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La Verdad del Sureste

Centenagrio constitucional


@UTufigno

Un viejo chiste cuenta que una persona va al médico para saber si llegará a los cien años. El médico lo observa y le pregunta: -¿usted bebe?, ¿fuma?, ¿se desvela?, ¿tiene sexo frecuentemente? A todas las preguntas el paciente responde que no, por lo que el médico lo cuestiona: -¿y entonces para qué quiere vivir cien años? 
    Nuestra Constitución cumple cien años de haber sido promulgada, lo que la convierte -de entre las republicanas- en la segunda más antigua del mundo. La más vieja es la norteamericana, pero a pesar de ello tiene muchas menos modificaciones que la nuestra, señal de que allá se guarda más respeto por su documento básico. Incluso por Donald Trump.
    Sin que sea el motivo central de esta colaboración, lo que ameritaría un análisis más profundo, sólo le comento, amigo lector, que la línea discursiva de Trump -a pesar de su rudeza- va en el mismo sentido que el contenido fundamental de la Constitución de los Estados Unidos (a excepción del trato a los inmigrantes).
    Por ejemplo, la primera línea del improvisado discurso de toma de posesión del presidente norteamericano es prácticamente una calca de la primera línea del preámbulo de su Constitución. Las palabras clave que se reiteran son: nosotros, pueblo/ciudadanos, unidad/unión. Nos guste o no, tal parecería que esas palabras están tatuadas en su pensamiento. 
    En nuestro caso la situación es diferente. A cien años de haber visto la luz, nuestra Constitución ha sufrido tantos cambios (casi 700 reformas) que es irreconocible respecto del proyecto original de los constituyentes de 1917. La primera reforma se hizo durante el gobierno de Álvaro Obregón (en 1921), y la última apenas el año pasado. Por cierto, a la gestión de Enrique Peña le corresponde el dudoso honor de ser la que lleva mano en materia de reformas constitucionales: 147.
    Pero veamos cosas más significativas. En 2016 el Departamento de Investigación Aplicada y Opinión, del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, levantó la Tercera Encuesta Nacional de Cultura Constitucional en México (el primer ejercicio de este tipo se hizo en 2003), y cuya finalidad es ver la evolución de las opiniones y percepciones de los mexicanos sobre cuestiones constitucionales. (Nota: las cifras que compartiré se muestran sin decimales).
    Esta tercera encuesta incluye preguntas sobre temas que algunos sectores consideran controvertidos y que no se habían planteado anteriormente. Es el caso del matrimonio igualitario. Al respecto, 62% de los encuestados opinaron que las personas homosexuales deben tener los mismos derechos.   
    Mientras en 2003 el 22% de los entrevistados opinaba que la situación del país estaba mejor que un año antes, en la encuesta 2016 sólo 14% piensa que estamos mejor respecto de un año anterior. Asimismo, 73% de los entrevistados estima que el país va por el rumbo equivocado.
    A la pregunta: ¿“Un funcionario público puede aprovecharse de su puesto si hace cosas buenas”? Un 39% se mostró en desacuerdo y un 30% muy en desacuerdo, pero en 2003 sólo el 15% mostraba estar muy en desacuerdo. Es decir, se dobló el porcentaje de quienes se muestran muy en desacuerdo con el beneficio propio de los cargos públicos, y eso debe atribuirse a la percepción de que la corrupción se ha incrementado.
    A la pregunta: “¿Cuál fue la aportación de la Constitución de 1917 para el mundo?”. 48% no supo, 8% estimó que los derechos políticos y 3% respondió que fueron los derechos sociales de trabajadores y campesinos. A pesar de ello, 60% de los encuestados considera que la Constitución “ya no responde a las necesidades del país”. Este porcentaje ha crecido desde la primera encuesta de 2003.
    Y mientras un 90% reconoce saber poco o nada de la Constitución, 84% opina que poco o nada se cumple la Constitución. Cabe señalar que, de acuerdo con datos de la propia encuesta, consideran “que la Constitución se cumple mucho quienes tienen ingresos familiares superiores a seis salarios mínimos y los simpatizantes del PRI”. O lo que es lo mismo, la zanahoria sigue funcionando.
    Hace cien años decíamos al mundo con orgullo que nuestra Constitución era la primera que incorporaba derechos sociales en su texto, pero hoy debemos lamentar que nuestra Constitución se parece más a una persona que, de tanta cirugía “estética”, ha quedado irreconocible. 

 

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