anunciase el fin de su limitadísimo poder –y más negro régimen administrativo-, los hechos de la historia son así; y no se ve, por las condiciones en que discurre el país, que repitan la negra historia de imponer a un dictador transexenal –aunque los reaccionarios y retrógradas quisieran inaugurar la reelección presidencial como antesala de una neo dictadura porfirista-.
Aunque, ciertamente como escribe Pellicer, antes de que “habláramos castilla” ya hacían los pueblos náhuatl, toltecas y chichimecas rituales a los muertos, la “tradición” del Día de muertos, fue una forma de superposición y ocultamiento diseñada por el cristianismo para borrar de la memoria colectiva de los pueblos aborígenes esas milenarias costumbres.
Táctica también usada de manera generalizada contra las religiones aborígenes: donde había un altar, adoratorio o centro ceremonial aborigen, encima de él se edificaba un templo cristiano, como si al montar o superponer un edificio se pudiese matar o asesinar una cultura o una religión.
El caso es que, este arribazón de rituales por el día de muertos o de los fieles difuntos, le vuelve a decir a Peña, ahora con mayor estridencia: ¡se acabó!; así como acabaste con el país tu tiempo se ha agotado.
Y el fenómeno social actual, se engarza con el antiquísimo año celta, basado en meses lunares; de los cuales, la primera parte era de buen augurio y la segunda, funesta –tal como el sexenio de Peña, dividido en dos partes-. El tiempo celtíbero se dividía en dos grandes períodos que se iniciaban con dos festividades principales: Beltine, la fiesta de los fuegos –Belenos- y propicia para la guerra, la caza, el matrimonio y el ganado; y la noche de Samhain -origen del cristianizado Día de muertos o Noche de Difuntos- que marcaba el fin del verano y la muerte del período de mal agüero –porción temporal consagrada a Cernunnos, dios de la muerte y señor del otro mundo-.
La noche de Samhain, marcaba el fin del tiempo y del año, la muerte de un periodo.
Este día de muertos, las catrinas y las calacas le dicen a Peña: se acabó, cual noche de Samhain.